Si desean saber sobre mi faceta de escritora, por favor, ingresen a https://elgareategui.com/ Asimismo pueden hallar información sobre mi actividad como periodista literaria y promotora cultural en La ardilla literaria ( https://laardillaliteraria.com/)

lunes, 23 de junio de 2014

Juan Ramón Barat: “La literatura hispanoamericana es un árbol que está dando frutos continuamente"

Me dijeron con justa razón que entrevistar al escritor Juan Ramón Barat no tenía pierde, y que iba a aprender… y  claro que lo hice, y mucho. Hemos charlado de todo un poco, y con esa sencillez y honestidad que lo caracteriza, como dicen en mi tierra, se ha despachado a gusto dando sus puntos de vista sobre temas tan disímiles como el futuro de la poesía, su complicado rol de docente, dónde radica la belleza y hasta la seducción de la cocina.
Les invito a conocerlo, y si ya le conocen, pues aprendamos juntos un poquito más de este magnífico autor que acaba de alzarse con el premio Hache 2014 por su novela  Deja en paz a los muertos.

¿De dónde viene su predisposición a la escritura? ¿Estuvo con usted siempre o se dieron las condiciones para que fuese así?

Desde niño aprendió a amar la naturaleza
en estado puro 
Fue mi madre la que, sin ella saberlo, sembró para siempre en mi alma el amor por la literatura. Nunca olvidaré aquellas tardes junto al brasero, detrás de la puerta con cristales, mientras caía la lluvia sobre la plaza donde creció mi infancia. Vivíamos en una casa campesina y pobre de un pueblo de la huerta. Nos envolvía un olor de naranjas y de hierba recién cortada, de paja seca y estiércol de vacas. Mi madre cosía y yo escuchaba embelesado aquella tierna voz suya que me narraba lejanísimas e inolvidables historias de hadas, duendes, brujas y príncipes encantados que jamás han dejado de circular por mi corazón.
Mi madre, además, fue mi primera maestra. En el pueblo campesino donde vivíamos no había escuela de párvulos. Mi madre se ofreció para recoger a todos los niños de tres, cuatro, cinco años, a quienes enseñaba catecismo, canciones, juegos, narraciones…
Luego fui a la escuela unitaria del pueblo con un maestro nacional. Allí nos juntábamos niños de seis a diez años. Me encantaba el olor de los pupitres, la tiza, la pizarra, los estuches, los lápices… Pero sobre todos esos olores, destacaba el de los libros. Para mí, los libros tenían un olor fascinante. Y también me apasionaban las ilustraciones, los colores, los dibujos…
Yo creo que mi amor a los libros comenzó a gestarse con la lectura de tebeos y el ambiente de aquella escuela unitaria de la infancia rural. Más tarde, empecé a escribir versos en mi adolescencia, para ligar con las chavalas del instituto, pero con los años descubrí que las palabras me servían también para expresar todo lo que sentía, pensaba o deseaba.

¿Qué tanto aporta la vida rural al alma sensible de un escritor? ¿Cuán diferente sería su trabajo literario si no hubiese nacido y crecido rodeado por la naturaleza?

Yo nací en una aldea de la huerta valenciana. Vivía entre labriegos, aperos de labranza, vacas, olores de establo… Desde que tengo uso de razón, iba a la huerta con mis padres, a trabajar. Cultivábamos patatas, cebollas, todo tipo de hortalizas, y aquel ambiente iba moldeando mi alma. Gente pobre, años de miseria. Frío y lluvia en invierno. Verdor intenso en primavera. Veranos interminables. Sin darme cuenta, crecí enamorado de aquella vida campesina. Aprendí a amar la naturaleza en estado puro, a ver germinar las semillas, crecer las plantas, florecer los frutos. Aprendí a amar el ciclo de las estaciones en los árboles, las flores, la vegetación y los animales. Creo que en ese sentido, me parezco un poco a Miguel Hernández. Sin toda esa formación, yo no sería el  mismo, seguro.

Una de sus importantes obras
poéticas
¿Se puede decir que es más poeta que narrador? ¿En qué momento es más uno que lo otro?

Yo empecé con la poesía. Me gustaban los poemas de Juan Ramón Jiménez, Machado, Bécquer… que leía en los libros de texto. Luego llegaron Hernández, García Lorca y Neruda. Luego, otros. En mi adolescencia conocí los poemas de estos poetas, cantados por Serrat, por Víctor Jara, por Jarcha, por Alberto Cortez… y me enamoré perdidamente de la poesía. Reconozco que el poeta que me deslumbró definitivamente fue Miguel Hernández y yo tenía unos 20 años. Aquello fue un latigazo eléctrico. “De sangre en sangre vengo / como el mar de ola en ola, / de color de amapola el alma tengo / y llego de amapola en amapola / a dar en la cornada de mi sino”.
Empecé a publicar en la Universidad, unos versos. Luego, mi primer libro con 28 años. Y después, silencio hasta los 40 años, en que empecé a ganar premios de poesía: Torrevieja, Ateneo Jovellanos, Leonor de Soria, etc. Eran años buenos, años de frenesí poético; todo lo que tocaba lo convertía en materia lírica. Después me pasé al teatro y a la novela, porque también eran géneros que me habían atraído desde siempre. Fue difícil dar el paso, ya que cada género tiene sus reglas y su estética. Pero con trabajo e ilusión todo se consigue. Ahora mismo no sé qué soy: poeta, dramaturgo o narrador. Todo me gusta.

¿Cuándo sabe que es el momento de darle protagonismo a la poesía o a la narración? ¿A través de qué ideas o emociones se guía?

