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sábado, 1 de diciembre de 2018

Irma López Chumbe: “Para aprender necesitamos humildad”



Cuando viajó a la capital para estudiar en la universidad se dio cuenta con estupor que sus profesores no sabían nada respecto a la riqueza literaria de su región. Es más ni eran capaces de ubicar en el mapa su natal Yurimaguas (Loreto, Perú). La profesora y escritora amazónica Irma López Chumbe hastiada de tanta ignorancia y desdén, se atrevió a encarar a una eximia arqueóloga, al finalizar su sesgada exposición, diciéndole ofendida que estaba en un error, que en su tierra  la cultura se asemejaba al caudal de sus ríos, y que incluso su gente poseía una tradición oral  exuberante como su selva. A esto la pseudo experta respondió apática: “Escribe, y lo leeré”. Años después  la buscó para obsequiarle una copia de su investigación. La catedrática volvió a contestar displicente: “Lo leeré”. Jamás lo hizo. 
Estás orgullosa de tus raíces y la cultura de tu tierra, por eso estudiaste lengua y literatura en la universidad, realizaste una maestría en docencia y obtuviste un doctorado en educación,  es decir, enfilaste todos tus conocimientos a la enseñanza, porque querías tener la oportunidad de preservar y trasmitir la sabiduría ancestral de los tuyos a través de la narrativa, la poesía y la tradición oral, ¿cuándo germinó en ti la idea de investigar, rescatar y enseñar el patrimonio literario y artístico de tu gente?
Junto a su directiva en pleno trabajo de promoción de su cultura
Me encanta  el aire puro que se respira aquí. Somos dueños del tiempo. No nos interesa el reloj. Caminamos recibiendo las energías positivas de las plantas, de las  flores. El suelo es gredoso y fresco.  Escuchamos el canto de los pájaros. La selva es maravillosa y sorprendente.  Y su gente también lo es.  Todavía me sigue asombrando, cuando me adentro en el bosque, que unas cabezas se asomen  entre el arbusto y me saluden en su lengua. Sin duda mi tierra tiene mucho que decir, pero no se la toma en cuenta.  Durante mis estudios en la universidad, me llamaba la atención  una arqueóloga que  hablaba de una forma admirable sobre la  historia del Perú.  Se trataba de una eminencia en el tema al parecer, sin embargo luego descubrí que sus conocimientos eran muy limitados. Finalizado el curso, me aproximé  a hacerle unas preguntas respecto a la cultura de la región selvática.  Su respuesta fue tajante: “De la selva poco o nada había que rescatar”. Me sentí dolida. La insté a referirse a la selva, asegurándole que estaba en un error, pero ella  con una sonrisa complaciente me contestó: “Escribe, y voy a leerte”. Y se marchó.
Después de algunos años, la invité a leer una investigación de mi autoría sobre la educación en Yurimaguas, sin embargo con la misma sonrisa volvió a responder. “Lo leeré”.  Entonces repliqué: “Ahora ya no diga  que no hay nada que leer de la selva”. Fue un hecho novedoso para mí.  Empecé a querer y valorar más a mi región. El entorno me sirvió de inspiración, sobre todo fijé mi atención en los medios de transporte: canoas, botes, deslizadores. Los viajes por los ríos Cachiyacu, Marañón y  Huallaga alimentaron mi imaginación.  También los que realicé por la carretera de Yurimaguas -Tarapoto. Se presentaban diversos  temas para escribir mis historias.
Algunas de su exalumnas de la tribu shawi 
Trabajaste en un programa de interculturalidad bilingüe con los nativos shawis, en su mayoría conformada por mujeres, ¿qué pudiste aprender de ellas? ¿Cuál es su visión del mundo? ¿De los otros? ¿El de las mujeres? ¿Qué concepto tienen de sí mismas?
Gracias por recordarme esa experiencia. No sabes cuánto admiro a sus mujeres. Las conocí primero cuando me desempeñaba como maestra de lenguaje  en un colegio de secundaria por el río Cachiyacu. Desde el inicio observé que  intentaban salir adelante; se esforzaban en comunicarse en castellano. Usaban la arcilla para elaborar sus mochahuas (vasijas). También hacían  collares de cuentas coloridas. Además  hilaban el algodón para tejer sus pampanillas (taparrabos) y luego pintarlas con mezclas de tierras o tinte de hojas de plantas. Después de 16 años de preparación, ellas tenían pensamientos progresistas respecto a su futuro.   Aproximadamente el  60  por cierto ejercían de  profesoras en su comunidad.  Los niños debían primero aprender en lengua originaria para después recibir la enseñanza en castellano. En consecuencia,  las jóvenes shawis, con sus niños amamantando, podían estudiar educación inicial. Fue una gran noticia para ellas, no solo ‘servirían’  para criar a los hijos y  preparar el masato (bebida a base de yuca).  Además acababan con  la resistencia de los  maridos celosos. Por fin, podían estudiar y sacar adelante a sus familias.
Los shawis  han adoptado un comportamiento pacífico. Durante  el siglo XVII, fueron dominados por los belicosos  aguarunas.  Fueron ellos los que les obligaron a abandonar sus dominios  y dispersarse por el monte. Para un nativo aguaruna los shawis eran brujos por practicar el chamanismo, es lo que  cuenta Aldo Fuentes. Mi experiencia como maestra con las mujeres, me permite decir que van con la verdad por delante.  Hablan sin tapujos.
Se les pide a las shawis ser buenas madres. Es su obligación cuidar con celo de su prole. Son inteligentes, aprenden rápido.  Por eso pueden ejercer de  maestras en las escuelas  de sus comunidades. Ellas son las que velan por la enseñanza en su lengua. También la apoyan y fomentan la educación en castellano, pese a la oposición de sus paisanos. Su  papel está ligado a la educación, pero por lo demás deben obedecer a su marido. Carecen de otras atribuciones.
Cualquier lugar le sirve para disfrutar de la lectura 
Eres fundadora y presidenta de la Asociación cultural Embrujo Amazónico-Yurimaguas  (ACEAY), la cual  agrupa a escritores y artistas plásticos de Yurimaguas (Loreto, Perú), y declaras que tu  misión es  ‘embrujar’ al mundo para que se interese por el talento y trabajo de sus miembros. ¿Lo estás consiguiendo? ¿Con qué dificultades se encuentra un escritor o artista de tu región a la hora de promocionar sus obras?
