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sábado, 31 de mayo de 2014

Arturo Borra: “La poesía para mí es el lugar de lo irrenunciable”

El universo de la poesía  y los poetas sigue siendo desconocido para la mayoría de los comunes mortales, y aunque el vate argentino Arturo Borra manifiesta que no tienen por qué ocupar un lugar de privilegio en este mundo ancho y ajeno, nadie puede discutir que los poetas están hechos de un material diferente y complejo, y quizá sea así, porque sus palabras albergan la promesa de un cambio en quienes los escuchan o ven. Sus mentes y almas pueden entender y sensibilizarse en su exacta dimensión con todo lo que atañe a los sentimientos y vivencias humanas, por tanto, es perfectamente viable creer en un masivo cambio de conciencia mediante la lectura de sus escritos.
El poeta Borra expresa: “No soy pesimista con respecto al “futuro de la poesía”; lo que me preocupa mucho más es el futuro nuestro como humanidad y como formación social”.

¿Se nace poeta o se puede llegar a la poesía intencionalmente?  ¿Cómo se dio en su caso? ¿Cuáles fueron sus orígenes?

Las teorías de la predestinación me resultan sospechosas, incluso aquella versión contemporánea que es el genetismo. Trafican con desigualdades que son producto de la división social del trabajo y no de una herencia natural, una especie de “don” caído del cielo o dado por algún azar evolutivo. Negar esas teorías no conduce por necesidad a una filosofía voluntarista, ante todo, porque lo «inconsciente» -como dimensión de nuestra subjetividad- condiciona de forma estructural nuestras querencias. Tampoco supone negar ciertas diferencias entre los seres humanos en lo que atañe a su capacidad artística. Lo que cuestiona, en cambio, es que esas capacidades deban explicarse exclusiva o fundamentalmente por una presunta dotación innata a la que sólo unos pocos elegidos tendrían acceso.
Entonces, no es que primordialmente uno elija ser poeta –incluso si a lo largo de nuestras vidas tenemos que tomar distintas decisiones para reafirmar esa identidad. Más bien, somos arrojados a una práctica de escritura por una suma de identificaciones, de llamados en los que nos reconocemos extrañamente.
La escritura, al menos en mi caso, surgió como una forma de rescate, a pesar de no tener ninguna vocación mesiánica. Nada abstracto: el dolor que intentamos conjurar, la tristeza que asoma y necesitamos elaborar para seguir viviendo, la revuelta íntima que se gesta ante la asfixia…  

El poeta revela que la poesía llegó a él
como una forma de rescate
¿Hay alguna diferencia entre quienes nacen poetas y los que se forman para serlo?

Dado que esa diferencia me parece más bien «imaginaria», diría que mientras los primeros descansan en su “genio”, los segundos no se permiten ese lujo: se entregan apasionadamente al trabajo de la escritura. Obviamente, pienso que los segundos, los que son conscientes de su “falta de talento”, son muchísimo más interesantes que los primeros. El inconformismo con lo que uno hace es esencial para no dejarse deslumbrar por el destello narcisista de la obra “propia”. 

Hay incluso algunos que cuentan que llegaron a la poesía sin proponérselo, ¿cómo  entendemos estos casos?

La poesía te encuentra antes. Uno grita, sufre, no comprende y se sumerge en la lectura, a menudo de forma accidental, de ese género sin género que es lo poético. Ahí empieza a gestarse un sentido posible, un espacio fecundo de interrogación y, en ocasiones, un consuelo para nuestra intemperie. Entonces no es sorprendente que, sin proponérselo, uno garabatee unos borradores que, con mucho trabajo de revisión, terminan latiendo como poemas. Puede que, con suerte, esos poemas encuentren sin saberlo lectores que los necesitaban.

¿Cómo manejan su sensibilidad los poetas en un mundo tan conflictivo y doloroso? ¿Dónde encuentran su paz, su equilibrio?

Supongo que como cualquier otro ser humano: procurando hallar recodos más amables, abrazando a los que amamos, construyendo -con los límites en los que nos movemos- aquello que deseamos, implicándonos en la transformación del mundo y de nosotros mismos. Sin paz ni equilibrio, precisamente, porque estamos heridos por la incongruencia del mundo.

¿Usted busca la inspiración o ella la sorprende de repente?

Me sorprende trabajando –aunque sea un trabajo fuera de esa disciplina metodista de los que hacen del arte un “oficio”. No digo que esa disciplina no tenga sus ventajas. Lo que ocurre es que esa profesionalización a menudo conduce a unas exigencias productivas que no coinciden con los tiempos de la escritura. El dictado del inconsciente es irregular y hay que estar muy atento para poder escucharlo.

Encuentra su equilibrio trabajando a favor de los demás
¿Qué ingredientes tiene la buena poesía?  ¿Los malos poemas también tienen una oportunidad?

Altero el orden de las preguntas. Los malos poemas tienen una oportunidad en muchísimos lugares: en las estanterías, en los premios fabricados a medida de los amigos y grupos de pertenencia, en las tertulias o las antologías, en general, en todos los espacios donde el afán de protagonismo no sólo termina primando por sobre consideraciones estéticas sino, lo que es peor, termina irrumpiendo con una insólita violencia: descalificando otras apuestas poéticas, utilizando como medios tanto la difamación o el desconocimiento de los demás como la autopromoción más burda o el desarrollo de estrategias de marketing por demás de sintomáticas. Puesto que nadie está exento de crear malos poemas, un ejercicio de humildad sería pensar que lo más oportuno para esos poemas es la papelera.
Sigo pensando que la Teoría estética de Adorno contiene una valiosa respuesta. La buena poesía -que se dice en plural- es aquella que nos aporta un «contenido de verdad», aunque esa verdad sea inseparable de un específico trabajo formal, que exige ante todo una reflexión crítica sobre el lenguaje y el mundo. A esos apuntes los articularía a algo que va más allá de este autor. Aunque la estética es algo distinto a la teoría de la recepción, un discurso poético que sea incapaz de producir cierta conmoción en sus lectores (y digo «conmoción», no «golpe de efecto» o «complicidad fácil») quizás no sea más que un buen artefacto retórico. No niego méritos a este logro, pero pienso que un poema que nos deja indiferentes está fracasando en algo decisivo...

¿Abunda el talento en la poesía? ¿Cómo sabemos que estamos frente a un gran poeta?