Es difícil decidir el formato a priori. Normalmente, trabajo con cierta disciplina. Tengo un archivo enorme en el que guardo carpetas con ideas: ideas para desarrollar en novelas, en teatro, en verso… Cuando decido empezar un proyecto, elijo el formato (verso, teatro, prosa) y me marco plazos de trabajo. Luego, voy como una máquina. Creo que el escritor debe ser disciplinado y serio en su trabajo. Todos los días, de cara al papel en blanco. Como un oficinista. Si decido escribir una novela, por ejemplo, me digo que tengo que escribir un número determinado de páginas por día. Pongamos, tres páginas. Así que al cabo del mes he de tener escritas 90 páginas. Al cabo de dos meses, 180 páginas. Luego habrá que corregir, por supuesto. Y en la corrección me tiro dos meses más. Si decido escribir un libro de poesía, hago más o menos lo mismo. Me planteo escribir todos los días un par de poemas. Al cabo del mes, debo haber reunido 60 poemas. Por descontado, hay que revisar y trabajar esos poemas.
La gente suele creer que el escritor debe escribir sólo cuando está inspirado. Craso error. El escritor debe escribir a todas horas. Es su trabajo. Lo que sucede es que hay días que está más inspirado que otros. Pero eso se subsana con técnica, oficio, esfuerzo y, sobre todo, ganas de hacer las cosas bien.
Las ideas y emociones surgen solas, a medida que uno va escribiendo. Dicho de otro modo, cuando uno se pone a escribir, tira mano de lo que hay en su cabeza, en su alma, en su interior. Tira mano de sus emociones, de sus tristezas y alegrías, de sus fobias y sus esperanzas. Ese mundo interior sale antes o después. Sólo hay que empezar a tirar del hilo.


Sus libros forman una crónica de sus existencia,
asegura
¿Cómo ha sido su evolución literaria? ¿Qué queda del escritor de sus primeros libros?

Por fortuna, empecé a escribir a los 40 años. Ya he dicho que publiqué algo en la Universidad, unos versos, y un primer libro de poesía con 28 años, del que no queda casi constancia. Pero mi obra real comienza ya en la madurez, así que no me arrepiento de nada. Antes de empezar a publicar en serio, había escrito y tirado a la basura kilos y kilos de poemas y de narraciones. Lo único que queda de aquel joven soñador de mi adolescencia es el espíritu, la mirada inocente, la ilusión, la misma perplejidad para contemplar el mundo.

Hay algunos escritores que no les gusta leer sus libros después de publicados, ¿usted vuelve a ellos en algún momento?

A mí me encanta releer mis libros. Es como releer mi propia historia. Cada libro encierra un tiempo de mi vida, inolvidable. Así que cuando releo uno de mis libros, vuelvo a la época en la que experimenté esas sensaciones. Es maravilloso. De alguna manera, los libros forman como una crónica de mi existencia. En ellos quedan reflejados todos mis sentimientos, lo que fui, lo que quise ser, lo que soñé, lo que perdí para siempre.

¿Cómo avizora el futuro de la poesía?  ¿Seguirá gustando solo a unos pocos?

Siempre han sido malos tiempos para la lírica. En la época de Horacio, en la de Garcilaso, en la de Bécquer, en la de Machado… La gente que lee poesía es muy poca, pero forma una cadena que jamás se perderá. La poesía es la primera manifestación artística del ser humano. Es tan primitiva como el respirar. Con la poesía, nuestros antepasados más primarios cantaban, celebraban, rezaban, se emocionaban… Hoy en día, cuando sucede algo importante (un atentado, una muerte, una despedida, un reencuentro, una onomástica…) los seres humanos recurren a los versos.
Bécquer decía que la poesía es “espíritu sin nombre, / indefinible esencia”. Es decir, jurisdicción del alma. Misterio puro. Tal vez esa vibración interior que todo hombre experimenta cuando se sabe solo frente a la belleza. O frente a sí mismo.
Pero, seguramente, hay más. Antonio Machado nos trataba de convencer de que la poesía es “palabra en el tiempo”. Palabra que perdura en la conciencia viva de los hombres, que atraviesa la tupida red de la memoria colectiva y permanece.
Lo que parece claro es que la creación poética es una actividad inherente al ser humano, pues está presente en cualquier cultura y civilización. Tal vez, precisamente, porque es indefinible y misteriosa, y parece poseer los secretos resortes de la magia, la palabra poética tiene talante de oración, de sortilegio o de conjuro. De alguna forma penetra en el territorio de lo inmaterial, de lo sagrado y queda emparentada con la eternidad.
No. Definitivamente, la poesía jamás morirá.

Le encanta releer sus libros 
¿Hay algún componente literario en el trabajo de campo y la práctica del fútbol? ¿Puede haber belleza, arte y poesía en nuestras labores cotidianas o aficiones?

Por supuesto que puede haber belleza y arte en todo lo que nos rodea. En la huerta, en el deporte, en un coche, en un perro… La belleza y el arte están en todas partes. Yo lo tengo clarísimo. He escrito poemas a un melón, a una cebolla, a una gallina, a un balón, etc. ¿Por qué no? ¿Cuál es el límite que separa lo bello de lo no bello? Tengamos en cuenta que estamos hablando de abstracciones. Lo que para uno es belleza tal vez no lo sea para otro. A mí me gusta la música de Mozart. Otro puede odiarla. Alguien dice que le encanta contemplar un campo de amapolas. A otro le puede emocionar ver un campo de patatas. ¿Qué diferencia hay entre Mozart y Bruce Springsteen? ¿Qué diferencia hay entre un campo de amapolas y un campo de patatas? ¿Por qué es poética una luciérnaga y no una lombriz? Todo es subjetivo. Además, lo artístico y bello en una época puede no serlo en otra. Ya sabemos que los patrones cambian. En la moda, en el cine, en la música, en pintura, en gastronomía…
Dicho lo cual, a mí me parece que es tan bella una rosa como una alcachofa. Y tan emocionante y artístico (o tan aburrido) puede ser El lago de los cisnes como un partido de fútbol.

