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miércoles, 11 de julio de 2018

Elid Rafael Brindis: “Escribir poesía, para mí, es como volar”




Desde niño ha atendido a su necesidad de volar. Primero lo hizo a través de su imaginación, luego con la ayuda de sus lecturas, más tarde con la escritura. Quiso ser piloto de avión, pero le ganó el periodismo. Sin embargo fueron los viajes físicos como reportero los que le devolvieron a su esencia fundamental: la de expresarse mediante la poesía. 
Elid Rafael Brindis es un periodista y poeta mexicano que reside en Perú no solo enamorado de Carmen, una destacada editora hija de esa tierra, sino del melancólico cielo limeño, del cual distingue cuarenta y ocho tonalidades de gris. Y pensar que cada vez que retorno a la capital peruana en invierno y  miro hacia arriba,  solo veo ese tristísimo color panza de burro de siempre
Leer es un acto que se gestó en tu más tierna infancia y sé que en la escuela te fascinaba sumergirte en la lectura de los clásicos griegos adaptados para niños,  ¿qué recuerdas de esos primeros años de descubrimiento? ¿Quién te introdujo en el mundo de la lectura y los libros?
Hizo realidad su sueño de ser poeta fuera de México 
En realidad fueron tres las fuentes de inducción: la primera fue mi madre. Recuerdo que mientras hacía sus quehaceres me contaba pequeñas historias, algunos mitos que, en su infancia, también solían contarle los abuelos; estos mitos empezaron a despertar mi mundo lúdico, sobre todo por la forma en que me los narraba y yo, prácticamente, los vivía. La segunda fuente fue mi padre, quien casi todas las noches, después de las duras jornadas laborales se daba tiempo para leernos, a mis hermanos y a mí, algunas páginas de los pocos libros que tenía en casa, antes de dormir; y la tercera fuente fue mi maestra, que nos leía cuentos infantiles y mientras los contaba afloraba mi curiosidad, porque no se parecían a las historias de mi madre ni a los textos que leía mi padre; pero todo hacía volar mi imaginación. Todas esas experiencias escuchadas se combinaban en mi mente y me hacían viajar a mundos fantásticos, que me dejaban absorto, embelesado. Por cierto, aparte de todo eso, otro de los gratos recuerdos que conservo e intento que no lo borre el tiempo es que, cuando ingresé a la escuela, al final del primer día ya le estaba ayudando a la profesora a enseñar a algunos de mis compañeros a escribir las vocales, que yo había aprendido con avidez desde el inicio de la clase.
Por esa época también fue que comenzaste a escribir tus primeros poemas, los cuales eran  alusivos a la patria,  a la bandera, a los héroes, entre otros, para las actuaciones de los lunes. Sin embargo no los leías tú, sino tus compañeros. Es curioso que el amor que te motivara a escribir en verso no fuera el inspirado por una chica, como casi siempre ocurre.
Elid junto a la destacada poeta Rosina Valcárcel, su gran amiga 
Sería en el segundo o tercer año de primaria. Todos los lunes, durante los homenajes a la bandera, casi siempre declamaban los mismos compañeros y repetían los mismos poemas. Entonces ya había aprendido a leer más o menos bien, y en los libros que nos daba la Secretaría de Educación venían algunas lecturas breves y poemas sencillos; estos me sirvieron de modelo para intentar escribir mis propios poemas, casi por imitación. No fue fácil, pero esta influencia empezó a marcar también mis primeras rimas… obviamente, con miedo a no hacerlo bien porque, además, empezaba a tener noción de la métrica, mas no sabía cómo se aplicaba. Desde luego, yo escribía poemas patrios porque la educación infantil se basaba más en el civismo y en las normas morales que excluían a la mujer. Además, no podía inspirarme en ninguna chica debido a que era un niño muy tímido, y a esa edad, en ese tiempo, era un tabú y por lo cual, los padres castigaban.
Tu alma de poeta no se nutrió al íntegro leyendo, sino más bien del contacto pleno y total con la naturaleza que te rodeaba en aquellos años, ¿no es así, Elid?