Lo que abunda es la arrogancia, los que se presumen talentosos, los que adoran su ego y cultivan los gestos de egolatría, los que incluso le dan la vuelta y van de modestos pregonando su falsa humildad por todas partes. Por supuesto que no se trata, ni mucho menos, de incitar a esos silencios culposos, puritanos, que de vez en cuanto quieren imponerse como norma moral.
Para mí la «ética de la escritura» está ligada a una cierta sobriedad, a no extraviarse con los elogios ni obnubilarse con la crítica, a no perder de vista el inconformismo que lleva a esa interminable exploración musical que constituye lo poético. Por lo mismo, los mejores poetas son aquellos que esquivan toda voluntad de grandeza, los que evitan la autocomplacencia de ser “autores mayores” reconocidos por la institución. Claro que uno desea el reconocimiento de aquellos lectores capaces de construir un diálogo crítico con nuestros textos. Sin embargo, llega un punto en que también es necesario liberarse del apremio de la sanción pública y entregarse a esa pasión nocturna que es escribir. Quizás sólo entonces la escritura se hace no sólo imprevisible y singular, sino también vitalmente necesaria para algunos de sus lectores.  

Su primer poemario
¿La poesía es más sentida y profunda cuando habla de la naturaleza o cuando se refiere al ser humano en toda su complejidad?

La poesía no es profunda por su objeto sino por su mirada o, si se prefiere, por su potencia para decir lo que permanece invisible en las máquinas de visión más frecuentes. Puede detenerse en diferentes regiones: ser en una nervadura o una piedra o en una realidad social sangrante. Dicho esto, siempre escribimos desde la subjetividad que nos atraviesa, incluso si pensáramos que lo humano no tiene que tener ninguna prerrogativa poética por sobre otras dimensiones de lo real. Lo central quizás sea la capacidad poética de dar cuenta de la realidad efectiva en toda su complejidad. Eso incluye, por supuesto, al ser humano en sus vínculos con los otros, pero también su relación con la alteridad que subvierte la medida de lo humano en el mundo.

¿En qué momento se dio cuenta de que la  poesía era su mejor forma de comunicarse con el mundo?

En el momento en que me permitió acercarme a lo indecible.

¿Qué temas son los más frecuentes en su quehacer poético y cómo los aborda? ¿Existen situaciones o personajes a los que deje de lado por estar en desacuerdo, o simplemente, porque no le agradan?

Procuro que lo prosaico no lo invada todo. Más que poesía temática, lo más frecuente es que me deslice por esa zona que no se deja recortar fácilmente: los umbrales que vamos atravesando como sujetos humanos, la fragilidad en la que vivimos, la dificultad para respirar en un mundo social fracturado por la injusticia y la desigualdad, las esperanzas agonísticas que trazamos a pesar de un paisaje en ruinas… todo aquello que nos aproxima a nuestro abismo y a lo que nos permite afrontarlo.

¿Qué lugar ocupa la poesía en su vida y cuánto tiempo le dedica?

La poesía para mí es el lugar de lo irrenunciable. Está entretejida con mi vida cotidiana –como una ventana que me ayuda a mirar lo que esa cotidianeidad pierde, sin apartarme del asombro.

"Sin exigencia no hay hallazgo", dice
¿Cuándo se sintió listo para publicar? ¿Cómo fue ese momento?

En un momento tardío, seguramente. Cuando los otros me emplazaron a publicar. Eso fue hace ya más de una década, en un libro colectivo que me dio aliento para asumir que nunca estamos suficientemente preparados para afrontar la escena de la escritura. Y como nunca lo estamos, no busqué más pretextos para no sumarme. La publicación de mi primer poemario, Umbrales del naufragio, afortunadamente vino bastante más tarde, en 2011. Fue un momento de celebración íntima, con la inseguridad que precede compartir parte de nuestro universo íntimo. 

¿Es muy exigente consigo a la hora de realizar su trabajo creativo?  ¿Está siempre satisfecho con el resultado final?

Sin exigencia no hay hallazgo, por más diminuto que lo concibamos. Precisamente porque no creo que lo decisivo sea el “talento innato” -si un concepto semejante pudiera darse por válido- no tengo más camino que entregarme a esa exigencia con la promesa de que en algún momento el poema comience a latir. Como si uno acercara el oído a las palabras y pudiera sentir su pulsación rítmica, la música que las anima secretamente. No siempre uno consigue escuchar ese latido: son poemas muertos. Y, por si fuera poco, la magia de los prestidigitadores es efímera. Más pronto que tarde, uno percibe la precariedad de lo que escribe y vuelve a comenzar por otros caminos.

¿Practica algún tipo de ritual antes de ponerse a escribir?

Me ayuda tener a mano una libretita para tomar notas, un buen bolígrafo y algo de música. Aun así, lo fundamental para mí es entregarme a una especie de “atención flotante” que consigo habitualmente cuando estoy solo, sea viajando en tren o caminando por la calle.

Su segundo trabajo
¿Se ha puesto metas respecto a lo que quiere lograr con su poesía?

Prefiero no tenerlas; en caso contrario, si las consiguiera, ya no tendría nada que hacer. Como horizonte, uno desea que la poesía (no sólo la que uno firma) nos proporcione una mayor apertura vital: la libertad de interrogar sin tener como imperativo arribar a una respuesta.

¿Cómo es o se da la poesía en el exilio voluntario o cuando es impuesto? En su caso, en particular, ¿qué características exhibe y cómo se siente la poesía lejos del terruño?

En lo que atañe a mi historia vital, prefiero hablar de “diáspora” más que de “exilio voluntario” (lo cual no deja de ser un oxímoron): la elección de desplazarse hacia un horizonte que nos resulta deseable. El exilio es marcha forzosa, necesariamente marcada por una amputación vital. La diáspora, en algunos casos al menos, está más bien cargada de deseo, incluso si ese deseo implica a menudo un sufrimiento detrás. Es cierto que muchas experiencias migratorias se producen a raíz de unas carencias reales más o menos importantes, pero la posibilidad de regreso está ahí.
En mi caso, vivo el desplazamiento como una posibilidad para ensanchar mi mundo, de construir un diálogo existencial con seres humanos diferentes, atravesados por otras culturas. Eso me ha permitido cultivar cierta apertura ante lo diferente, lo que no significa obviamente que todo me resulte aceptable ni mucho menos.

Al respecto, ¿cuánto hay de Argentina en su poesía?

No sé si soy capaz de discernirlo en todas sus implicaciones. Aunque me interesa una poesía extraterritorial, partimos siempre y necesariamente de algún lugar. Ese lugar es en mi caso Argentina: no sólo sus giros idiomáticos, sus tonalidades, sus vocablos o su versión de la lengua; también el universo vivencial que está soldado a ese espacio y las tradiciones poéticas y literarias nacionales que me han marcado tempranamente, desde Pizarnik o Girondo hasta Orozco o Gelman.