¿Cómo afronta sus labores de docente? ¿Es cierto que la gente joven hoy en día es renuente a aprender, a dejarse guiar?  ¿Cuánta sensibilidad para el arte o literatura detecta en ellos?

Mis labores como docente las afronto como puedo. O sea, no muy bien. Es cierto que comencé a ejercer la docencia por vocación. Siempre me ha gustado enseñar literatura y gramática. Y ha habido años buenos. Generaciones de jóvenes estupendos, con ganas de aprender. Pero los años cambian. Y nosotros, también. A medida que pasan los años, percibo un deterioro progresivo en la educación, en los modales, en los comportamientos de los jóvenes. La educación en España está tocando fondo. Ya no se puede caer más bajo. En las aulas españolas hay cientos de alumnos analfabetos funcionales. Niños de 14 y 15 años que leen silabeando, tropezando con las letras y las comas, que no entienden lo que leen. Que no saben sumar y restar. Y hay muchos chicos así. ¿Qué está pasando? Miremos el informe PISA. Somos los últimos.
Además, por si fuera poco, cada vez hay menos modales. Muchos chicos no tienen nociones de civismo. No respetan nada. No valoran nada. Algunos son violentos. No hay interés real por el conocimiento, por el saber, por adquirir cultura. La sabiduría es una milonga. Los medios de comunicación, la sociedad, el entorno, no paran de dar el mismo mensaje: no hace falta esfuerzo ni estudio para labrarse un porvenir: la cultura no sirve para nada.
La mayoría de los jóvenes estudiantes no leen un libro aunque los amenacen con la horca. Así las cosas, ¿cómo puede uno tener ilusión por la enseñanza?
En clave de humor, digo a menudo que muchos jóvenes de hoy pueden aplicarse la famosa frase que decía: “La sabiduría me persigue, pero yo corro más que ella”.

Ve arte y belleza en muchos aspectos de la vida
Usted que es amante de los escritores clásicos greco-latinos y españoles, y retorna a ellos una y otra vez, ¿cómo ve la literatura actual hispanoamericana?  ¿Hay escritores nuevos que perdurarán  o son muchos los que pasaran al olvido?

Creo que los clásicos son fundamentales y hay que regresar a ellos permanentemente. No se puede ser escritor sin haber leído a Cervantes, a Shakespeare, a Virgilio, a Garcilaso, a Unamuno, a Tolstoi… La literatura hispanoamericana está llena de nombres inolvidables. Citar algunos sería menospreciar a otros. Pero, a pesar de eso, hay autores ya clásicos: García Márquez, Rulfo, Carpentier, Rubén Darío, Neruda, Borges… Hay cientos de escritores nuevos, buenísimos, que se convertirán en clásicos, sin duda. La literatura hispanoamericana es un árbol que está dando frutos continuamente, frutos muy jugosos. Hoy en día, como siempre. Y permítanme que no diga nombres actuales porque son muchos y muy buenos, y no me gusta dejar a nadie en el tintero.

¿Qué opina de los best sellers y los escritores mediáticos? ¿Hay calidad o simplemente son producto del momento?

Los best sellers y los escritores mediáticos son producto del momento. Estoy convencido de que si José Mourinho publicara un libro de sonetos se hincharía a vender ejemplares. Es evidente. Las editoriales, en líneas generales, sólo van a ganar pasta. Y cada vez les interesa menos la buena literatura. Siento ser duro, pero es así. Es un poco vergonzoso que el libro de Belén Esteban sea uno de los más vendidos. Para empezar, estoy seguro de que no lo ha escrito ella. Y, además, no creo que esa señora tenga nada interesante que contar. Ni siquiera sabe expresarse. ¿Es lo que pide el pueblo? ¿Las editoriales le dan al pueblo lo que el pueblo reclama? Pues démosle carnaza, para que muerda. No estoy de acuerdo en absoluto. El pueblo lee y valora lo que le dan. Pero igual que le dan lo de Belén Esteban le podía dar algo con mayor calidad. Hay cientos de escritores buenísimos y desconocidos, llamando a las puertas de las editoriales, y recibiendo portazos en las narices, sonrisas despectivas y frases como “Vuelva usted mañana”.
También digo que hay best sellers que están bien escritos y que son literatura agradable de leer. ¿Se puede, pues, combinar calidad y cantidad? Creo que sí. La literatura también puede servir para pasar un buen rato, pero hay que saber hacerlo. Y los buenos escritores existen. Hay libros que leen millones de personas, es decir, best sellers, y que son buenas novelas. Por ejemplo, Los pilares de la tierra.

El autor sostiene que el escritor debe escribir
a todas horas
En medio de esta avalancha de escritores y libros que tienen bien montada su campaña de publicidad, ¿qué oportunidades de dar a conocer su trabajo observa en el escritor que se ha autopublicado o pertenece a una editorial pequeña, y carece o tiene muy pocas herramientas de promoción o difusión?

Vivimos tiempos malos para la literatura. Las pequeñas y medianas editoriales están siendo absorbidas por los grandes grupos. Ahora mismo, todo está en manos de dos monstruos: Planeta y Randolph House Mondadori. Ahí dentro están Alfaguara, Anagrama, Tusquets, etc. Imagínese el lector en qué oligopolio nos estamos metiendo. Estos dos monstruos editoriales van a hacer lo que les dé la gana. Ocupan las librerías, las grandes superficies, los Carrefour, las FNAC, el Corte Inglés, las Ferias del Libro, etc. ¿Lo van entendiendo?
¿Qué les va a quedar a las pequeñas editoriales o a los libros autopublicados? Prácticamente nada. Migajas del pastel. Hambre y miseria. Hay libros estupendos que jamás estarán en los expositores de la Casa del Libro o del Corte Inglés. En cambio, hay bazofias, a montones, en pilas interminables, de autores y novelas mediocres y mal escritas, con el sello de Planeta, ocupando estanterías enteras…
Esto lo vemos, por ejemplo, en los premios. ¿Qué ingenuo se cree que los premios Planeta, Nadal, Herralde, Primavera, Loewe… son justos y legales? No se lo cree ni el que asó la manteca. Está todo podrido. Y el pueblo tragando…

En su caso, ¿cómo distribuye su tiempo para participar en talleres, tertulias, conferencias, presentaciones, cursos, congresos, recitales, lecturas, etc.? ¿Estas actividades forman parte de su trabajo literario como tal, o lo hace porque le place? ¿Qué pensamientos o emociones despiertan en usted cuando aprecia alguna puesta en escena de sus obras? 