Tras recibir el título de hijo adoptivo en la tierra de Vallejo
Efectivamente, la naturaleza es la sabia conductora de mis letras. En Chiapas hay dos estaciones muy marcadas: la seca y la de lluvias. En la estación seca tenía elementos para inspirarme, como el polvo de los caminos, los árboles sin hojas, los cerros amarillentos, el sol cayendo a plomo, la tranquilidad que se sentía cuando las aves del campo dormitaban por efecto del calor, y muchos etcéteras. En la estación de lluvias estaban a mi alcance la propia lluvia, los rayos, las tormentas, los arroyos boyantes, la vida vegetal reverdeciendo, la siembra de los campos; las aves, las abejas; en fin, haría falta más espacio para describir poéticamente todo lo que se puede contemplar de la naturaleza en cada una de estas estaciones. En verdad, todo eso es poesía y, por eso, Chiapas, mi tierra, siempre está presente en mis poemas; incluso, describo una mínima parte de mi niñez en el poema «El Chiapas de mi infancia», en el que las estrellas de la madrugada también son parte elemental de la inspiración, porque se siente mucha nostalgia cuando caminas a la luz de las estrellas en un campo abierto, sin ruidos más que el de los grillos cortejando a sus parejas.
La poesía te dio alas y te dejaste llevar por ella de manera natural y espontánea, ¿cuándo te viste como poeta y cómo decidiste conducir tu vocación?
Antes de su participación en Punta del Este  (Uruguay)
Para mí la verdadera poeta es la naturaleza. Yo, aún no me veo como poeta, sino como un intérprete de todas esas manifestaciones, a las que ahora incluyo el aspecto social, que es otro fenómeno, y de todo lo cual ya se ha dicho mucho pero aún queda muchísimo más por escribir; admito que no la conduzco, sino que ella me lleva a través de los momentos de inspiración, porque no puedo decir: «hoy voy a escribir sobre esto» cuando, en realidad, la inspiración me marca otra cosa; pienso que conducirla sería tanto como escribir por encargo. Recuerdo que fue en la secundaria cuando realmente empecé a escribir poemas más profundos en versos libres, porque todo lo anterior que escribí, lo hice en rima; creo que fue ahí cuando ya me vi como poeta, y, además, empecé a escribir historias, cuentos breves, como «El árbol de cacahuates» (el cacahuate o maní es una almendra que se produce bajo tierra, no en árboles); en fin, pero el «yo poético» ya hablada de mí, porque la adolescencia es bastante complicada y con eso ya podía exorcizar mis demonios. Además, fueron apareciendo los primeros versos de amor, ahora sí, inspirados en alguna chica que llamara mi atención.
Luego fuiste detrás de otra tus pasiones: los aviones. ¿A qué parte de tu alma querías complacer aprendiendo a pilotar este tipo de naves?
Junto a Carmen, la mujer de su vida 
¡Ah, los aviones! Si bien el escribir es una forma de volar, tenía la curiosidad de saber cómo se veía el mundo desde arriba. Quizá quería liberarme de la prisión de la timidez y experimentar la sensación de libertad, porque una parte del vuelo te lo da el campo abierto a través de la imaginación y la otra te la da la realidad física, y esa era la que quería experimentar; pero me llegó esa oportunidad cuando estudié turismo, lo que me dio acceso a participar en eventos y convenciones, para lo cual viajaba como representante de una agencia de viajes; o volaba en aviones pequeños a los centros turísticos como guía de visitantes, y veía desde arriba la selva chiapaneca como una inmensa alfombra verde; en pocas palabras, esto cambió realmente mi visión, pues empecé a conocer mi propio estado, es decir, Chiapas, lo que me llevó a admirar las otras caras de un mismo pueblo, a palpar directamente el contraste entre los que tienen poder adquisitivo y los que carecen de todo. A esta realidad social es a la que me refería al inicio.
Dices que la aeronavegación es la responsable de tu incursión en el periodismo. ¿Cómo así?
Conocer el Chiapas profundo, las naciones indígenas, la pobreza, provocó que, por circunstancias del destino, mi vida diera un giro inesperado y, como no pude ser piloto, mi otra pasión, la de leer y escribir, me abrió las puertas del periodismo, por lo que opté por apartarme del turismo y estudiar periodismo. De alguna manera, el periodismo también es como volar porque, aparte de que tienes que ir ahí donde se produce la noticia, uno viaja imaginariamente al lugar donde se generan los hechos, los recrea, trata de vivirlos y a partir de ahí debes escribir para los demás lo que está sucediendo en tal o cual lugar; o también tenía la oportunidad de escribir sobre temas culturales y en eso dejas volar tu imaginación. 
Le entregaste más de 20 años de tu vida al diario Expreso Chiapas, donde ejerciste los cargos de editor y subdirector, ¿qué aprendiste del oficio y de tu país durante ese tiempo?