¿Por qué cuando nos hablan de poesía figuran siempre los mismos? ¿Es que no hay figuras notables en nuestros tiempos? 

Para hacer poesía  se entrega a lo que
denomina 'atención flotante'
Es una cuestión de sociología del campo literario. Como cualquier otro campo social, cada poeta participa en una red de relaciones de poder. Eso no necesariamente tiene que tener resonancias negativas, pero cuando esa red se construye de forma jerárquica y desigual, basada en la pertenencia al propio grupo o escuela, entonces, ese ejercicio de poder se torna represivo de las diferencias. Quienes pretenden detentar el monopolio del “buen decir poético” de un plumazo pretenden borrar a aquellos que no aceptan ese monopolio. Las luchas simbólicas son interminables y a menudo quienes ocupan posiciones centralizadas no dudan en excluir del universo poético-editorial que manejan (y de los premios que administran) a quienes plantean estrategias heréticas. De ahí la escasa visibilidad de algunos sujetos poéticos, de ambos géneros.
Aun así, para bien de muchos, en los últimos tiempos esa rigidez monolítica del campo se está erosionando de forma lenta pero continua, aun cuando a nivel institucional todavía no sea demasiado evidente. Pero hay sin dudas un cierto anquilosamiento en estos grupos dominantes y eso muestra su decadencia. Por eso confío en la pluralidad de escrituras poéticas, como una forma de hacer estallar algunos cánones estéticos bastante perimidos. Esa pluralidad, desde ya, no puede conformarse con ampliar el listado de “notables”. Exige una diversificación de lo que concebimos como poéticamente relevante; ante todo, salirse de cierto eurocentrismo y de un sexismo todavía bastante activo…

¿La poesía tiene menos seguidores que la narrativa? ¿Quiénes son los que se  interesan más por el género poético?

A la luz del mercado editorial, el universo de lectores de poesía es más reducido. Quizás porque el género poético suele implicar una dificultad de lectura que no todos están dispuestos a atravesar y mucho más en el contexto de una cultura masiva que promueve un tipo de consumo cultural facilista y acrítico, basado en clichés y estereotipos.
Supongo que los que se interesan por este género, además de los mismos poetas, conforman públicos heterogéneos. Es tarea de los estudios culturales y de la sociología del arte indagar en las características de esos públicos y, sobre todo, lo que estos públicos hacen con los textos poéticos que leen.
Para quien escribe poesía, el lector efectivo es un enigma –a menos, claro, que busquemos conjurar ese desconocimiento mediante estrategias comerciales que definan un “target”, lo que es bastante usual entre poetas ávidos de capitalizar su escritura y desarrollar una carrera literaria.

"Para quien escribe poesía el lector
efectivo es un enigma", sostiene
¿Cuál es lugar que debería ocupar el poeta en la sociedad, y cuál su aporte a la humanidad?

Ningún lugar privilegiado. Desde una perspectiva social, los poetas no tienen más valor que cualquier otro ser humano. Su aporte no puede ser otro que su poesía. Un aporte heterogéneo, a menudo dispar. Potencialmente, cierta poesía puede contribuir a cambiar nuestras vidas y a transformar nuestra sociedad. Pero no es algo que pueda hacer por sí sola ni es su responsabilidad exclusiva. Difícilmente esa poesía pueda hacer esas contribuciones si es culturalmente confinada, si el sistema educativo la aparta de sus programas, si el mundo editorial la margina dentro de sus catálogos o los medios masivos la miran como un animal extraño. Lo que en última instancia puede cambiar la humanidad –como diría Castoriadis- es la misma humanidad.

 ¿Cómo se ha dado la evolución  del poeta de Arturo Borra?  ¿Son muchos los cambios?

Los cambios en mi escritura han sido y siguen siendo numerosos. Del flujo torrencial al despojamiento, de la sobreabundancia retórica a la sobriedad estilística, del recorte temático a la deriva del sentido, de la sobreproducción de textos a una deliberada escasez. Como todo devenir, uno camina a tientas, con algunos borradores en la cabeza.

¿Cuál es el futuro de la poesía? ¿Hacia dónde cree que debería orientarse?

¿Quién podría saberlo? No tengo una preceptiva sobre el derrotero de la poesía venidera. Solamente apuntaría la necesidad de defender la pluralidad estética y de favorecer aquellas instituciones culturales capaces de sostenerla como realidad efectiva. No soy pesimista con respecto al “futuro de la poesía”; lo que me preocupa mucho más es el futuro nuestro como humanidad y como formación social. Su orientación parece suicida, encaminada al desastre y es responsabilidad compartida movilizarse para que algo semejante no ocurra.


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jueves, 15 de mayo de 2014

Víctor del Árbol: “La novela negra que me interesa es la guerra que hay dentro de nosotros”

Víctor del Árbol es todo un exponente de la novela negra en Francia tanto que allá los lectores le conocen como el escritor del dolor, sin embargo hoy camina hacia la conquista de España porque desea ser profeta en su tierra.  Paciencia es lo que le sobra, es por eso, que con toda tranquilidad y entusiasmo se lanza a la promoción de su novela Un millón de gotas, que según él, es una gran historia de odio, pero también de amor.

¿Cómo un hombre que se dedicó a actividades tan disímiles como mosso d’ escuadra y locutor de radio, luego se orienta hacia la escritura y publica con éxito su primera obra El peso de los muertos, que por cierto ganó el Premio Tiflos de Novela en 2006?

Voy a ser poco original. Te voy a decir lo mismo que digo siempre, porque es en lo único que creo. No es un salto, un paso el hecho de trabajar en varias cosas y luego pasar a la escritura. Uno tiene la vida que tiene, van pasándole cosas, y  encontrándose con circunstancias diferentes.  Hay una constante en mi vida que es la escritura. Antes la lectura. Desde crío mi madre me obligaba a pasar las tardes encerrado leyendo en la biblioteca de mi barrio, porque no quería que estuviera en la calle.  Así me convertí en escritor, no en el que publica libros, sino en el que simplemente escribe, en el que necesita hacerlo. Es un proceso natural que se da siendo muy niño. Recuerdo mis primeros relatos. Escribía mis primeras novelitas cortas con 13 o 14 años. Hasta 2006 no logro publicar mi primera obra. Es cuando recién comienzo a pensar que aquello con lo que sueñas se puede convertir en tu modus vivendi. Yo sé que es un privilegio, porque soy una persona que tuvo un sueño que se convirtió en realidad. Y que encima me da de comer, es mi forma de ganarme la vida. Pero entre tanto pasaron muchas cosas en mi vida. Yo soy una persona muy curiosa y las he ido afrontando en la medida que se fueron presentando. Entre ellas, estar en el seminario, trabajar de soldador, de camarero, viajar por el mundo, y acabar desarrollando una labor paradójica, al principio para mí, como la de policía.