El tiempo es oro. Esta frase es una de mis favoritas. Trato de aprovechar al máximo mi tiempo. Me levanto pronto, madrugo, me pongo a escribir. Durante el día no pierdo tiempo en nada. La tele la veo lo mínimo, las noticias mientras como o ceno. El resto del tiempo, leer o escribir, estar con la familia… Compaginar talleres, tertulias, charlas en centros escolares y acto de creación es llevadero, lo hago con mucho gusto. Voy allá donde me llaman. Suelo ir a muchos institutos y colegios, donde leen mis libros, pero eso me carga las pilas. Ver cientos de niños y jóvenes que admiran lo que haces y valoran tus historias es maravilloso.
Cuando veo que alguien pone en escena una obra teatral mía me siento como en una nube. Muy feliz. Sobre todo, cuando son los niños. Eso me anima a seguir trabajando, con más ilusión.

Trata de aprovechar su tiempo al máximo. 
¿La música es una buena acompañante a la hora de escribir? A usted que le gusta la de tipo clásico, ¿quizá le ayuda a tomar contacto sus ideas y  emociones?

Me gusta la música clásica, sí. Mucho. Entre mis favoritos están Mozart, Bach y Puccini. También me gustan el jazz, las bandas sonoras de cine, la música suave y melódica ambiental… Cualquier música no estridente me suele servir para relajarme y ambientarme. Lo que sucede es que a mi mujer le molesta trabajar con música, así que tengo que moderarme. De todos modos, cuando estoy componiendo algo (novela, poesía…) prefiero el silencio. Sólo en el silencio se oye uno a sí mismo.

Otra de sus aficiones es la cocina, ¿quién le enseñó a cocinar y cuáles son sus especialidades?  ¿La cocina es magia o poesía?

La cocina es una de mis aficiones, sí. Me encanta experimentar. He aprendido de mucha gente. Mi madre, mi abuela, mi hermana, mi mujer, mi suegra… No me importa inventar sobre la marcha. Creo que en general los hombres somos muy poco imaginativos. Comemos siempre lo mismo.
Para mí, la cocina es un mundo de sorpresas, algo así como un bosque donde puede pasar cualquier cosa. No tengo problemas en combinar los alimentos más diversos. Por ejemplo, me encantan las ensaladas con frutas, membrillo, atún, nueces, lechuga, tomates, huevos, salmón, queso, mermelada… Todo junto… Está genial.
Como he viajado bastante, me he dado cuenta de que todos tenemos prejuicios. Por ejemplo, en Valencia solo se comen la naranja cruda en el postre. Pues ya la pongo en la ensalada, la combino con la cebolla, la hago con cerdo, con pollo, con conejo, con salmón… El dulce y el salado no son sabores contrarios, sino complementarios. Si nos gusta el melón con jamón o el pato a la  naranja, ¿por qué no nos puede gustar la berenjena con chocolate, o el pollo con manzana, o el arroz con ciruelas? Yo aseguro desde aquí que todo eso está estupendo… No hay más que probar.
Y visto así, es evidente que la cocina es lo mismo que la poesía. Todo vale. Todo es posible. Hay que experimentar. Hay que usar la imaginación. Un buen cocinero no ha de tener prejuicios. Ha de ser creativo. Como un buen poeta.

Manifiesta que en la poesía
todo es posible 
Usted es un escritor que ha sido galardonado un sinnúmero de veces, ¿cómo asume estas distinciones?  ¿Cuál es el mensaje de un premio?

Los premios literarios, cuando son justos y legales, son un estímulo para el escritor. Es mi caso. Puedo jurar solemnemente que todos mis premios son limpios. Lo digo porque estamos en un país de ‘chorizos’ (ladrones)  y también en los premios hay a veces mucha corrupción, aunque esto se da normalmente en los premios gordos (Planeta, Nadal, Loewe…). Los premios de segunda fila suelen ser limpios. Como decía, ganar un premio al que se presentan muchas personas de diferentes países supone un aliciente impresionante. Te sientes feliz. Sabes que estás en el buen camino. Sabes que lo que escribes está bien. Te carga las pilas. Crees en tu trabajo. Pienso que estos premios son fundamentales. Además, vienen bien para descubrir a muchos escritores buenos que de otra manera no sabrían cómo publicar sus obras. Muchos escritores –es mi caso- hemos empezado a publicar gracias a premios.

Acaba de conseguir el Premio Hache 2014 por su novela Deja en paz a los muertos, y tenemos entendido que el premio ha sido otorgado por mil 700 jóvenes lectores, cuyas edades oscilan entre los 12 y los 14 años, esto nos señala cuánta sintonía existe entre los jóvenes y usted, ¿a qué atribuye este éxito?  ¿Le sorprendió este reconocimiento?

Un éxito como el Premio Hache siempre es motivo de regocijo. Claro que sorprende un premio así. Son los propios lectores los que dicen: “Tu libro es el mejor”. Ahí sí que no hay ninguna trampa. Es lo más limpio del mundo. He ganado con el 63 por ciento de los votos. Ahí es nada. Me siento como un niño con zapatitos nuevos. Ahora mismo tengo energía para escribir dos años sin parar…

¿Ser poeta  es una misión o un destino?