Acompañado de la poeta Ana María Intili y el editor Germán Atoche
La experiencia como periodista es vasta, desde situaciones simples y cotidianas hasta las de alto riesgo; todo se resume en experiencia. Además, el campo de la investigación te conduce a otros mundos que no te imaginas que existen. Después de todo, lo que te queda es la satisfacción de enseñar a otros lo que funcionó para ti en su momento. Iniciarme en la mesa de redacción del periódico puso ante mí otro panorama, pues eran los reporteros los que me traían las noticias y era un doble ejercicio de revisión e interpretación de cada nota. Luego, como editor asumí otra responsabilidad puesto que tenía a mi cargo revisar y jerarquizar las notas, los artículos de opinión, análisis, críticas: un tamiz para conservar la ética del diario, además de estar pendiente de la impresión. Después, como subdirector debía supervisar el trabajo del editor, además de asistir a la directora, concertar entrevistas, en fin, cada vez mayor responsabilidad. En resumen, en estos casi veinte años caí en la cuenta de que el trabajo que había empezado como guía de turistas se había complementado con el de periodista, pues colocó ante mí el panorama de la riqueza y la pobreza de las distintas regiones, lo que me ayudó conocer al Chiapas profundo, sus avances y retrocesos, sus logros y sus conflictos sociales. ¿Dime si esta no es otra forma de volar, como había deseado hacerlo cuando quería ser piloto?
En simultáneo por ese entonces, tenías a tu cargo la supervisión de todos los textos académicos de la Universidad Autónoma de Chiapas. Según entiendo se trataba de una actividad que disfrutabas mucho, ¿lo confirmas, Elid?
Desde luego que sí. La universidad no educa, imparte conocimiento, y ese conocimiento pasaba por mis manos en forma de libros, como resultado de investigaciones y experimentos que se generan en el seno de la universidad. Y esta situación te exige estar actualizado en casi todas las ciencias para poder comprender los contenidos. Por lo tanto, puedo decir que, más que un trabajo, para mí significaba disfrutar de la lectura de libros temáticos que, aun cuando aparentemente no tienen relación con la literatura, te enseñan a interpretar las situaciones cotidianas en otro lenguaje, y que puedes traducirlas en forma poética. Me explico: reviso un libro temático y, a la vez que trabajo, aprendo un lenguaje nuevo que puedo aplicar en la poesía en términos medios, o sea sin tecnicismos pero, a la vez, sin el lenguaje cotidiano. Entonces, lo que para otros resulta tedioso, para mí significa sumergirme en las páginas que me van descubriendo un mundo nuevo, interesante.
Fuiste asesor congresal en la Cámara de Diputados al Congreso del Estado de Chiapas en la década de los noventa, ¿cómo viviste esa experiencia? ¿Pudiste ver de cerca la podredumbre de algunos políticos? ¿La cosa ha empeorado en los últimos tiempos?
Confiesa que siempre tiene tiempo para todo
La década del noventa fue bastante difícil en materia política como consecuencia del surgimiento del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN), y, aunque este movimiento se suscitó en Chiapas, tuvo repercusiones a nivel nacional, e incluso internacional. En  política, los actores cambian pero no la consigna «si no estás conmigo estás contra mí» y, aunque escasos, aún quedan políticos honestos, con vocación de servicio, y a mí me tocó esa suerte. Por supuesto, en los tiempos actuales la situación ha empeorado en forma drástica y prueba de ello es el problema económico por el que atraviesa el país, resultado de combinar las malas políticas aplicadas, con las buenas políticas no aplicadas. Cuando tienes este tipo de oportunidades quieres hacer más, sobre todo en cultura, educación, contra la ignorancia pero, lamentablemente, si no puedes o si no te dejan hacer las cosas, eso te genera frustración e impotencia, más aún cuando sabes que tus ideas se pueden aplicar con buenos resultados para ayudar a la gente a salir de su marasmo y no sean víctimas de la ignorancia.
Eres un todoterreno, además de desarrollarte como escritor, editorialista, articulista, analista político, crítico literario y ensayista en entidades afiliadas al Consejo Estatal para las Culturas y las Artes de Chiapas (Coneculta), también escribes reportajes e investigaciones para revistas de corte científico y cultural, ¿de qué manera concilias tu vida familiar con todas estas actividades?  ¿Hay tiempo solo para Elid?