Del Árbol  goza de un gran prestigio
y reconocimiento en Francia 
¿Tuvo en mente siempre ser escritor o es una vocación que poco a poco germinó en usted?

No tengo marcada la fecha en un círculo rojo. Pero cuando tenía 14 o 15 tenía un profesor de Literatura y Lengua Española que cierta vez nos llevó a mis compañeros y a mí a un  pueblo en  Tossa de Mar (Barcelona) para hacer una visita por la zona arqueológica, las ruinas romanas. Y al final nos dice: “Para mañana me tenéis que hacer una redacción sobre lo que habéis visto”. Yo escribí un cuento que no tenía nada que ver con la excursión. Solo me quedé con el castillo que vi, y a partir de él hice una historia de unos piratas bereberes que llegaban a Tossa de Mar y la saqueaban,  y en donde el protagonista  iba  corriendo y se encerraba en el castillo. Escribí un cuento de siete u ocho páginas de lo que era una redacción de trabajo. Yo era un estudiante muy malo, por eso  cuando se lo presenté al profesor quedó perplejo al leerlo. “¿Y esto?”, ¿cómo lo has hecho?, me preguntó.  “Es que yo escribo”, contesté con toda naturalidad. “¿Cómo que escribes?”, replicó asombrado. “Escribo cuentos, poemas, tengo un diario…”. A lo que el profesor agregó: “Sigue por ahí”.  Quizá en ese momento ya era escritor.  Sin buscarlo, sin saberlo, ya lo era.  Por eso, digo que es como respirar, es parte de mi vida. Entra y no se va nunca. La escritura se convierte en tu modo de expresión, de ver a los demás, de contemplar la vida.

¿Es cierto que quiso ser sacerdote y estuvo en el seminario por cinco años?  ¿Qué le aportó esa experiencia?

Sí, estuve en el seminario menor. Decidí ingresar cuando acabé la escuela básica. Fueron cuatro o cinco años. Desde los 14 hasta casi los 19 años. La etapa más importante de una persona. Esta época me marcó. Me condujo una idea romántica porque conocí en aquella época a un sacerdote que estaba a favor de la Teología de la Liberación, sobre que la iglesia se debía implicarse en la comunidad, y quería ser como aquel hombre. Soñaba con hacer algo por la humanidad, y pensé “si él es sacerdote, entonces, yo también debo serlo”.  Ingresé al seminario, pero tardé un tiempo en comprender lo que significa la estructura de la iglesia. A continuación tuve que afrontar el conflicto de fe: aceptar la ortodoxia y el dogma. No me fue posible asumirlo, y me di cuenta que estaba viviendo una mentira, que no podía ser sacerdote cuando no comulgaba con todo eso. Una vez que terminé el Convictorio —es el año que se hace antes de empezar a estudiar Teología, cuando ya decides ir hacia delante para convertirte en diácono y luego en sacerdote—, decidí dar un giro, un cambio de rumbo, y lo hice. Lo que me ha quedado de aquella época, curiosamente en contra de lo que la gente piensa, es el sentimiento crítico, la reflexión. Una cosa que aprendí  allí es a estar en silencio. Yo venía de un mundo de ruido, un chico de barrio acostumbrado a eso. Y de repente, debes  estar en silencio. Y tienes que aprender a pensar, y esos pensamientos van ganando fuerza dentro de ti, y aprendes a escucharte. Eso me ha acompañado el resto de mi vida. Además, me ha dado una idea trascendente de la existencia. Que somos algo más que aquello que hacemos.

También cuenta con numerosos
lectores en los Países Bajos
¿Es un pensamiento muy espiritual, casi místico?

No es místico. La espiritualidad forma parte de nuestra naturaleza. Somos muchas cosas, y entre ellas, inteligencia emocional. No solo somos racionales, sino instintivos. La consciencia de ser que nos viene de la idea de la muerte. Saber que somos mortales. Somos el único animal que vive su primera muerte. Que anticipa su muerte como horizonte, a largo plazo, de manera intelectual.

Empezó con buen pie en el mundo de la literatura en España, pero fue en el exterior en donde logra sus mayores éxitos, casi siempre se cumple aquello de que nadie es profeta en su tierra, aunque ahora es cuando se comienza a hablar más de usted aquí, ¿cuál es su opinión?

 Qué está bien así. En la vida hay que ser paciente y perseverar. Que al final las cosas que tienen que pasar, ocurren…


¿Cuál es el real peso que tiene para un escritor ser reconocido y valorado en el extranjero?  ¿A partir  de eso el camino se allana, y todo es más sencillo?

No necesariamente. Te da calma espiritual, por decirlo de alguna manera. Te ayuda a vivir de lo que generan los derechos de autor, las traducciones, tienes cierto reconocimiento, una predica ahí fuera, y es cuando dices “ten paciencia todo irá llegando”. ¿Qué trascendencia tiene? Yo creo que si no hubiera tenido el éxito que tengo en el extranjero me hubiera costado mucho más que alguien me empezara a escuchar aquí.


Dolores Redondo, una exitosa autora de novela negra ha manifestado que para escribir novelas de este género hay que ser un poco oscuros, ¿usted lo es? ¿Cómo es la mente y el alma de Víctor del Árbol?

Más que oscuro, porque todos los somos, escritores de escritura negra o no, hay que ser exploradores, eso es lo que importa de verdad. Si no hubiese sido escritor me hubiese gustado ser explorador…

Es un hombre muy espiritual 
¿Explorador de almas?

Más bien de paisajes, como diría Delibes, porque ahí está todo: el hombre, la pasión, y el entorno. Explorador entendido como curioso. Un escritor tiene que ser curioso, observador, y paciente. Vuelvo a eso, porque tienes que tener la paciencia de buscar aquello que quieres decir y encontrar la manera  más exacta de decirlo. El buen escritor es aquel que logra conectar el pensamiento con la letra, acortando al máximo la distancia. Eso se obtiene con tiempo.

¿Qué condiciones o requisitos hay que reunir para ser buen escritor de novela negra?  ¿Qué tipo de autores no son aptos para esta?

Si quieres ser escritor de novela negra, si quieres realmente tratar con el lado más conflictivo del ser humano, tienes que ser una persona valiente, porque tienes que ir hasta el fondo. No sirve que te quedes a medias. No puedes insinuar cosas y luego echarte para atrás. No puedes ser complaciente ni condescendiente con el lector. Debes ser honesto. Es un viaje interior personal duro. Tienes que tener la capacidad de separarlo de las emociones superficiales. El escritor de novela negra no busca el llanto o el asco, pretende ir al fondo de las cosas.