Es la pregunta más difícil y más hermosa que me han hecho jamás. Tengo que pensarlo. Creo que ser poeta es un destino. Uno nace con una predisposición: para la música, para la pintura, para criar abejas, para hacer zapatos, para arreglar tuberías… Cada uno debe averiguar cuáles son sus aptitudes. Creo que ser poeta es un destino muy hermoso. Lo creo porque la palabra escrita permanece y el poeta deja constancia de lo que realmente interesa al ser humano: el mundo de los sueños, de las emociones, de los pensamientos. Lo que transmitimos de padres a hijos. De generación en generación.
Bardos, aedos, rapsodas, juglares, trovadores, cantautores. Los poetas suelen caminar extraviados en este mundo frívolo y mezquino donde todo es verdad y todo es mentira, bordean el bullicio y la barbarie, y el norte que persiguen es siempre la luz. Escriben versos para evitar la soledad, para burlar todos los días la locura de vivir en el vacío de la historia y perpetuar el pensamiento y la emoción más allá de su efímera existencia.
Seguramente, nada hay más profundo ni más hermoso para el hombre.


Si desean saber más del autor
o de su obra 
pueden pinchar
en: 

viernes, 13 de junio de 2014

Martí Gironell: “A la gente le gusta saber qué pasa cuando no está presente”

Lleva poco tiempo en la literatura y triunfa con sus novelas históricas. Es que el escritor catalán Martí Gironell tiene claro lo que le gusta a la gente, y cómo dárselo, prueba de ello, es que vende como nadie desde que incursionó en la literatura.
Es también periodista, escribe en catalán, sueña con vivir de su obra, y hoy se halla promocionando su novela El primer héroe, una historia donde reivindica al hombre primitivo.

Es un experimentando y exitoso escritor de novela histórica pese a que lleva relativamente poco tiempo en el mundo literario,  ¿cuándo surge en usted el deseo de escribir, y cómo lo lleva a cabo?

Supongo que es porque nací en un pueblo muy pequeño de nombre Besalú, ubicada en la Garrotxa, cerca de Girona,  que rezuma historia por los cuatro costados, por lo que, de una u otra manera,  tenía muchas ganas de contar cómo éramos hace muchos años, dar cuenta de  la gente que nos ha precedido, nuestros antecesores. Pero comencé a escribir por otra pulsación, cuando me hallaba en una colaborando en la ONG Setem (Servicio al Tercer Mundo). Estuve luego, un verano en Bombay con otra organización que trabaja con niños cuyas madres son prostitutas en uno de los lenocinios más grandes de Asia, situado en  Kamatiphura. Fue allí donde empecé a tomar notas en unos diarios personales, y cuando regresé a Barcelona le conté a un amigo editor sobre estas experiencias, y mis ganas de convertirlo en un libro. Lo hice. Me gustó la idea. Y a partir de eso, me decanté completamente por la ficción. Me di cuenta que mis palabras llegaban al lector, que había una conexión con él, y me atreví a dar el salto al género histórico, que motivaba desde hacía tiempo. A continuación empecé a encontrar argumentos, partiendo de personajes de segunda fila, injustamente olvidados, pero que tuvieron importancia y merecían ser reivindicados, y, al mismo tiempo, también rescatar los tiempos en que vivieron, darlos a conocer, y amplificar su significado. Asimismo  he cogido episodios un tanto relegados pero que hablan mucho de nosotros y cómo hemos llegado  hasta aquí.  Así ha seguido mi trayectoria literaria que se inició en 2007 con El puente de los judíos, al que siguieron, La venganza del bandoleroEl arqueólogo, El último abad hasta día de hoy con El primer héroe.

Su primera obra 
¿El periodismo fue una buena preparación para luego hacer el paso más sencillo hacia la literatura? ¿Qué herramientas le dio y de qué manera las aprovechó?

Sí, totalmente. El hecho que desde los 14 años haya empezado a trabajar en el mundo de las comunicaciones, me ayudó mucho en mi labor literaria. Creo que sin esa preparación no hubiese sido posible construir mis novelas y avanzar con la escritura. Las herramientas que da el periodismo sirven para ordenar las ideas, pulir el vocabulario, crear estructuras, incluso mentales, esquematizar, etc., para luego dar rienda suelta a la creatividad que no es posible canalizar a través de  los medios.

¿Los periodistas son generalmente buenos escritores?

Los que conozco y he leído, sí. Hay muchos y son variopintos. Desde Josep Pla a Noah Gordon, pasando por las nuevas generaciones que han compartido conmigo, por ejemplo, en programas de radio que también se han lanzado a la aventura de escribir.

Haber hecho o hacer periodismo allana mucho el camino, ¿no?

Creo que sí, sobre todo en el caso de quienes hacemos novela histórica porque es como hacer periodismo de investigación. Tenemos que ir a las fuentes, documentarnos, cerciorarnos que lo que nos han dicho es cierto, y nadie nos está intentando vender una moto. Por lo tanto, tienes que recurrir al historiador o al arqueólogo de turno, y hacer un intercambio de pareceres para ver si esto es así realmente, o pretenden colarte algo que no es. Y esto ya lo has aprendido haciendo el oficio.

¿Por qué se decanta por la novela histórica? ¿Dónde radica su encanto? ¿Por qué este género y no otro?