La fundación de ACEAY nació en respuesta a un clamor unánime: los loretanos tenemos que  reconocer primero lo nuestro. Lo estamos consiguiendo a pasos lentos, a pesar de la indiferencia de las autoridades.  Ellos  no apuestan por la cultura literaria. Siguen pensando que los de afuera son los más importantes. Nos hemos cansado de tocar a sus puertas.  Dejamos de quejarnos y aprendimos a marketearnos. Algunos colegios alientan  a sus alumnos a leer autores de la zona, pero aún son pocos. Por eso, nosotros hemos asumido la tarea de promocionar el arte y  la literatura en nuestra región. Organizamos recitales, presentaciones, exposiciones, todo lo que se nos ocurra para dar a conocer a nuestros cultores de las letras y las artes. Los artistas son poco considerados todavía, de allí que organizamos encuentros titulados “Lápices y pinceles”. Sin embargo en otras regiones, como San Martín, los adoran. Pienso que tenemos el gran reto de continuar con lo que nos gusta hacer y eso nos hace felices. Somos creativos y romperemos barreras.
¿Es verdad que de un tiempo a esta parte están siendo víctimas de apropiación cultural no solo en la literatura sino en lo que respecta al arte? Se comenta que, además de ser  plagiados por foráneos (escritores, artistas y empresas textiles), también lo son por gente de otras ciudades del país que se aproxima a ustedes con el pretexto de aprender o inspirarse. 
Posando con una obra de Shapingo, notable pintor de su tierra
Es cierto,  nos visitan con oscuras intenciones.  No vienen a aprender,  lo que  buscan al acercarse a nuestras tierras amazónicas peruanas no es inspiración, simplemente se llevan lo que es nuestro sin pedir permiso ni nada.  Declaran como suyo lo que les corresponde a nuestros escritores y  artistas. E incluso con las imágenes de la gente y el paisaje.  Hacen negocio redondo con ellas.  Nuestros paisanos casi no son conscientes de las  fotos.  Ignoran que los que vienen de afuera  lo hacen con fines lucrativos.  Las  dichosas ONG que se aprovechan de la pobreza de mi gente para enriquecerse. Felizmente mi  pueblo crece y aprende. Ya no se deja engañar con facilidad.  Hemos tenido muchas decepciones, sin embargo, aún así no dejamos de lado nuestra cortesía: mi pueblo saluda, sabe decir gracias, tenemos sencillez, sabemos ofrecer un plato de comida a cambio de nada.  Es nuestra cultura. El contacto con la naturaleza nos hace ser positivos.
Actualmente laboras en un Instituto Tecnológico Amazonas-Yurimaguas y eres catedrática en la Universidad Autónoma de Alto Amazonas, ¿es fácil trabajar con los jóvenes en cuanto a la valoración de su patrimonio cultura autóctono? ¿Se muestran interesados en su riqueza cultural o evidencias algún tipo de alienación debido a la incursión de conductas o formas culturales que viene de fuera?
Pues no ha sido fácil ‘embrujar a los jóvenes ‘ para que se aficionen en lectura de nuestra literatura autóctona . Desde el colegio se les ha enseñado a leer obras literarias de autores quechuas -sin que este deje de ser importante-, pero en ningún colegio se ha enseñado a valorar lo nuestro a través de la literaturaGracias a mi perseverancia como maestra de lenguaje-literatura,  y tener trayectoria en la docencia, hemos podido sensibilizar a los profesores para que conozcan  nuestra identidad en la literatura amazónica y,  a su vez,  que hagan de  efecto multiplicador en los estudiantes. Pero aún quedan jóvenes reacios en las universidades de nuestra localidad, quienes rechazan leer lo autóctono.  Algunos prefieren los clásicos y no la narrativa contemporánea nuestra. Claro que hay alienación,  docentes provenientes de otras regiones  que dan relevancia a lo suyo en desmedro de lo local.  Pero tampoco gusta lo propio, y con tristeza digo que  hay estudiantes que desdeñan nuestra cultura.
Le gusta enseñar y sus alumnas lo valoran 
Sé que tu padre adoptivo te inculcó el amor por los libros y la tradición oral, ¿es cierto que desde pequeña te llevaba a las fiestas donde era normal que los invitados salieran a declamar? ¿Te atreviste a hacerlo en algún momento?
Sí, me alegra recordar a mi papá Fernando. Me obsequiaba libros de poesía. Él soñaba con que yo aprendiera a recitar. Todavía rememoro uno que aprendí para complacerle: “Los versos de Laura y Beatriz”. Sin embargo,  lo que más me gustaba eran los cuentos.  Leía y releía muchos.  Pero por ahí siempre estaba la poesía haciéndose presente. Cierta vez en el cumpleaños de la amiga de mis padres,  nos quedamos boquiabiertos escuchando  declamar a su esposo. Ni bien acabó, mi padre me susurró al oído: “Así quiero que recites”. Memoricé entusiasta otro poema. Quería sorprender a papá.  Iba al río para repasarlo gritando, pero no fue suficiente tanto ensayo.  Cuando llegó el momento, en plena declamación, olvidé lo que seguía.  De nervios mi mandíbula comenzó a temblar. Me puse roja de vergüenza. Todos se reían.  No volví a intentarlo.  Mi miedo prevaleció hasta la fecha.
A los nueve años comenzaste a dibujar e intentabas hacer historietas, imitando aquellas que te obsequiaba tu padre Fernando y que tanto te gustaban, ¿qué recuerdas de aquella época?
Lo hacía sobre unos cuadernos de dibujo que pedían en la escuela.  Me atrapaba la narrativa. En una ocasión, luego de leer  Lirio blanco dibujé con crayolas a los personajes.  Les puse diálogos. Ellos hablaban y yo, soñaba. Luego dibujé  los personajes de un cuento inventado por mí a lo largo de las paredes del pasillo que me conducía a mi habitación.  Mi papá Fernando no hizo más que sonreír. Quedó en sueños. Inconcluso.
Te sumergiste en la poesía, y eso te transformó en una niña introvertida y soñadora, ¿por qué?
Solo  leía poesía, sin embargo, por esa época, se gestó  mi pasión por la narrativa.  Mi refugio era la lectura.  Soy la mayor de mis hermanos, y en ese entonces, los mayores nos encargábamos de los menores. Únicamente podían liberarme del cuidado de estos, si estudiaba.  Entonces yo me entregaba a la lectura  no por estudio, sino porque me gustaba.