Definitivamente, hay tiempo para todo. Por fortuna, uno aprende a priorizar las cosas: relaciones, situaciones… y siempre queda tiempo. Gracias a la magia de la tecnología puedes diversificar tus actividades, por ejemplo, encajar las actividades para las revistas de corte científico o cultural y, aunque a veces no se consiga, siempre surge la magia, porque la información y la experiencia están ahí y solo tienes que procesarlas para lograr esa combinación perfecta. Al fin que la vida, por sí misma, es una magia diaria que empieza al amanecer y continúa al empezar a soñar.
Hace casi una década dejaste  una rica y exitosa vida profesional en Chiapas para viajar a Lima en busca de la realización de un sueño. ¿Quieres compartir esa historia?
Le ha costado hacerse un lugar en el medio literario peruano 
Desde niño, siempre tuve curiosidad por saber qué había más allá de lo que conocía, además de que también me ha atraído el sur, aunque aún desconozco la razón. Déjame comentarte que cuando llegó a mis oídos por primera vez la música de «El cóndor pasa», se despertó en mí el deseo de conocer el vuelo de esa ave, su territorio, el cielo, las montañas, la nieve de la que habla, aparte de conocer las culturas, las formas de vida; en pocas palabras, todo lo relacionado con los Andes y sus maravillas. Te cuento que cuando recorrí Lima por primera vez, lo primero que hice fue imaginar cómo habrían vivido los antepasados, sobre todo, durante la época colonial, ya que en mi adolescencia tuve la oportunidad de leer relatos limeños de la Colonia. Como te decía, también me atraían los paisajes andinos, el sol en diciembre, la música, en fin, tantas y tantas cosas que me siguen atrayendo del Perú y que ahora tengo la ocasión de disfrutar al máximo. Comparto contigo una anécdota: cuando en una ocasión recorría el jirón Ucayali rumbo a la cancillería, observé casi perplejo un lugar que me pareció familiar, me quedé paralizado durante unos segundos porque sentía que ese lugar ya lo conocía, que ya había yo estado ahí, fue algo realmente sorprendente. Como verás, mi querida Elga, en mi vida casi siempre está presente esa sensación de volar.
En Lima has sabido echar raíces y desarrollarte en el plano laboral con éxito. Eres editor del Fondo Editorial de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, corrector de textos del Fondo Editorial del Congreso de la República, Ministerio de Defensa del Perú y del Banco Interamericano de Desarrollo (BID),  ¿cómo se hace para empezar de cero en un país distinto al tuyo? ¿Los comienzos siempre son complicados como se suele escuchar a menudo?
Departiendo con el prestigioso crítico literario  Ricardo González Vigil 
En efecto, todo principio es difícil. Pero a fuerza de empeño, trabajo y esfuerzo te vas abriendo paso, tocando puertas. La parte más difícil es empezar a darte a conocer, mostrar tu trabajo y que este sea aceptado, considerando que cada país tiene sus particularidades y sus propias formas de decir las cosas. A pesar de que Perú y México son los países que más se parecen en casi todo, menos en cómo se dicen las cosas, tuve que aprender a usar el lenguaje peruano, pues a pesar de que el español es el mismo a nivel latinoamericano y siempre me baso en la Real Academia Española para todo, la interpretación de las palabras es diferente en cada lugar; es cierto, me costó mucho desaprender el lenguaje mexicano para empezar a aprender el español peruano. Sin embargo, uno de los secretos es la constancia: estar ahí, insistir y, después, cuando eres aceptado, trabajar más duro, dar lo mejor de ti, y cuando te empiezan a recomendar comprendes que ya te están integrando a la sociedad peruana; por eso agradezco al Fondo Editorial de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos la oportunidad que me dio de mostrar mi trabajo profesional y, a la vez, conocer a tantos autores y ayudarlos a publicar sus conocimientos, pues estos no se deben quedar en la mente, sino compartirlos con quienes tienen el deseo de saber más.
En el aspecto literario también has conseguido importantes reconocimientos y lauros. Uno de ellos es hacerte acreedor del Trilce de Oro en 2013. Luego,  en mayo de 2017 fuiste nombrado Hijo Adoptivo de Santiago de Chuco recibiendo tal distinción de parte de la Municipalidad Provincial de Santiago de Chuco durante el XVIII Encuentro Internacional Itinerante Capulí, Vallejo y su Tierra. Todo un privilegio tratándose de la tierra de César Vallejo, sin duda alguna, Elid.