¿Por qué se decanta por la novela negra?  ¿Qué le seduce de este género?

Me seduce el juego de contradicciones. Esa idea de que el ser humano no es  unidimensional. No existe la bondad ni la maldad absoluta.  Y la novela negra te permite entrar a eso sin miedo. Por otro lado,  también me gusta porque es el género que está más pegado a la realidad. El que puede diseccionar la sociedad. Que se acerca a lo que antiguamente era la novela realista, de denuncia y crítica social. Eso lo hace estupendamente la novela negra. Hasta hace unos años era subgénero, estaba dentro del entretenimiento popular, y nadie las tomaba en serio. Los escritores podían decir lo que les daba la gana. Era como la verdad del borracho y por eso, nadie le hacía caso. Ahora es diferente, la literatura negra está cobrando una dimensión literaria importante, porque se cuida el lenguaje, la trama y la estructura. Se está convirtiendo, en mi opinión, en lo que era la novela crítica. Hoy en día ese lugar lo ocupa  la novela negra, y eso me interesa mucho

Su primera obra 
Sus críticos manifiestan que usted conoce el género humano mejor que nadie y aborda los conflictos existenciales de manera nunca antes vista, teniendo en cuenta esto, ¿cuál cree que es su aporte a la novela negra?

Esa dimensión humana. En la novela negra no importa si hay o no mucha violencia. Porque creo que se puede escribir sin que haya un solo crimen. La novela negra que me interesa es la guerra que hay dentro de nosotros. Lo que yo aporto de distinto es no entrar en el juicio de valor, sino buscar de verdad por qué somos como somos. En Francia dicen que soy el escritor del dolor. Me interesa el dolor como herramienta literaria, claro que sí, pero sobre todo como verdad. Puedes dar un tratamiento literario a cualquier cosa y acabar convirtiéndolo en un cliché. A mí lo que me importa de las novelas que escribo es que cuando las cierres no seas el  mismo que cuando las abriste.  Te voy a contar una historia, te va a entretener, gustar y a atrapar, pero sin darte cuenta vas a terminar haciéndote las preguntas de mis personajes. Siempre tengo muy presente al lector como protagonista.

¿Le demanda mucho esfuerzo mental y emocional crear sus personajes y  en general, el desarrollo del tema?  ¿Cómo queda después de cada cierre de capítulo, por ejemplo?

Vacío. Tengo que volver a rellenarme. Me aparto. Descanso. Hago otras cosas que me gustan como esquiar, leer, escribir otro tipo de registros, como la poesía.

¿Escribe también poesía?

No la publico. Es para mí. Me relaja. Aunque siempre hay un momento que alguna historia vuela y tengo que volver. Entonces, me pongo a escribir.

Confiesa que su mayor ilusión es ser profeta en su tierra
Entre su primera obra, su segunda novela  La tristeza del samurái y la más reciente, Un Millón de gotas ¿hay diferencias sustanciales en cuanto a la creación de personajes y el desarrollo de la obra? ¿Qué ha querido conservar o respetar de esa forma de contar de su ópera prima en las demás?

Con Un millón de gotas estoy contento porque como escritor he experimentado una evolución que necesitaba. Yo creo que un escritor siempre debe evolucionar,  nunca debe quedarse en un sitio donde se sienta confortable. Si  eso te está pasando, sal de ahí, porque te estás aburguesando. Si te acomodas vas a acabar perdiendo fuerza. Lo que me gusta de Un millón de gotas a diferencia de otras novelas que he escrito es que tiene mucha esperanza. Yo siempre había escrito sobre el dolor y sus diversas formas. Sin embargo, en esta última, una constante son las emociones positivas, y he descubierto el amor en todas sus dimensiones.  Un millón de gotas es una gran historia de odio, sí, pero también de amor.

Sobre un Millón de gotas,  ¿qué hechos tan trascendentales pueden ocurrirle a un hombre para que descubra  de pronto que en él habitan otros más, y muy distintos?

En el caso de Gonzalo Gil, que es un abogado de medio pelo, pero que vive bien, que está casado con una mujer rica, y es un tío bien puesto, lo que le sucede es una llamada a su casa que le dice que su hermana mayor se ha suicidado. Gonzalo que no ve a su hermana hace 10 años se encuentra con un recuerdo que no calza con el panorama actual de ella. Entonces, decide adentrarse en una realidad que no es la suya, que es de su hermana,  y descubrir el submundo de la delincuencia organizada.
Puede haber un hecho que cambie nuestro destino,  hacer salir lo mejor o peor de uno. Hay sucesos traumáticos como un accidente, la muerte de alguien o un mal encuentro, pero también puede ser algo tan simple como un paisaje o el descubrimiento de un libro. Por ejemplo, El Príncipe de Maquiavelo. Cuánta gente del poder ha tomado una decisión después  de leerlo. Cuando algo se encuentra con alguien en el momento adecuado, ocurren milagros.

Edición italiana
¿Por qué hombres tan buenos como Gonzalo Gil se ven envueltos en situaciones problemáticas y desgraciadas tanto en la realidad como en la ficción? ¿Es que la bondad siempre está a prueba?

Siempre. Muy bien. Esa expresión es muy bonita. La bondad siempre lo está. La maldad no la necesita. Hay muchas manifestaciones cotidianas de ella, y vive dentro de nosotros, porque forma parte de nuestra naturaleza. Es el ying y el yang, del taoísmo. Tenemos que luchar continuamente contra lo que somos y queremos ser; contra lo que nos gustaría hacer y no podemos;  nuestras frustraciones y felicidades; derrotas y victorias. En ese equilibrio vamos pasando los años y la vida, y llegamos al fin. Yo creo profundamente, y me apoyo en Albert Camus, uno de mis escritores de referencia,  en la bondad del hombre. Pero lo malo es que no sabe que es bueno, lo tiene que descubrir.

¿Gonzalo Gil no debió remover el pasado?  ¿Es partidario de destapar secretos de familia e investigar sobre sucesos no resueltos?

Si quieres amar algo de verdad, tienes que conocerlo…

¿A costa nuestra?

A costa de lo que sea. Si tú decides vivir realmente tienes que estar dispuesta a afrontar la verdad. El precio es el dolor, pero vas a obtener la libertad a cambio.

Con la autora de la nota
¿Es el riesgo?

Vas a sufrir conociendo la verdad, pero vas a tener una dimensión diferente. Podrás liberarte y dejar atrás a tus fantasmas. La decisión es tuya.

Un Millón de gotas es una  novela compleja donde se entrecruzan acontecimientos pasados y escenarios remotos, ¿fue complicado reconstruir esta trama para hacerla tan creíble? ¿Demandó mucho trabajo de documentación e investigación?