Una actividad que se ha convertido en un referente literario en la región 
A los 13 años te fuiste a vivir con tu padre biológico, y el panorama cambió, si bien te compraba los libros que le pedías, se sentía desplazado por que le dabas más importancia a la lectura que a él, ¿no es así?
Sí, me  fui a vivir con mi padre en Yurimaguas. Me trataba con cariño,  pero hubiera preferido que papá Fernando fuera el verdadero, porque  no me dejaba salir.  Entonces le condicionaba pidiéndole libros.  Pese a que  estaba molesto por mis demandas, le alcancé  una lista de siete libros originales.  “¿Tantos?”, protestó, pero igual me los compró.  Yo  entraba en mutismo.  Solo leía.  Por más que mi padre pasaba y repasaba cerca de mí, no daba cuenta de él.  Me sumergía en mis lecturas al completo. Eso le ponía celoso. A veces alcanzaba a escucharle murmurar: “A la hora del almuerzo me dirás algo”. Era todo.
Las tradiciones peruanas de don Ricardo Palma marcaron un antes y un después en tu afición lectora, y fuiste a por más, ¿qué descubriste luego?
Leer a Ricardo Palma era fascinante.  Me reía mucho en su compañía.  Cuenta interesantes  momentos de la Lima que se fue.  También hace referencia a  algunos pueblitos de la sierra. Cada vez que terminaba de leer alguna historia,  me decía: “Quizá también yo pueda contar como él las costumbres de mi selva embrujadora”.
Declaras que lo que te animó a escribir fue el escaso o nulo conocimiento que tenían los catedráticos de la universidad capitalina donde te formaste, ¿qué reflexión hiciste del panorama que hallaste? ¿Les preguntaste las razones de esta indiferencia o descuido?
Sí, la selva en la capital era desconocida, y Yurimaguas para ellos, ni en el mapa existía. A mí no me identificaban con la selva, ni siquiera por mi acento. Me daba pena.  Pregunté y repregunté,  y la respuesta se repetía incesante: “No hay nada escrito”.
¿Qué es la narrativa amazónica? ¿Cuáles son sus características y peculiaridades?
Viendo los avances del mural del artista David Cronwell en una calle principal 
La narrativa amazónica es el viaje a lugares desconocidos de la selva peruana y  a su identidad cultural, la encontramos en cada contenido conceptual de los autores que recrean con su imaginación; buscando en los lectores personas parecidas a él.  Es la complicidad entre autor y lector.  También es el estupor por los hombres valientes y emprendedores del Alto Amazonas; además que  es de considerable utilidad para prolongar y fortalecer el reconocimiento por lo propio. Buscamos  profundizar  en la identificación de los escritores que luchan por revalorar las costumbres existentes en los grupos indígenas, quienes cuentan, de acorde a su  peculiaridad, las manifestaciones culturales de cuyo legado y memoria se desconoce, porque no hay mayor importancia por reconocer los elementos propios.
Creo que la gente de mi generación solo se acuerda de Francisco Izquierdo Ríos y su cuento El Bagrecico porque estaba en los libros de lectura o de literatura de secundaria, pero hubo  cultores importantes antes y luego de él, sin embargo poco se sabe de ellos, ¿qué nos puedes contar de las nuevas generaciones de escritores amazónicos tanto en narrativa como en poesía?
Hugo Guzmán Valles, notable autor amazónico 
Hay un boom de escritores jóvenes en Yurimaguas. Nacieron con ACEAY, aunque hay  otros provenientes de otros lugares que se han asentado en nuestra región. Hemos desarrollado también muchos eventos en el Tecnológico Amazonas- Yurimaguas.  
En la poesía estos jóvenes talentos  encuentran el cielo azul  de la selva,  la contemplación del hombre a la  orilla del río o el hermoso ocaso del sol.  Aquí destaca Henry Zamora Núnez y su poemario Meditaciones de un ente primario.   En cuanto a nuestros  narradores, ellos se refieren en sus libros a la mitología amazónica. Entre sus páginas están  los  yacurunas (espíritus masculinos del agua), la Sachamama (serpiente gigantesca, considerada también una diosa de la tierra) o  el chullachaqui (duende con pie desigual que adopta apariencia humana para engañar a la gente y hacer que se extravíen en la espesura de la selva). En este tipo de literatura tenemos a Piterson Piña y su novela El perdido y Flor de Amasisa de Julio César Linares Nava.
También nuestros autores tocan temas sociales como lo hizo  el profesor  Luis Alejandro Capuena Grández y su obra Patacala (niños de la calle, los que van descalzos) o  sobre la extrema pobreza en los Asentamiento Humanos que lo retrató muy bien Hugo Guzmán Valles en su libro de relatos El desalojo.
Empezaste tu camino con Crónica de un desaparecido, un libro de cuentos,  luego publicaste Colorada y morocha, del mismo género, te costó lanzarte al ruedo literario, ¿por qué tenías tantos reparos? 
Tenía temor a las críticas, porque yo también lo había hecho de los libros que había leído y pensaba que iban a ser implacables conmigo.  Al final, me decidí y publiqué.  Me cayó de todo (risas).
¿Es cierto que tienes en tu haber otras obras que pronto verán la luz? ¿Serán en narrativa o quizá en poesía?
Tengo obras escritas en tres agendas.  Algunas ya se hallan en edición. Todas pertenecen al género  narrativo. En ellas conoceremos la manera de defenderse de una adolescente, la tradición que había de enviar a los varones al ejército y que luego, estos, pedían su baja  en el mes de junio para la tradicional fiesta de  San Juan,  entre otras historias que por ahora no quiero adelantar.
Tengo entendido que eres una cazatalentos, que siempre estás al pendiente de artistas que canten o pinten bien, ¿cómo realizas tu búsqueda? ¿Cuántos has encontrado?
Sí, sobre todo en las clases de arte.  Es un momento de gozo.  Se pide a  los que saben cantar o tocar un instrumento que salgan enfrente y nos muestren su talento.  De igual manera a los que tienen cualidades para pintar o actuar. También prestamos atención al talento que existe  entre los docentes.  A muchos de ellos luego  los invitamos a participar en las  presentaciones de nuestros libros.
Explícame tu teoría de la grandeza profesional.
Creo que poseo  grandeza profesional, porque siempre aprendo.  No lo sé todo.  No me siento diferente a los demás. Para  aprender necesitamos humildad.