En un alto del Encuentro de Escritores en Punta del Este (Uruguay)
Definitivamente, es un verdadero privilegio, sobre todo el hecho de poder estar en contacto con el suelo que pisó, con los objetos que tuvo a la mano y bajo el mismo techo que lo cobijó, en fin, todos aquellos elementos que le habrán inspirado para descubrir su vocación de poeta; máxime, cuando el pueblo en sí mismo es poesía viviente. Todo me conmovió y es por eso que Santiago de Chuco tiene un lugar muy especial en mí, porque por fin pude ver el panorama andino que siempre había deseado cuando escuché la canción «El cóndor pasa», ¿recuerdas? Incluso, en el viaje que hicimos en bus todos los escritores que fuimos al encuentro, antes de llegar al pueblo tuve la sensación de que se podían tocar las nubes con las manos; literalmente, me sentí cerca del cielo, era como estar volando. En esos momentos, como una reminiscencia, llegaron a mi mente las letras de Carlos Fuentes, el escritor mexicano, y su novela La región más transparente, porque así me sentía, como en un lugar privilegiado por la naturaleza, en la región más transparente del aire.
En 2016 y 2017 participaste en el Encuentro Internacional de Poetas y Narradores de las Dos Orillas y Congreso Americano de Literatura en Punta del Este (Uruguay), en los cuales cosechaste excelentes críticas a tu trabajo literario, ¿es esta la mejor época de Elid como poeta?
Con su amiga la poeta y promotora cultural Ruth Hurtado 
Gracias a la invitación de los organizadores del encuentro y del congreso, pude viajar a Uruguay para nutrirme de las experiencias de los otros poetas que participaron. Definitivamente, no puedo, o, mejor dicho, no quiero hablar de épocas porque aún no alcanzo a conocer todo mi potencial, dicho esto sin pecar de falsa modestia, ya que por ahora el tiempo es mi mayor tirano y realmente necesito darme un tiempo sabático para encontrarme conmigo mismo, para que puedan nacer los poemas que están latentes, algunos están en mis cuadernos, blocks de notas, en la PC, en hojas sueltas, en la mente, y aún no cobran vida. Tengo varias ideas rondando la cabeza que todavía no he podido plasmar, aunque la esencia ya está en la memoria. Lo que quiero decir es que me falta experimentar con mis propias letras para superar los convencionalismos. Mi mejor época creo que es la que está por venir, porque mi meta es dar ese gran salto.
En Lima publicaste Poemas del autoexilio,  tu primer libro de poemas, y  lo presentaste en julio de 2017, en el marco de la feria del libro de dicho país, donde México fue el país invitado de honor. Resultó un rotundo éxito: lleno total de la sala, gente que quedó afuera y ejemplares agotados. ¿Qué has hecho para ganarte el aprecio de los lectores?
Quedé sorprendido con el éxito inesperado de mi primer poemario y sí, fue sala llena y tuve la oportunidad de que me invitara la embajada de México en Perú, a través de la Secretaría de Cultural federal, a una segunda presentación en el pabellón, con gran éxito, donde se vendió casi el sesenta por ciento de la producción. Creo que uno de los factores más importantes fue la presencia de los amigos, quienes, además, me ayudaron en la difusión de la presentación. Tengo la dicha de contar con muchas amistades, y, por otro lado, considero que otra característica es que mis poemas encajan en la vida cotidiana, son de fácil lectura y prácticos de entender. Creo que el factor sentimental también es un valor importante en la amistad y, por si fuera poco, está el hecho de que México y Perú sean países hermanos; este valor, que considero histórico, nos ayuda como latinos a identificarnos. Por cierto, a manera de anécdota de la presentación en el pabellón de México, al final se acercó una española y pidió los últimos tres libros que quedaban para llevarlos a su tierra; entonces le dije que me permitiera quitar las marcas que había puesto en las páginas seleccionadas y me respondió: «No; los quiero tal como están, porque eso le da más valor al libro». Eso me conmovió y le entregué, junto con un gran abrazo, los tres últimos libros que quedaban sobre la mesa.
Participando en un recital poético en Lima  
Tu libro Poemas del autoexilio fue prologado por la prestigiosa poeta Rosina Valcárcel y la carátula pertenece al famoso pintor Carlos Ostolaza Ramírez, ¿cómo conseguiste el apoyo de tan ilustres personajes?