Una de las características del thriller es que tiene que estar bien documentado y una de las cosas que se le puede exigir a una novela no es la veracidad sino la verosimilitud. No es que haya sido verdad, sino que pudiese haberlo sido. Eso se puede hacer, en primer lugar, a través de una distinción realista de los personajes, luego, en segunda instancia,  mediante un acercamiento lo más exacto posible de las circunstancias históricas para tener un contexto creíble.
Puedo tardar en investigar y documentarme un año o año y medio, y luego el proceso de escribirla es de  tres o cuatro meses.

¿A qué hace alusión Un Millón de gotas?

Te lo va decir Laura, una de las protagonistas, es policía. Cuando ella está luchando contra la mafia rusa, y nadie le hace caso, su jefe le dice: “No te metas más,  que solo eres un gota en un océano”. A lo que ella contesta: “Qué es un océano, sino un millón de gotas”

¿Cuáles son sus aspiraciones con esta obra?

Que el público mayoritario me conozca, que por fin pueda ser profeta en mi tierra. Esa es mi gran ilusión. A partir de ahí, que Dios reparta suerte.
Si desean saber más de la autor o
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jueves, 1 de mayo de 2014

Rosetta Forner: “Mentirse a uno mismo, sienta fatal”

Muy a su estilo de llamar a las cosas por su nombre y yendo contra la corriente, la escritora Rosetta Forner vuelve con un libro dirigido a mujeres que quieren conquistar a su pareja ideal, o mejor dicho, a quien piensan que lo es, sin embargo, la autora aclara que como en todo en la vida muchas veces las personas no son lo que parecen, por tanto, no hay que frustrarse y seguir intentándolo. “Hay que divertirse en la vida y tomarse los retos con buen humor”, asegura sonriendo.
La también coach y conferencista se halla promocionando su obra Piensa como un hombre siente como una mujer.

Es de las pocas profesionales en su área que pone en práctica lo que predica, y que se atreve a mostrar a sus lectores su particular filosofía, según parece hay que demostrar con pruebas que es no es tan difícil cambiar, ¿es válido?

Así es, Elga. Hay que mostrar y demostrar que cambiar es posible. La tónica en la sociedad es ‘ir contracorriente es muy difícil, ergo es mejor ir con la corriente’. Hay quien se me acerca en la feria del libro para preguntarme si no me parece cansado ir contracorriente. Me sonrío antes de responder. ¿Por qué? Porque en verdad no me preguntan a mí, porque de preguntarme no pondrían la respuesta en mi boca. Si pensase que es cansado, obviamente, no lo haría. Aunque yo no pienso que sea yo la que va contracorriente, sino la sociedad. Lo normal, lo suyo, es ir a favor de uno, ir con las cosas (ideas, creencias, valores, principios…) que son consustanciales a uno y que le ayudan a ser feliz en la vida. La congruencia es la base (imprescindible e innegociable) para poder dedicarme a lo que me dedico, aunque admito que soy de las pocas que ‘camina lo que habla’. La congruencia es solo para los valientes (al parecer), y los auténticos. Por eso soy hada madrina por vocación, mientras que muchos y muchas son ‘coaches’ por interés u oportunismo (es lo que está de moda, hasta que estalle la burbuja).

Auténtica por los cuatro costados
Usted no tiene miedo de mostrarse tal cual es y se lanza de lleno al mundo para divulgar su verdad, ¿cuáles son los inconvenientes de ser auténtica y original?

¿Inconvenientes? Muchos pero están afuera de mí, no en mi interior. Por eso le digo a la gente que hay que escoger entre al auto-ostracismo o ‘traición de la integridad’ o el ostracismo de los demás (fácil de pasar del mismo). Sí, soy menos popular, vendo menos que autores que le ‘hacen la pelota a la gente en general y a la mujer en particular’. Pero hacer la pelota no nació conmigo. Tampoco fomento ‘la cuchipanda’ o ‘un ghetto’ (formas de ‘club del redil’) donde apuntarse y decir aquello de ‘yo también hago la dieta…’ o ‘soy una lectora ‘guerrera’ de los libros romántico-eróticos…de tal’. Soy consciente de que no proporcionales un ‘cdr’ (un club o pautas a seguir) a la gente conlleva ser ‘menos comercial’. Empero, yo considero que no hay mejor club al que pertenecer que uno mismo, tener ideas propias y compartirlas con gente de mente abierta y alma valiente, que han optado por ser felices, y la felicidad solo puede darse si hay autenticidad, si somos auténticos somos felices. Cuando nos mentimos, no somos felices y viceversa. Mentirse a uno mismo, sienta fatal.

A muchos les gusta intentar una y otra vez los caminos más críticos y que no valen la pena, y estos abarcan incluso el amor, ¿nos gusta sufrir por gusto?

No sé si es por gusto, pero si por disgusto. Cuánto menos se ama una persona a sí misma, más se tortura y se auto infringe daño. La gente, en general, ha olvidado que ser feliz es fácil y lo consustancial a nuestra naturaleza. Claro que ser feliz, pasa por ser valiente, atrevido, rebelde… La rebeldía es fundamental para poder tener una vida sana, para podernos dar la oportunidad de ser nosotros mismos y animar a los otros a ser ellos mismos, y relacionarnos en la autenticidad.  Solo la falta de autoestima y autovaloración producen autorelaciones conflictivas con uno mismo. ¿La fórmula? Dejar de perseguir la zanahoria de aprobación del Club del Redil, pasar de ser cómo nos dicen que hay que ser, y atrevernos a ser libres para amar la vida a nuestra manera. Si la gente se atreviese a ser más auténtica, la vida nos la haríamos más fácil a nosotros mismos y entre nosotros.

Ha sido objeto de crítica y mala leche por parte de la gente de a pie y de profesionales de los

Sus libros siempre dan que hablar
medios de comunicación, ¿se ha sentido mal por ello alguna vez? ¿De qué manera encaja los comentarios que le son adversos?

Pues no sabía de esto, me acabo de enterar, de verdad. Así que no puedo responderte porque no sé qué se ha dicho de mí por parte de los medios de comunicación. La gente de a pie ha podido dejar comentarios como que ‘soy una estrecha’ o una pija a la que publica Planeta… Está claro que hay gente necia… Y como decía un profesor mío: “A rebuznos emitidos por laringes inconscientes, trompetillas de Eustaquio en estado letárgico”. O, aquello de ‘Ladran, luego cabalgamos, Sancho”, que dicen que dijo Quijote (o que le hizo decir el genial Cervantes).