Porque nací, crecí e hice de guía turístico en un pueblo que tiene mucha historia, rodeado de cultura románica y hebrea. Por decirte algo, en Besalú se hallan los únicos baños judíos de purificación (Miqwé) en España y son los terceros mejor conservados en Europa. Sobre  todo porque me gusta saber qué pasa cuando no estoy, y creo a la gente le ocurre mismo: le gusta saber qué pasa cuando no está ahí. Si esto lo aplicas a  cualquier época, funciona. Si tú tienes la capacidad de encontrar un buen tema, un personaje creíble, y hacerlo cercano al lector, ya has ganado como narrador, y si además, logras involucrarlo en la historia, habrás conseguido que sea parte y partícipe de la trama. En el caso de mi última novela El primer héroe, el lector podría pensar  “y ¿qué tengo que ver con alguien que vivió hace 5 mil años? Es aquí, cuando mediante la lectura tiene la oportunidad de descubrir que estamos más emparentados con esta gente de lo que podríamos llegar a imaginar.

Aspira a vivir de su trabajo
literario
¿Cuál es el lugar que ocupan el periodismo y la literatura en tu vida? ¿Cómo divide su tiempo entre ellos?

Por la mañana me dedico al periodismo. Trabajo en televisión. Madrugo bastante. Por la tarde, compagino las presentaciones, cuando estoy de promoción, con las visitas a  los clubes de lectura, que son muy interesantes, y que constituyen la segunda parte de la campaña de difusión de un libro. En estos encuentros aprendes mucho porque compartes con quienes te han leído, y puedes recibir sus críticas de manera directa. Así reparto mi tiempo, entre mi oficio y profesión,  y  mi vocación e ilusión. Aspiro a vivir de las letras, de los libros y de su promoción. Creo en ella. Tiene que hacerse, porque considero el libro como un medio de comunicación más. La comunicación para mí es básica. Es contar algo con emoción, que despierte algo en ti, y eso es lo que hace un libro. Por eso intento ir a todas las presentaciones, pues pienso “quién mejor que yo para contar mi historia y hacerlos vibrar”.

¿Escribe sus novelas originalmente en catalán?

Sí, escribo en catalán. No me atrevo a escribirlas en castellano porque tengo un respeto inmenso por las lenguas. Soy licenciado en filología inglesa. Me apasionan los idiomas. Me gustaría hablar muchos más de los que domino. Estuve estudiando árabe, pero tuve que dejarlo por razones de trabajo, sin embargo, creo que lo retomaré en algún momento. Mi mujer está en el quinto año de chino. Como ves, nos gustan las lenguas.  Repito, no me arriesgo a escribir en castellano. Prefiero confiar en un traductor, que es un profesional en lo suyo, e indudablemente lo va a hacer mejor que yo.

¿Da a leer su manuscrito durante el proceso creativo? ¿Acepta de buena gana hacer cambios cuando se los sugieren?

Lo suelo hacer. Tengo un amigo librero a quien le alcanzo el manuscrito cuando ya tiene algo de cuerpo, cierta entidad, cuando se sabe por dónde van los tiros. Lo lee mi mujer, lo hace desde antes de casarnos. También escojo a alguien que no esté contaminado con lo estoy haciendo. Dicha persona sabe que estoy escribiendo, pero no está al tanto de qué. Le doy 120 páginas y le digo “léelo, a ver qué te parece”. Luego reúno los comentarios, hago mis valoraciones y  me quedo con las que considero convenientes. Como en todo, escucho más a unos que a otros.

Otra de sus famosas obras
¿Están en la historia todas las respuestas a nuestros problemas sociales o solo nos sirve para mostrarnos que hemos cambiado poco o nada y seguimos siendo esos seres conflictivos con nosotros mismos y con los demás?

Si me ciño a la documentación que he estado revisando para escribir este libro, tengo que decirte que hemos avanzado muy poco. Ya me lo había advertido hace seis años Eudald Carbonell, uno de mis grandes asesores, cuando me estaba planteando el libro. En esa oportunidad me dijo: “Ten en cuenta Martí  que al final del libro vas a confirmar dos realidades, en primer lugar,  que no hemos cambiado tanto como parece, y, en segundo término, que la única diferencia entre ellos y nosotros es la tecnología”. Es básico y  verdad. Porque tenemos los mismos sueños, ilusiones, conflictos, problemas, etc. Lo que pasa es que antes lo solucionaban de una forma, y nosotros, ahora de otra. Pero en la raíz es exactamente igual, lo que cambia es el modo de afrontarlo. Eso es todo.

¿Cuánto de verdad hay en la historia? O, tal vez ¿deberíamos preguntar cuál es el promedio de duración de la verdad en la historia? Fantasiamos mucho con ella, ¿no?

Depende de quién te lo cuente. Lo puede hacer con un ejercicio verbal para que tu imaginación vuele, o, a modo cronista que te cuenta sin más y sin menos, lo que ha pasado. Yo quiero pensar que todo lo que nos ha llegado a través de los libros de historia—los contrastados— es lo que ha ocurrido en realidad. Aunque tenemos la tendencia a fabular, a imaginar, son precisamente los libros de historia los que nos ponen los pies sobre la tierra. El resto déjalo a los novelistas. Como decimos en catalán: “No hi ha més cera que la que crema” (“No hay más cera que la que arde”). Si quieres adornar, vestir o dar el enfoque tal, allá tú, pero dile a lector que estás reinterpretando un episodio que las fuentes históricas dicen que fue de otro modo. Yo no tengo por qué dudarlo, porque si comenzamos a dudar de todo...Ya sé que puede ser bueno, pero hasta cierto punto. Como inventar también lo es.

Es un escritor que disfruta del contacto con sus lectores
Sobre su novela El último héroe, que según entiendo ya es un best seller,  el viaje que realiza su protagonista Ynatsé en busca de un remedio contra la enfermedad que está matando a la gente de su pueblo, podría ser entendido también como una expedición hacia su interior, una experiencia espiritual, ¿son las circunstancias externas las que nos conducen a vernos de otra manera distinta y replantear lo que somos en un determinado momento?