La historia de mi amistad con la poeta y el pintor es un poco larga, pero se abrevia porque la familia Valcárcel Carnero (su papá Gustavo, su mamá Violeta, ella y sus tres hermanos) vivió el exilio en México en la década de los cincuenta. Cuando llegué a Lima, mi primer contacto fue con Marcel Valcárcel, ya que, como investigador de la Pontificia Universidad Católica del Perú, hizo algunos trabajos para la Universidad Autónoma de Chiapas. Y fue a través de Marcel que conocí a Rosina, y, por ella, a su esposo Carlos Ostolaza. La amistad surgió desde el primer momento, por afinidad. Con el tiempo fuimos organizando reuniones para hablar sobre México y Perú, y desde entonces ella me incentivaba a que publicara; sin embargo, tuve que esperar varios años antes de tomar la decisión. Decidí hacerlo en el 2017 porque el país invitado a la Feria Internacional del Libro de Lima era México, y tanto Rosina como Carlos coincidieron en que era el momento de hacerlo. Cuando le di a leer a Rosina mis poemas le pedí que escribiera el prólogo y aceptó gustosa. Coincidentemente, Carlos Ostolaza estaba organizando una exposición de su pintura en La Casona de San Marcos; él llevaba unas pinturas y dije «Esta pintura está bien para la portada de mi poemario, porque se parece mucho a los parachicos (personajes tradicionales de Chiapa de Corzo, que danzan durante la fiesta de enero) de Chiapas» y me dijo: «Te la regalo», así, sin más. Entonces, fue el universo el que conspiró para que el 2017 fuera el año de nacimiento de mi primer poemario. Como verás, todo encajó perfectamente.
Manifiestas que Poemas del autoexilio es una aproximación a la poesía que refleja los picos extremos de dos distancias, pero además es un viaje de un confín a otro donde aparecen soles, lunas, nubes, relámpagos, días y noches, ¿quieres explicar qué significa todo esto?
La nostalgia por su tierra está presente 
Desde luego, todo es un aparente sentido figurado, porque en verdad tiene mucho de autobiográfica; aunque siempre me ha atraído escribir sobre dos grandes misterios: el universo y la muerte, en ese orden. Pero en este poemario se entrelazan dos extremos: México y Perú como vértices; la familia como idea tangible, y los recuerdos como punto de enlace entre esos vértices. Las demás figuras implican, en estado subconsciente, las penas y alegrías, las situaciones por las que el «yo poético» ha pasado, y, en estado consciente, todo lo físico, lo real, el motivo o inspiración que me han acompañado. Además, como dije casi al inicio, la naturaleza es la cómplice perfecta que me dicta lo que tengo que escribir.
Estás preparando la salida de Poemas del autoexilio II, ¿qué pretendes compartir en esta segunda parte?  ¿Habrá alguna sorpresa?
La segunda parte, por llamarla de alguna manera, todavía está en proyecto, estoy preparando las bases para su construcción. De hecho, hay un poema muy breve que, de ser posible, le dará nombre al libro: periplo; o sea, todo el recorrido poético que me ha tocado vivir en Perú, parte de Uruguay y, sobre todo, México. Una de las gratas sorpresas es que quien prologará el libro es… bueno, ya contaré en su momento el porqué, pues primero debo afianzar la base para que pueda colocar la estructura.
Dices que tu segundo amor es el Perú, el primero Carmen, sin embargo, te has enamorado sin remedio del cielo limeño, ¿no temes ser un limeño más sometido al influjo de su tristeza?
Hace un momento hablé de vértices: Carmen es, precisamente, el vértice, el pilar fundamental y fundacional de lo que soy en Perú, y, por supuesto, ella es parte del cielo limeño que le da color a las cuarenta y ocho tonalidades de gris de este cielo: el verde de los jardines, el ocre del desierto cercano, el mar, las alas del cóndor, la nieve andina, el motivo principal de mis vuelos imaginarios… Entonces, no hay temor porque, de esta manera, el influjo no es solo de tristeza, que también tiene su lugar en la poesía, conjuntamente con la nostalgia, que es algo que me atrajo, en contraste con el cielo de Chiapas, siempre soleado. Déjame decirte un secreto: me gusta ese influjo, me inspira, pero sobre todo, me seduce. Al final, esa tristeza es pasajera, se disipa con los primeros rayos del sol de verano y se transforma en espectaculares atardeceres. Lima, para mí, es, sobre todo, un privilegio por su inspiración profunda, absoluta: es volar junto a Carmen.


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