Si desean saber más de la autora o la asociación que preside
pueden escribir al siguiente correo:
irmalopezchumbe062@hotmail.com

jueves, 1 de noviembre de 2018

Hemil García Linares: “Mis historias tienen un aura escatológica”




Desde pequeño lo tuvo claro: no quería seguir los pasos de su padre odontólogo, carrera que ya se iba convirtiendo en una constante en su familia. Pese a que no sabía qué hacer con su vida profesional, aceptó la propuesta de su padre que le orientaba hacia el periodismo. Le gustaba escribir, pero vaciló varias veces, e incluso estuvo a punto de abandonar sus estudios. Le detuvo la idea -que ahora considera desfasada- de que sin preparación universitaria no llegaría a nada. Esta es la historia muy resumida de Hemil García Linares, periodista, escritor, profesor de español en la George Washington University y fundador del Festival del libro hispano de Virginia.
Optó por estudiar periodismo para huir de la odontología
Pese a que estudiaste periodismo luego la literatura tiró más de ti y abarcó casi todo tu tiempo, ¿qué ocurrió contigo a la hora de escoger profesión? ¿Y dónde fue a parar tu carrera de periodista?
Cuando yo tenía dieciocho no sabía qué hacer. Mi padre era un exitoso dentista, mi hermano le seguía los pasos. De algo estaba seguro: yo no quería ser dentista. Mi padre soñaba con tener una clínica junto a sus dos hijos dentistas. Cuando supo que no quería ser dentista me dijo: "Te gusta escribir, ¿por qué no estudias periodismo?"
Sin mucha convicción postulé para librarme de la presión de estudiar odontología. Tras ingresar a una facultad de periodismo, me emocioné en los primeros ciclos, pero no podía escribir de manera literaria con la libertad que quería. Quise dejar la carrera, pero sabía que no era una buena opción. Aun rebelde como era apreciaba los libros y entendía que sin una carrera y conocimiento siempre sería más difícil hacerse un lugar. Esta no es una verdad absoluta, pero es un hecho válido en el contexto en el que vivo. En mi época no existían programas universitarios de escritura como ahora. Tampoco me veía desempeñándome en ese campo. ¡Qué irónico es el destino!  Ahora ejerzo de profesor de español  e imparto de cursos de  literatura.
De niño quisiste ser futbolista, luego roquero, e incluso formaste una banda de ese género a tus 16 años, sin embargo, por ahí germinaba, quizá sin tú saberlo, la idea de crear historias, ¿eras el que escribía las letras de las canciones que luego tocaban o fuiste el típico niño de los cuadernos con relatos? 
Con esta obra inicia su andadura literaria 
Siempre me gustó el proceso creativo y pensar contracorriente: formé una banda de rock en 1987 en un barrio salsero como Surquillo. Me gustaba Héctor Lavoe como a la mayoría de mis amigos, pero mis ídolos latinos eran Charly García y Alex Lora. Me gustaba Queen, Motley Crue, ACDC y The Doors. Escribía las letras y era el ‘gritante’ oficial de la banda. Mayormente hacíamos covers de bandas en inglés: U2, The Cure, Guns and Roses. Tuve la fortuna de aprender inglés a muy temprana edad: a los diez u once, creo.
También escribía relatos. Mi padre nos dejaba tarea (a mi hermano y a mí) sobre algún paseo: describir que hicimos, cómo era el lugar, etc. Yo me subía a un árbol, me metía al río para luego tener algo más épico que contar. Más de una vez me metí en problemas en los paseos del colegio por algunas temeridades. Siempre he sido muy temerario. Mejor dicho  fui temerario.
Por lo que entiendo, la tuya es una literatura que pertenece a la denominada del exilio, ¿te gusta esta forma de nombrar el trabajo literario de los escritores que escriben fuera de su país?  ¿Crees que es la correcta o la que corresponde? Aunque la mayoría de los autores en la actualidad salen de sus tierras por voluntad propia, sin imposición alguna de nadie, tan solo en busca de mejores condiciones para su labor o del éxito.
No creo que el nombre sea correcto o incorrecto y más que gustarme es mi manera de sentir la literatura. No veo posible un retorno a mi patria, porque ya no es la que yo dejé. Yo era joven, soltero, estaba acostumbrado al caos y la bulla de Lima. Hoy estoy acostumbrado a la calma de la ciudad donde vivo, sus calles limpias, el tráfico ordenado y también una vida sosegada y a veces monótona. La última fiesta que tuve (de amanecida como suele hacerse en Lima) fue el año nuevo del 2000.
Te comento que en 1776 salen de México a California un grupo de españoles en los que había un Linares (mi apellido materno) y durante el viaje uno de ellos escribe en un diario y usa la palabra exilio. Esto lo leí en el libro California Hispano-Mexicana del escritor e intelectual madrileño Víctor Fuentes. Asociamos el exilio con el destierro político y la imposibilidad de retorno por una inminente amenaza de muerte. Aunque nadie nos pone un gatillo en la cabeza para emigrar, la desesperación lleva al ser humano a dejarlo todo. ¿Has visto a los miles de hermanos hondureños cruzando México intentando llegar a Estados Unidos? ¿Quién los desterró? ¿Sufren persecución política? Nadie los expulsó ni son perseguidos políticos, pero hay un sistema de opresión, una democracia endeble y corrupta que los deja sin opciones. Uso la palabra exilio en un sentido metafórico porque los inmigrantes salen del país por el temor a morir al no tener un trabajo para subsistir y quizás no volverán por la misma razón. En la gran mayoría de los casos los que emigran no regresan (no regresamos) al país de origen.
Novela auspiciada por la embajada de España
En países como Perú a los cuarenta años nadie te quiere contratar (los anuncios de trabajo especifican edad, sexo y en mi época hasta pedían foto para ver el color de tu piel). En los 80 y 90 se fueron del Perú miles de peruanos tanto que ahora cada vez que juega la selección peruana en Estados Unidos, Suecia o España, siempre parece local. 
A los veintiocho años yo trabajaba en un banco, tenía dos profesiones, hablaba inglés y usaba computadora, pero mi salario era el mismo. Un día te preguntas si realmente quieres vivir así toda tu vida viendo el mismo cielo, el mismo techo, en la casa de tus padres porque no puedes comprarte un departamento y porque así son las tradiciones y el status quo. En Perú, muchas personas viven con sus padres hasta que se casan. Conozco amigos de cuarenta años y familiares de la misma edad que hasta ahora viven con sus padres. A los veinte años y a veces antes, en Estados Unidos los jóvenes se mantienen y rentan su primer departamento (piso).