Puede ser interpretado como viaje interior, es cierto,  pero también podría serlo hacia el exterior, en tanto que cualquier travesía te permite ensanchar horizontes, ampliar tu mente, tus conocimientos, airear tus ideas, introducir conceptos nuevos. Yo creo en ese enriquecimiento que da el contacto con el entorno. Pero el pausado, que te permite observarlo, no el de pasada. Como vivimos actualmente, en que estamos de paso de todo, donde no nos detenemos lo suficiente para aprehender de la gente y el paisaje. Somos fruto del ambiente donde nos hemos vivido o  en  el que nos movemos.


¿Poseemos el gen del heroísmo o asumimos ese papel sobre la marcha?  Y algo más, ¿podemos decirle no a ese destino?

No lo sé. En la novela planteo que Ynatsé es un hombre que está predestinado aunque no lo sepa,  pero tampoco él cree que sea la persona idónea para afrontar ese encargo.  No sé si alguien ha pensado nuestra vida por nosotros, nos la pone justo enfrente y nos dice: “Venga, a caminar por esta senda que es la que los dioses han imaginado por ti”. Yo creo, más bien, en lo que pasa hacia el final de la novela, donde van viendo que son ellos quienes recogen los frutos de acuerdo a cómo han sembrado. Conforme va avanzando la novela, notarás que irán creyendo más en sí mismos, en sus fuerzas, en su poder, y arrinconando viejos conceptos sobre la divinidad, y el destino. Ocurrió en verdad.  Esto está demostrado y documentado.

Escribe en su lengua materna:
el catalán
Se dice que reivindica la modernidad del Neolítico, pues ha descubierto que la gente no era tan rudimentaria en sus ideas con respecto a sí mismo, los otros, la divinidad, entre otros aspectos. Al parecer se cuestionaba y mucho.

Abonó esta teoría el hallazgo de una estatua en forma humana en Turquía.Los hombres y mujeres de aquella época aunque creían en sus deidades y seguían rindiéndoles pleitesía, paralelamente fueron siendo conscientes de su poder hasta colocar en el centro del universo al hombre.  Eso está muy bien como referencia mental, pues nos dice sobre cómo fuimos creyendo en nuestras posibilidades. Ellos dieron el primer paso. Fueron los primeros en creer en sí mismos. Seguimos haciéndolo pese a que dependemos cada vez más de la tecnología.

Recibió asesoramiento del arqueólogo Eudald Carbonell  para la elaboración de su libro, ¿en qué aspectos le permitió dejar volar su imaginación y en que otros no?

En muchas cosas. He tenido muchas charlas con él y otros asesores. Iba planteándoles las cosas que iba descubriendo, y formulando preguntas tales como “¿puedo ir por aquí?”. Hay cosas que evidentemente ni ellos saben, pero sí hubo aspectos con cierta verosimilitud, que aunque no lo podían contrastar, dejaban margen para trabajar con la imaginación. En las notas históricas sale el periodista y ofrezco las fuentes que he consultado. Digo lo que es cierto o no. Pero siempre he intentado tener una base  científica que aguante el edificio literario. Creo mucho en la documentación para darle veracidad a mi trabajo. Es importante para que la gente dé crédito a lo que les he contado.

¿A nivel humano qué es lo que rescatas del Neolítico y más valoras de tu novela?

La igualdad entre hombres y mujeres.Sumamos fuerzas contando con ambos, y vamos a mejor. Aprendemos mucho más de las mujeres que de los hombres. Por otro lado,  atender si hay una llamada interior. Debemos dejar salir al héroe por el bien de todos.  En otro aspecto, darle valor a la sabiduría de los ancianos, extraer de su experiencia lo importante. Sin pretender ser ecologistas, aprender a descifrar el lenguaje de la naturaleza. No tienes idea  la cantidad  de información que ellos sabían interpretar y aprovechar en su día a día. También  destaco el respeto por las personas con  discapacidad. Los insertaban en su sociedad, no los apartaban, sabían convivir con ellos.
Debemos reivindicar el adjetivo primitivo, no como para calificar un hombre o mujer de pocas luces, sino como el primero, el que dio origen a la sociedad, el que puso los cimientos de lo que somos.


 Si desean saber más del autor
o su obra
pueden pinchar 
los siguientes 
enlaces: 

sábado, 31 de mayo de 2014

Arturo Borra: “La poesía para mí es el lugar de lo irrenunciable”

El universo de la poesía  y los poetas sigue siendo desconocido para la mayoría de los comunes mortales, y aunque el vate argentino Arturo Borra manifiesta que no tienen por qué ocupar un lugar de privilegio en este mundo ancho y ajeno, nadie puede discutir que los poetas están hechos de un material diferente y complejo, y quizá sea así, porque sus palabras albergan la promesa de un cambio en quienes los escuchan o ven. Sus mentes y almas pueden entender y sensibilizarse en su exacta dimensión con todo lo que atañe a los sentimientos y vivencias humanas, por tanto, es perfectamente viable creer en un masivo cambio de conciencia mediante la lectura de sus escritos.
El poeta Borra expresa: “No soy pesimista con respecto al “futuro de la poesía”; lo que me preocupa mucho más es el futuro nuestro como humanidad y como formación social”.

¿Se nace poeta o se puede llegar a la poesía intencionalmente?  ¿Cómo se dio en su caso? ¿Cuáles fueron sus orígenes?