Si no nos enseñaron a amarnos desde pequeños, ¿cómo empezar cuando somos mayores? ¿Cuál es el primer paso?

Tomar la decisión de hacerlo. Luego hacernos con un plan de autoamor: el cual requerirá de un ‘mentor’ o ‘mentora’, no necesariamente físico, para unos es Dios, el Universo, un amigo, un amor… un libro.  Para otros el ‘hada madrina’, un terapeuta, una misión de ayuda a otros. El plan debe pasar por averiguar las creencias que nos han hecho creer acerca de nosotros mismos, y obviamente, deshacerse de las que nos aprietan y/o asfixian el alma. Además, hacer una lista de las conductas propias y ajenas (las de los demás para con nosotros mismos), que nos fastidian (o nos enferman el alma) y que no deberíamos consentir nunca más. Y una lista de conductas sustitutivas. Y, claro está, manos a la obra, y ensayo-error-ensayo-error-ensayo… ¡Éxito!

¿Por qué a la gente le choca cuando le dicen que primero debe comenzar por amarse a sí misma antes que a los demás?  

Falta de costumbre y llevar incrustada la creencia contradictoria o ‘excluyente’ del ‘ámate a ti mismo…” El amor a uno mismo ha sido envuelto con un papel envenenado: nos dicen, “si te amas, eres egoísta y nadie te querrá’. Y, como el miedo es el que rige, la gente se repliega porque nadie queremos que no se nos ame. ¡Todos necesitamos amor para vivir!, así que cambiamos ‘miedo’ por ‘hazme caso’. Al final, muchas personas acaban claudicando ante la verdad: si no te amas, no te llega el amor que los demás te puedan dar. Y, si no te amas, no amarás, solo codependerás de otro ser humano.

Es un hada madrina muy especial
E incluso otros aman  a pesar de sí mismos, ¿no?

No, eso no es amor, es codependencia. Es decir relaciones basadas en el miedo, o miedo con un envoltorio de amor, pero miedo al fin y al cabo. El miedo es más habitual que el amor, pero sólo el amor sana el alma, y nutre el corazón.

¿Hasta que punto es cierto aquello de ‘Primero yo, segundo yo, y tercero yo’, a la hora de poner en orden nuestra escala de prioridades?

Primero ser fiel a mí mismo en todo lo que hago, amo, etc. Si te eres fiel, no habrá egoísmo insano sino empatía, compasión para con el prójimo porque amarás al prójimo como te amas a ti: auténticamente, sin miedo, sin cadenas. Sin egoísmo insano. Sin manipulaciones soterradas.

¿Las mujeres están en camino de dejar de ser las principales víctimas del desamor?  ¿Se han visto resultados positivos al respecto?

Los hombres son más víctimas que ellas, solo que de eso no se habla, y por consiguiente no se ve, se ignora esa realidad. Además, los hombres no suelen quejarse, lamentarse como hacen las mujeres. Ellos proceden de otra manera. Ellas usan la victimización o el desamor para llamar la atención, para hacer que se note que están ahí. Las mujeres no son idiotas por naturaleza, quiero decir que no se pegan a un tipo que las maltrata psicológicamente, o les pega, o simplemente les ningunea. No hay mujer idiota bajo el sol. Lo que hay son mujeres que no se han dado permiso para ser  ellas mismas y aceptar las consecuencias de la autenticidad. Una mujer no es menos porque no tenga pareja, cuando comprendan la profundidad de sí mismas, estoy segura de que se acabará el ‘aguantar a un tipo que no las ama como a ellas les gusta que les amen’. Sobre todo porque habrán aprendido cómo les gusta ser amadas. Y, además aceptarán que los hombres no tienen la culpa de su frustración, pues solo uno o una es responsable de lo que le ocurre o de estar en situaciones amorosas donde no se es feliz. Además, muchas mujeres usan a los hombres de cortina de humo, o de excusa: mientras se quejan de lo malo que es su ‘pareja’ desvían la atención de la inmadurez en la que ellas viven. Pues, una mujer madura a nivel psicológico si no la aman como a ella le gusta, se va de la relación sin echar la culpa, sin montar el belén. No se engancha al juego del baile mortal de la codependencia.

Sus libros reflejan su modo particular
de ver y entender la vida
Sin embargo, ¿las de nuestro mismo sexo siguen siendo las principales machistas al momento de dar ejemplo y educar a sus hijos? ¿Qué tipo de condicionamientos complicados son estos  para que no se les haya podido vencer hasta ahora?

Obviamente, el complejo de inferioridad en las mujeres no se resuelve atacando o culpabilizando a los hombres, sino cambiando lo que hay que cambiar en cada una.  Sin embargo, al parecer, nadie ha señalado (que yo sepa, seguramente sí que se ha hecho, eso espero), que no deja de ser una estrategia o táctica de supervivencia, me refiero a: ¿Cómo es que las mujeres no se han puesto a cambiar las cosas si tan claro lo tienen? ¿Por qué usan tanta energía en quejarse en lugar de hacer algo para cambiar? ¿No será que es porque en el fondo lo que quieren es poder seguir acusando y culpabilizando al hombre? Nadie nos hace nada que no consintamos. Ergo, ¿por qué no nos centramos en crear un plan de cambio? La queja disculpa mucho. O sea, que el mayor de los condicionamientos es una misma: ¡nada menos! Por eso, quizá la sociedad sigue siendo como es,  porque se espera que cambie el otro en vez de cambiar uno.

Algunas mujeres siguen justificando los celos que les profesa su compañero. Les gusta que les celen. Es como si no hallaran otra forma de sentir el cariño de su pareja, ¿es algo totalmente insano no le parece?

El otro día en twitter una escribió “mi novio se acuesta con otras para comprobar que yo soy la mejor, la que más ama. Le adoro”. O se había fumado un canuto, o estaba de broma, o la diadema le hacía decir estupideces de ese calibre.  A muchas mujeres les gusta pensar que los ‘celos’ son un síntoma del amor. Cuando en verdad lo son del miedo. Claro que cuando una mujer se valora poco a sí misma, o tiene complejo de inferioridad, se miente a sí misma, y confunde posesión con amor. Además de dejar en manos de los demás, o de su pareja, la responsabilidad de sí misma, y del gestionar su vida, sus relaciones, etc. Por eso, cuando uno no lleva las riendas de su vida, no se entera de lo que en ella sucede. Al igual que no se nota si las ruedas y neumáticos están bien sino se conduce el coche.

Disponiéndolo todo para su firma
de libros en la Feria de Valencia 
En mi tierra se habla de amor serrano con esta frase: “Más te pego, más te quiero”, el amor llevado a la violencia, ¿qué opinión le merece?