Yo nunca he sido una persona tradicional. Siempre me he rebelado a todo, desde muy pequeño he cuestionado a mis maestros cuando algo no me parecía correcto. Quería escribir mi propia historia, ser escritor. Me fui el 3 de febrero de 2000. Me dije: si me voy tiene que ser muy lejos y empezaré mi vida de nuevo. Y así fue.
Hay una manera sutil de forzar a mucha gente a salir. Ahora menos gente emigra porque la economía de Perú ha mejorado y porque es difícil establecerse en el extranjero con las restricciones inmigratorias. Luego de emigrar a Estados Unidos, en apenas tres años mi esposa y yo logramos adquirir una casa. No es que eso represente la felicidad total o el paraíso, pero me pregunté: ¿por qué en Estados Unidos me siento más valorado? ¿Por qué hay más oportunidades y estabilidad?  Mis empleadores en Estados Unidos valoraban que era bilingüe, que era comunicador y tenía conocimientos de finanzas, veía gente de diferentes razas en el trabajo, nadie hacia comentarios sobre el color de las personas ni su apariencia física o el vestir, algo que en mi país era tema para hacer “bromas”.
 Empezaste tu andadura con el libro de relatos Cuentos del norte, historias del sur, ¿cuándo te decides a publicar? ¿Te lo pensaste mucho?  ¿Qué temas abordaste en esta obra? 
Su primera experiencia como antólogo 
El 2009 me animé a publicar y, sí, lo pensé muchísimo: diez años, creo. En 1995 dejé de escribir hasta el 2005 en que retomé la literatura. Me tomó cinco años establecerme en Estados Unidos y encontrarme poco a poco, explorar hacia adentro y convencerme de que quería ser escritor. Fue un proceso largo y penoso porque en Perú había pasado penurias escribiendo y ahora tenía estabilidad económica. No quería mirar atrás.
El 2010 la catedrática española Natalia Gómez Linares de Grand Valley State University me invitó a presentar mi libro y me animó a hacer una maestría.
Cuentos del norte, historias del sur habla del país que deje y del país que me recibió, pero a través de múltiples historias. La mayoría de las historias son muy melancólicas, no hay muchas historias felices; predominan la búsqueda, lucha, aculturación, el exilio, racismo, recuerdo y un intento por dejar todo atrás. Los personajes son anónimos en el sentido que representan lo que es cada inmigrante: un punto invisible en las gigantescas ciudades, carreteras, edificios y los suburbios de Estados Unidos.
En 2011 aparece la novela Sesenta días para abandonar el país, ¿qué querías contar en esta historia? ¿Tu fuente de inspiración sigue hallándose en la tierra de tus orígenes?
Sesenta días es una novela que auspició la embajada de España en Washington DC.  Narra los últimos Sesenta días de un periodista peruano sin suerte que se siente alienado y extranjero en su propio país (no creas que yo soy, sabes que los escritores somos mentirosos) y un día decide irse a los Estados Unidos. Llega al país que parece ser el paraíso, pero su arribo coincide con el atentado del 11 de setiembre a las Torres Gemelas y el Pentágono; el American Dream se vuelve una pesadilla: leyes de inmigración, brotes de racismo, restricciones en las licencias de conducir, en las posibilidades de poder obtener un permiso de trabajo, desconfianza en las calles contra los inmigrantes.
En esta novela me centro en Perú haciendo una cuenta regresiva. Cada día que pasa el personaje-narrador siente que le queda menos tiempo en su país y se angustia. No quiere irse, pero está harto de todo: de escribir gratis, de escribir para otros a cambio de un pago modesto de trabajar en un banco en el que no avizora ningún futuro (te repito que ese personaje no soy yo).
Luego publicaste Aquiles en los Andes (2015), ¿qué objetivos perseguías con esta obra? ¿Escribes los libros que te gustaría leer, tal como postulan algunos de tus colegas escritores? 
El autor manifiesta que las antologías
demandan gran parte de su tiempo 
Con Aquiles en los andes intenté escribir pensando en el Perú, pues es el primer libro en el cual no hablo de historias de inmigrantes en Estados Unidos.  La novela transcurre en Lima y en Ayacucho. El libro habla del feroz enfrentamiento entre el Ejército Peruano y Sendero luminoso, un grupo terrorista que causó mucho daño en Perú.  Está narrado con múltiples voces, es decir de manera polifónica. Por lo general muchas historias se narran desde las voces de los vencedores y los vencidos. Esta novela corta se narra por medio de las voces de las víctimas (campesinos) e incluso de aquellos que creen tener el control de las situaciones pero que son víctimas de un sistema más grande que ellos: el poder político.
Los libros que escribo no son los que me gustaría leer. No suelo leer mis libros ni valorarlos yo mismo. Una vez que los publico, de manera muy esporádica,  les doy una ojeada-hojeada. Creo honestamente no padecer del exacerbado egocentrismo que he percibido en el mundillo literario el cual evito si es posible. Escribo lo que me sale de las entrañas. Mis historias tienen un aura escatológica.
También has participado en las antologías Raíces latinas y Exiliados, ¿qué te aportó hacerlo? ¿Notaste una eficaz difusión de tu nombre y obra a través de este medio? Lo digo por la cantidad de gente que participa en este tipo de publicaciones. 
Raíces latinas se llevaron mucho de mi tiempo. Dejé de escribir un par de meses para seleccionar autores. No es tan fácil pues tienes que escribir, responder, esperar y lidiar con doce autores. Si bien es un aporte a la cultura, en muchos casos un editor hace un trabajo silencioso no remunerado y a veces hasta poco valorado.
Aprendí a editar y a hacer una antología, pero es una labor titánica que te aleja de tus actividades individuales como escritor y las laborales también.  El hecho de que participe una cantidad de gente no siempre significa que el libro tendrá más difusión. Los autores se involucran en diferente medida con un proyecto, algunos difunden el libro, otros a veces no responden ni a los mensajes para saber si recibieron el libro una vez publicado.
No puedo medir de manera cuantitativa si mi nombre se difunde de manera eficaz. Hago muy pocas entrevistas. Con gusto accedo a una entrevista como el caso tuyo cuando me contactan, pero por lo general no busco entrevistas que es algo que ocurre mucho, es decir sobre exponerse, como si la labor de un escritor fuera ser entrevistado.
A veces ocurren situaciones que llaman mi atención. En abril cuando hicimos el Festival hispano del libro me llamaron de España para hacer una entrevista. Me sorprendió que el festival tuviera repercusión en un medio del otro lado del charco.
Hace un día me escribió desde Lima un escritor peruano a quien no tenía el gusto de conocer para decirme que cuando ponía en Google escritores latinos en Estados Unidos mi nombre salía primero; luego salen Daniel Alarcón, escritor peruano  de renombre y Edmundo Paz Soldán, escritor boliviano muy conocido también. Me sorprendió bastante porque incluso cuando hago festivales nunca me hago entrevistar sino que hablo en nombre de los autores; sé que hay gente que paga para tener un Search Engine Optimization (esto me lo explico un amigo) para que su nombre aparezca en Google, pero yo no tengo ni idea de cómo se hace, no tengo el interés y seguro ni el dinero para hacerlo.
¿Es ardua la lucha de un escritor latinoamericano en Estados Unidos por conseguir que su obra se publique y difunda? ¿De qué manera has planteado tu carrera? ¿Tu labor es individual o das pasos con gente que te avala y apoya? 
Se deja la piel en la organización del Festival
del libro hispano de Virginia 
Todos los que escribimos en español en un país donde existe resistencia para aceptar el idioma y la cultura siempre estamos aislados. Aunque hay festivales latinos del libro (he creado uno el 2017) no son masivos, hay muchos factores y uno de ellos es que el público es muy disperso. Hay centroamericanos y sudamericanos que no hablan español (hablan lenguas autóctonas), el ritmo de vida al galope con a veces veinticinco minutos para almorzar dos y hasta tres trabajos, grandes distancias manejando, muchos llegan casa a desplomarse en la cama para levantarse al día siguiente. Muchas personas que antes leían hoy ya no leen. Aun así, hay festivales de libro y editoriales que intentan impulsar proyectos en español. La distancia entre un estado y otro hace que existen cientos de escritores que ni se conocen.
Existe mucho individualismo también, quizás porque el escritor se aísla para crear. Me ha ocurrido, y sé que no soy el único, que he organizado eventos en los cuales varios escritores se han conocido y luego a su vez han organizado lecturas a los cuales no he sido invitado ni por cortesía. Sé de un escritor que invitó a otro para hacer unos proyectos juntos y luego el autor invitado hizo el proyecto en otro lugar por su cuenta sin invitar al gestor de la idea.
Escribir es hermoso, pero el proceso de hacerlo es doloroso y los círculos literarios son a veces tóxicos. Recordemos sino las peleas literarias eternas Vargas Llosa-Gabo o Cortázar-Arguedas.
Hoy no me planteo tantas cosas como antes y me centro más en crear. Nuestra labor es muy individual y aislada, pero tengo algunos amigos escritores en Estados Unidos, Perú y otros países donde me han tratado muy bien como en España, particularmente en Bilbao. Nos apoyamos en lo que podemos. También el taller de narrativa que dirijo es un apoyo pues me da fortaleza porque los estudiantes son escritores (algunas con mucha madurez intelectual) y es un lugar en el que veo unión entre los autores y eso me reconforta.
Eres un apasionado de nuestro idioma, obtuviste una maestría en español en la universidad George Mason, y desde ese instante no has parado de enseñar con entusiasmo en varias casas de estudio. Así puedo citar la George Washington University, Georgetown University e incluso en la universidad que te formó. También dictas clases de español en la escuela secundaria Falls Church en el condado de Fairfax, ¿hay un claro interés por aprender el español entre tus alumnos?  ¿Están más interesados quienes tienen raíces latinas, los que han perdido la fluidez-porque llegaron pequeñoso los americanos de pura cepa por decirlo de algún modo? 
El autor dando una conferencia en la Academia Norteamericana de la Lengua
Española (ANLE)
El fenómeno del español es muy curioso. Cuando enseñé español en George Washington que es una de las universidades más prestigiosas de Estados Unidos, los cursos eran de español avanzado y los estudiantes eran en mayoría de Estados Unidos u otros países. Había un latino o dos. Me dije: “Ellos van a ser los futuros líderes del país”.  Existen muchos jóvenes hispanos que por diversos motivos no hablan el idioma. Muchas veces por casos de discriminación y racismo sus padres han decidido no enseñarles español Es lo mismo que ocurrió en el contexto peruano con los hijos de inmigrantes que hablaban quechua; al llegar a la Lima de la sierra no les enseñaron el quechua a sus hijos.
Otro problema es que por desconocimiento se creía erróneamente que un niño bilingüe podía confundirse con dos idiomas entonces el criterio era el siguiente: que aprenda inglés primero y luego español. Ya a los diez años el idioma les resulta más difícil aprenderlo y su idioma nativo en el inglés. He visto casos increíbles como educador: una madre que no habla inglés, el hijo mayor que habla inglés y español y el hijo menor que solo habla inglés. La madre no puede revisar las tareas del hijo y tiene que esperar que el hijo mayor este en casa para conversar con el hijo menor sobre temas relacionados con la escuela.
Participando en unas lecturas en el Ilustre Colegio de
Abogados de Vizcaya 
Siento interés en mis alumnos y tanto en la universidad como en la escuela necesitas tener créditos en idiomas para graduarte. Tengo clases diversas. Una de las clases que más me fascina en secundaria es Heritage speakers (Hablantes de herencia). Todos los alumnos son hispanos nacidos en Estados Unidos o que llegaron a esta tierra de niños y por ello desean mejorar el español. Tienen que tener un conocimiento mínimo del idioma: hablarlo y escribirlo a nivel básico. Hay cinco niveles. Los alumnos de secundaria pueden graduarse hablando y escribiendo un español de muy buen nivel, todo un logro para ellos que le puede asegurar un buen futuro profesional en Estados Unidos en donde la remuneración es mayor si eres bilingüe.