Detestable. Lo encuentro antinatural y antihumano. Eso no es amor, es miedo y del ‘lado oscuro’. Ya he comentado que las mujeres harían bien en tomar la decisión de desligarse de la codependencia del macho, y asumir que tienen identidad propia. Claro que la responsabilidad sobre la vida propia asusta (la energía dominante en la Tierra es el miedo no el amor), y se prefiere tener la excusa y poder echarle las culpas a otros. Será porque no se dan cuenta del precio que pagan: la integridad, el pasar por la vida sin vivir su vida. O sea, ser ‘zombis psicólogicos’ o cuerpos que respiran pero no viven.

Pero los hombres también soportan relaciones amorosas con mujeres problemáticas o que son puro drama. ¿Lo hacen por las mismas razones que las mujeres? 

Parecidas. Ellos se creen culpables, y malos, y por ello han de expiar la culpa del ser malos, o sea, que deben sufrir. Además, han interiorizado que las mujeres son débiles, y ellos deben cuidarlas y protegerlas. Aún no han entendido que no son sus hijas, sino unas iguales adultas y por tanto, responsables de sus vidas. El hombre está muy acomplejado, y perdido. Se escribe mucho sobre las mujeres y para ellas, pero no para liberar a los hombres de su ‘cárcel’, y enseñarles que no existe el ‘techo de cristal emocional’. Ellos, como ellas, son seres espirituales viviendo vidas humanas, el alma no tiene género, por eso el sufrir o el amar no es patrimonio de un género.

Con su libro Piensa como un hombre siente como una mujer da una serie de recomendaciones y estrategias para conquistar a la pareja ideal, lo que no significa, según entiendo, que sea responsable si al final el susodicho no satisface las expectativas de la mujer que va tras él, ¿nos equivocamos?

Cada mujer tiene su ideal, y es muy subjetivo el modelo de hombre y el hombre al que cada mujer le adjudica ese modelo. Yo enseño a hacer tipologías y estrategias, pero no estoy con cada mujer para supervisar tanto la elección del hombre, como la estrategia. A veces, la elección del hombre no es la acertada o no está fundamentada. A veces no responde a los principios y valores de la mujer, sino a su personalidad de supervivencia, dijéramos su ‘mentira’. A veces, el hombre está genial, pero él no es lo que parecía, pues a veces, las cosas y las personas no son lo que parecen. En ese caso, mejor recoger velas y a otra cosa, mariposa. Sin más traumas. Hay que divertirse en la vida y tomarse los retos con buen humor.

Con la autora de la nota 
De los trece tipos de hombres que ofrece en ese catálogo o, mejor dicho, propone en su obra, ¿con cuál se quedaría y por qué?

Con ninguno (risas).  Empero, me gusta el ‘New age’ por lo de espiritual, pero le daría unos toques de PC (solidez, de fiar), unas cuantas gotas de intelectualidad (el Hombre Libro), y un mucho de ‘Family man’ (compromiso), y un bastante de ‘Ferrari’ (por lo de atractivo, e interesante). Lo mío es un ‘hado’. Y eso, no abunda… Pero haberlos, ‘haylos’.

Algunos sostienen que con los hombres no hay que complicarse la vida, pues son básicos y elementales, y que no hay más secreto que decir lo que una realmente necesita o quiere, ¿es eso cierto?

¡Sí! Eso lo repito hasta la saciedad. Ser una misma, ser auténtica, responsable de su sentir, de su vida. Decir lo que se piensa, poner los límites, expresar las necesidades. Y no culpabilizar, es mano de santo o de santa.

¿Qué nos dice de la gente que vive echándole la culpa de todo a sus padres? ¿Por qué algunos no superan sus traumas de infancia?

Porque no les da la gana, así de claro. Porque prefieren vivir instalados en la queja, pues ello les reporta un ‘beneficio’ (el que sea), y como la sociedad a su alrededor les refrenda, pues siguen instalados en ello. Y, sobre todo, porque no se han parado a pensar en el precio que pagan mientras sigan empeñados en echarle la culpa a sus padres de  su infelicidad.

Orgullosa mostrando su obra 
¿Las relaciones por Internet son recomendables? ¿Qué nos sugiere si ya estamos  metidas en un amor de este tipo?

Ni lo son ni lo dejan de ser. Ahora bien, mejor hablar con esa persona por Skype, hacerle preguntas, y asegurarse con el DNI o con algún dato de quién es. Y de verse, mejor quedar en un sitio público, y dejar datos a alguien de confianza. Parece muy de ‘ciencia ficción’ lo que digo, pero un psicópata (hombre o mujer) es alguien con apariencia inofensiva y no lo lleva tatuado en la frente. Mejor dedicar mucho tiempo a charlar por Skype tratando de averiguar cosas sobre esa persona, hacerle preguntas y fijarse en sí hay contradicciones o algo que no cuadre, antes de verse personalmente. ¡Ah! Y no hacerse cuentos o fantasear con que ‘él es el amor de mi vida’. A veces, él sin ser un hombre malo, es simplemente un aprovechado de la baja autoestima femenina de alguna mujer. Y, claro, le pasará un papel de lija por el corazón.

¿Los años  pesan mucho a la hora de buscar relaciones duraderas? ¿El amor entre parejas de diferente edad tiene fecha de caducidad?  Y ¿son las mujeres las que llevan todas las de perder cuando él es menor?

No, necesariamente. La madurez no está relacionada con la edad, sino con el alma. Así que si la relación es a nivel de alma, triunfará. Pero si está basada en el ‘hambre emocional’, no durará o irá a trompicones, y será conflictiva.

Las canciones de amor siempre hablan de relaciones conflictivas, donde solo ama él o ella, de abandono, etc., ¿es que el amor bonito no es posible?
Claro que lo es, pero no vende. Vende más el desamor, el dolor, la victimización… porque empatiza con el estilo de vida y la actitud de la mayoría. La gente escoge aquello que se le parece, que le es familiar y que le refrenda su conducta disfuncional. A la mayoría no le interesa cambiar a mejor sino que le justifiquen su ‘hambre emocional’, la mala gestión de su vida. A mí me parece horrorosa la letra de esa canción que dice Sin ti no soy nada… ¡Caramba!, yo sin ti soy yo, pero sin mí, es cuando de verdad no soy nada. Por eso, yo acuñé las frases: ‘No te quites la corona ni para dormir’. Y, ‘Eres lo mejor que te ha pasado’.

¿Cómo hacemos para amar y que nos correspondan?

Amarnos a nosotros mismos. Si te amas, ya tienes quien te corresponda: tú. Y, desde ahí podrás apreciar y reconocer, o al revés, a los que te amen. Y valorar su amor.


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