Al respecto, y no me baso en lo que nos llega a través de la noticias, me consta que muchos latinoamericanos se niegan a hablar en español una vez que arriban a Estados Unidos para no ser discriminados, mientras otros solo lo usan en su entorno familiar, sin embargo, también soy testigo de que muchas bibliotecas reciben de buen agrado la donación de literatura en español por resultar escasas en sus estanterías, ¿qué me puedes contar al respecto, Hemil, teniendo cuenta  que resides allá y que tu campo de investigación es la literatura en español y la inmigración hispana en los Estados Unidos 
No es una negación arbitraria basada en una simple rabieta “no quiero porque no me da la gana”. La situación es demasiado compleja. Intento explicarlo aquí como pedagogo. Existen en sociolingüística un término que se llama Hidden language (el lenguaje escondido) es decir el idioma que se habla en casa y no en la calle. Existen estudiantes, hijos de bolivianos y guatemaltecos cuyos padres no hablan español ni inglés. Entonces cuando los padres van a la escuela los profesores no pueden hablar con ellos. Toda comunicación es por medio de los hijos por medio de la lengua nativa: quechua o maya-quiche. Vuelvo a traer el ejemplo del quechua que es un idioma que he escuchado en mi casa, pero que lamentablemente no hablo. Mis padres, cada vez que querían que no me enterase de algo -sobre todo si me había portado mal (que ocurría siempre)-, hablaban quechua entre ellos.  Entonces lo que ocurre es lo siguiente, el niño asocia que solo se habla esa lengua para situaciones secretas y/o negativas,  y al ver que hay un idioma dominante (el inglés en Estados Unidos y el español en Lima) percibe que un idioma es superior al otro, que es aceptado socialmente. Por tanto se niega a hablar el idioma que solo se usa a escondidas.
Anuncio de uno de sus talleres de escritura en Arlington (Virginia) 
Debes haber visto en vídeos de gente a la que le han gritado violentamente por hablar español. Mucha gente se ofende si hablas en español y hasta creen que estás hablando de ellos. Existe mucha paranoia sobre todo ahora con la cuestión política y también mucha ignorancia. Se piensa que el español es nuevo en los Estados Unidos, pero se habló en Florida con la expedición de Cabeza de Vaca entre 1528-1536 y desde marzo de 1776 en California antes que Estados Unidos fuera independiente en Julio del mismo año.
Hay otro factor antagónico: muchos padres (no generalizo) se resignan a no aprender el inglés a veces porque ya sienten que por edad no pueden, por falta de tiempo, por falta de dinero. Las iglesias ofrecen cursos de inglés gratis y los condados (Ayuntamientos) a precios muy módicos. Sin embargo, muchas personas deciden no estudiar porque ya tienen un trabajo fijo, aunque no sea una labor profesional (una que requiera estudios, un título,  y que en lo general ofrece mejores beneficios y pago), pero les dicen a sus hijos: “¡Aprende español, tienes que aprender el español!”. Les exigen a sus hijos que hablen dicho idioma a veces a gritos. ¿Qué crees que pasa por la mente de un niño de doce años que es el intérprete de sus padres en el banco, en las tiendas, etc.?
Lo he visto como maestro, periodista y escritor: “Señor, yo no puedo aprender inglés porque ya soy viejo y medio bruto”.  “Me molesta que mis padres no quieran aprender inglés”. “Me dicen que aprenda español, que es bien fácil,  y yo digo es más fácil hablar inglés,  que aprendan también, pero  me responden:  '¡Cállate, no seas malcriado!'”.
Las bibliotecas ahora tienen más libros en español. Es la presión de una cultura etnocentrista anglohablante, la que no deja que el español surja. Se tiene el temor infundado de que si se habla otro idioma se pierde la identidad. Mi hija nació en Estados Unidos y le he enseñado a amar  a su país como yo aprendí a amar el mío. Por eso,  en casa,  somos binacionales, biculturales, bilingües. Hablamos español e inglés, según la situación. 
Has fundado y ocupas la dirección del Festival del libro hispano de Virginia. Si no me equivoco se viene su tercera edición. Llevarlo a cabo te costó sangre, sudor y lágrimas, ¿no es así, Hemil? 
Junto al Dr. Víctor Fuentes, experto en literatura e inmigración
en los Estados Unidos
Efectivamente. Incluso me afectó un poco en lo económico porque no contábamos con una institución detrás nuestro. Por suerte siempre tenemos auspiciadores como Ars Communis Editorial, Brooks, Designs, Walls of Books, Punto Final Writers. Siempre me había preguntado por qué no había un festival o una feria del libro español. Fue así como un grupo de escritores nos juntamos y logramos hacerlo. Nos apoyaron muchos locales bilingües e incluso algunos autores colaboraron pegando carteles. También ocurrieron situaciones adversas: vino gente a las reuniones previas al evento, pero luego no participaron, entusiastas voluntarios que luego desaparecieron, autores que a último momento no pudieron venir por motivos personales y laborales. Igual lo pasamos muy bien. A los festivales han venidos autores de muchos estados entre ellos Eugenia Muñoz Molano, Fernando Olszanski. Juanita Goergen, Carolina Herrera, Fermina Ponce, por citar algunos. Trajimos al escritor Alberto Chimal (tuvimos el apoyo del Instituto Cultural Mexicano) y nos visitó Aurora Vélez, autora vasca radicada en Francia.
Ver padres con sus hijos, estudiantes o que venga alguien a decirte: “Gracias por hacer este festival”. “Es la primera vez que voy a una feria del libro en español”.  Fue muy gratificante. Lo cierto es que sin los autores, los auspiciadores, voluntarios y el público no hay festival posible
También eres artífice y coordinador del primer taller de narrativa en español en Virginia, pero colaboras en la Academia Norteamericana de la Lengua Española (ANLE), estás dedicado en cuerpo y alma al español y su literatura, ¿le auguras un buen futuro a nuestro idioma en Estados Unidos hable como se hable y pese al impacto de las nuevas tecnologías en el lenguaje?
Sus amadas clases de español en la George Mason University
Crear el taller era un sueño que a la vez  buscaba llenar también la ausencia de talleres en español en Virginia. Te comenté antes que el 2005 quise crear uno, pero no había un grupo de alumnos suficiente como para armar algo así. Tener que hacer un taller en inglés, escribir en inglés y traducirlo luego al castellano como me tocó a mí,  es un proceso muy largo y tedioso. Ahora que he logrado juntar un grupo de escritores, el mérito radica también en el esfuerzo de los autores que invierten tiempo y dinero en desplazarse hasta el festival.
Sé que, si estás en casa, te pasas horas reclasificando y ordenando tu biblioteca, y si sales, te encanta recorrer librerías y ver si hay libros antiguos y comprarlos, ¿cuál es la obra más valiosa que has hallado en tus recorridos a la caza de tesoros? 
He encontrado libros usados y en excelente estado (los libros usados se venden mucho aquí) de Goethe, Maupassant, Kafka publicados en 1930 y 1940 a tres dólares.
Una vez en Madrid  por el barrio de las letras, un señor me vendió un libro muy antiguo por tres euros. Un ejemplar de 1920 con art decco, dibujos a carboncillo en sus páginas.
¿Es verdad que lees dos libros al mismo tiempo y hasta veces tres? ¿Cómo haces para no confundir las tramas o los personajes?  
El día que le entregó su tesis al escritor Mario Vargas Llosa
Es cierto. Soy muy compulsivo y me gusta comprar libros de dos en dos al menos. Entonces cuando abro un libro, me preparo un café o tomo una cerveza, y luego de leer diez páginas me pregunto cómo estará el otro libro. Entonces no aguanto más y lo abro solo para el prólogo y de pronto me engancho con el libro y no queda otra que ‘marcar’ el primer libro. Me ha ocurrido cuando he comprado tres libros.  Cuando leo, pongo tres libros al frente y empiezo diez páginas con el primer libro y así.
A veces creo que confundo tramas y personajes, de pronto Arturo Belano de Los detectives salvajes puede convertirse en Andrés Hurtado de El árbol de la ciencia o tal vez Toru Watanabe de Norwegian Wood.
Es complicado leer así, pero todos funcionamos diferente y yo funciono así. Por ejemplo, ahora mismo que estoy haciendo dos cursos de maestría, yo hago mi tarea mientras voy viendo/escuchando un partido de fútbol, mi esposa está al lado, mi hija me habla o me pide ayuda,  y alguien me envía un mensaje por wasap desde Perú.
Hace una semana compré la última novela de Murakami Killing Commendatore y me enganché, pero tres días después salió el último libro del científico Stephen Hawking y lo compré.  Cuando lo abrí este  sábado,  no paré hasta leer cincuenta y cinco páginas.
Coincidiste con Mario Vargas Llosa dos veces, y que en la segunda ocasión que se vieron, le obsequiaste una copia de tu tesis sobre su novela La tía Julia y el escribidor, cuéntame cómo transcurrió ese momento de tanta significación para ti. 
Algunos de los escritores que participaron en la primera edición de su festival 
Fue una casualidad grata, pero casualidad. Fui a ver a Vargas Llosa a Washington D. C. ,  a la Biblioteca del Congreso en el 2016, cuando le declararon leyenda viva de la literatura. Discúlpame que haga un hincapié aquí,  pues mientras en Perú autores que no han logrado ni la décima de lo que ha logrado Vargas Llosa,  dicen que el Nobel peruano ya no puede escribir.  En el extranjero aprecian más a Vargas Llosa que sus compatriotas.
Al final hubo una conferencia de prensa. Solo admitían periodistas. Yo estaba parado al lado de una escalera con mi identificación de la universidad, mi bolso mensajero y  un libro en la mano.
La conferencia de prensa iba a ser en una sala,  y para llegar a ella se tenía que subir por la escalera donde yo estaba parado. Entonces alguien me dice: "¿Prensa?  ¿Ya está listo para la entrevista?". Detrás de mí había tres o cuatro periodistas más. Aunque soy periodista de profesión, pero ya no ejerzo, sin embargo,  aprendí que un periodista siempre debe estar listo para la noticia. Así que dije: “Listo”. Saqué mi cuaderno para escribir y mi celular. En la conferencia de prensa le pregunte a Vargas Llosa sobre las elecciones del 2016 (que ganó Humala a Keiko Fujimori). Cuando se retiraba quise saludarlo y él traspuso una puerta.  Antes de que se cerrara, logré pasar.  Cuando la puerta se cerró, me di con la sorpresa: estaba en una sala con Vargas Llosa y dos personas más. Pude conversar con él  por espacio de cinco o quizás tres minutos. Le di una copia de mi tesis. Firmó el original de esta. Luego desapareció por otra puerta. Pensé que me había imaginado todo, pero tengo la tesis firmada y una foto a su lado; y sé que  él tiene mi libro en sus manos. Sé que ocurrió.
Promesa cumplida a su hija: visitar Macchu Picchu 
Algo que te arruga el corazón es que conoces casi todo el territorio de Estados Unidos, sin embargo, muy poco de tu natal Perú, le suele pasar a muchos no solo a tus compatriotas, pero ¿qué impide que alguien que ame tanto a su tierra no pueda recorrer al completo su geografía?
Estados Unidos es inmenso. Tiene cincuenta estados, y quizás es más grande en extensión que Argentina, Chile y Perú juntos. Pero he viajado al menos por diez estados. Muchos de  esos recorridos los hice por carretera.  
En 1990 la economía del Perú no era la mejor (en los 80 tuvimos hiperinflación) y viajar no era una práctica común para el promedio de gente como lo es hoy. La gente joven de mi época no tenía trabajo. En el Perú no había cadenas, franquicias  ni malls como hoy. No existía la oferta de paquetes turísticos que ofrece hoy.
Recuerdo que muchos compañeros de estudios llevaban pasteles, sándwichs de pollo o ropa para vender en la universidad. Los que tenían auto dejaban a sus amigos cobrando una cantidad mínima para ayudarse con la gasolina. 
Hoy veo en redes sociales que amigos míos y familiares ponen en Facebook: "Estoy en Macchu Picchu". "Estoy en un resort en la playa, en Orlando, en Madrid".  E incluso  "En  Rusia viendo el mundial". Mucha de la gente que viaja hoy tiene más opciones. Si les preguntas si hace quince años hubieran podido viajar, pues la respuesta quizás sería no. En ese sentido me alegra que mi país haya mejorado, pero no es la tierra  en la cual viví y dejé.
Ahora viajo a Lima una vez al año para ver a la familia y y de paso hacer alguna lectura o un taller de cuento.  En esos doce o quince días, el tiempo es tan limitado que a veces a duras penas puedo salir de la ciudad. Pero en 2017,  mi esposa y yo llevamos a nuestra hija Miranda a conocer  Macchu Picchu.  Fue un sueño para ella contemplar la ciudadela de los incas, apreciar montañas,  ver llamas y cargar carneros bebés. Mi familia es del Cuzco. Siempre le dije a mi hija: “Nosotros tenemos raíces incas y un día iremos a la tierra de tus abuelos para que veas nuestra historia”. Ese viaje fue uno de los más hermosos que he tenido con mi familia.
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