Las teorías de la predestinación me resultan sospechosas, incluso aquella versión contemporánea que es el genetismo. Trafican con desigualdades que son producto de la división social del trabajo y no de una herencia natural, una especie de “don” caído del cielo o dado por algún azar evolutivo. Negar esas teorías no conduce por necesidad a una filosofía voluntarista, ante todo, porque lo «inconsciente» -como dimensión de nuestra subjetividad- condiciona de forma estructural nuestras querencias. Tampoco supone negar ciertas diferencias entre los seres humanos en lo que atañe a su capacidad artística. Lo que cuestiona, en cambio, es que esas capacidades deban explicarse exclusiva o fundamentalmente por una presunta dotación innata a la que sólo unos pocos elegidos tendrían acceso.
Entonces, no es que primordialmente uno elija ser poeta –incluso si a lo largo de nuestras vidas tenemos que tomar distintas decisiones para reafirmar esa identidad. Más bien, somos arrojados a una práctica de escritura por una suma de identificaciones, de llamados en los que nos reconocemos extrañamente.
La escritura, al menos en mi caso, surgió como una forma de rescate, a pesar de no tener ninguna vocación mesiánica. Nada abstracto: el dolor que intentamos conjurar, la tristeza que asoma y necesitamos elaborar para seguir viviendo, la revuelta íntima que se gesta ante la asfixia…  

El poeta revela que la poesía llegó a él
como una forma de rescate
¿Hay alguna diferencia entre quienes nacen poetas y los que se forman para serlo?

Dado que esa diferencia me parece más bien «imaginaria», diría que mientras los primeros descansan en su “genio”, los segundos no se permiten ese lujo: se entregan apasionadamente al trabajo de la escritura. Obviamente, pienso que los segundos, los que son conscientes de su “falta de talento”, son muchísimo más interesantes que los primeros. El inconformismo con lo que uno hace es esencial para no dejarse deslumbrar por el destello narcisista de la obra “propia”. 

Hay incluso algunos que cuentan que llegaron a la poesía sin proponérselo, ¿cómo  entendemos estos casos?

La poesía te encuentra antes. Uno grita, sufre, no comprende y se sumerge en la lectura, a menudo de forma accidental, de ese género sin género que es lo poético. Ahí empieza a gestarse un sentido posible, un espacio fecundo de interrogación y, en ocasiones, un consuelo para nuestra intemperie. Entonces no es sorprendente que, sin proponérselo, uno garabatee unos borradores que, con mucho trabajo de revisión, terminan latiendo como poemas. Puede que, con suerte, esos poemas encuentren sin saberlo lectores que los necesitaban.

¿Cómo manejan su sensibilidad los poetas en un mundo tan conflictivo y doloroso? ¿Dónde encuentran su paz, su equilibrio?

Supongo que como cualquier otro ser humano: procurando hallar recodos más amables, abrazando a los que amamos, construyendo -con los límites en los que nos movemos- aquello que deseamos, implicándonos en la transformación del mundo y de nosotros mismos. Sin paz ni equilibrio, precisamente, porque estamos heridos por la incongruencia del mundo.

¿Usted busca la inspiración o ella la sorprende de repente?

Me sorprende trabajando –aunque sea un trabajo fuera de esa disciplina metodista de los que hacen del arte un “oficio”. No digo que esa disciplina no tenga sus ventajas. Lo que ocurre es que esa profesionalización a menudo conduce a unas exigencias productivas que no coinciden con los tiempos de la escritura. El dictado del inconsciente es irregular y hay que estar muy atento para poder escucharlo.

Encuentra su equilibrio trabajando a favor de los demás
¿Qué ingredientes tiene la buena poesía?  ¿Los malos poemas también tienen una oportunidad?

Altero el orden de las preguntas. Los malos poemas tienen una oportunidad en muchísimos lugares: en las estanterías, en los premios fabricados a medida de los amigos y grupos de pertenencia, en las tertulias o las antologías, en general, en todos los espacios donde el afán de protagonismo no sólo termina primando por sobre consideraciones estéticas sino, lo que es peor, termina irrumpiendo con una insólita violencia: descalificando otras apuestas poéticas, utilizando como medios tanto la difamación o el desconocimiento de los demás como la autopromoción más burda o el desarrollo de estrategias de marketing por demás de sintomáticas. Puesto que nadie está exento de crear malos poemas, un ejercicio de humildad sería pensar que lo más oportuno para esos poemas es la papelera.
Sigo pensando que la Teoría estética de Adorno contiene una valiosa respuesta. La buena poesía -que se dice en plural- es aquella que nos aporta un «contenido de verdad», aunque esa verdad sea inseparable de un específico trabajo formal, que exige ante todo una reflexión crítica sobre el lenguaje y el mundo. A esos apuntes los articularía a algo que va más allá de este autor. Aunque la estética es algo distinto a la teoría de la recepción, un discurso poético que sea incapaz de producir cierta conmoción en sus lectores (y digo «conmoción», no «golpe de efecto» o «complicidad fácil») quizás no sea más que un buen artefacto retórico. No niego méritos a este logro, pero pienso que un poema que nos deja indiferentes está fracasando en algo decisivo...

¿Abunda el talento en la poesía? ¿Cómo sabemos que estamos frente a un gran poeta?

Lo que abunda es la arrogancia, los que se presumen talentosos, los que adoran su ego y cultivan los gestos de egolatría, los que incluso le dan la vuelta y van de modestos pregonando su falsa humildad por todas partes. Por supuesto que no se trata, ni mucho menos, de incitar a esos silencios culposos, puritanos, que de vez en cuanto quieren imponerse como norma moral.
Para mí la «ética de la escritura» está ligada a una cierta sobriedad, a no extraviarse con los elogios ni obnubilarse con la crítica, a no perder de vista el inconformismo que lleva a esa interminable exploración musical que constituye lo poético. Por lo mismo, los mejores poetas son aquellos que esquivan toda voluntad de grandeza, los que evitan la autocomplacencia de ser “autores mayores” reconocidos por la institución. Claro que uno desea el reconocimiento de aquellos lectores capaces de construir un diálogo crítico con nuestros textos. Sin embargo, llega un punto en que también es necesario liberarse del apremio de la sanción pública y entregarse a esa pasión nocturna que es escribir. Quizás sólo entonces la escritura se hace no sólo imprevisible y singular, sino también vitalmente necesaria para algunos de sus lectores.  

Su primer poemario
¿La poesía es más sentida y profunda cuando habla de la naturaleza o cuando se refiere al ser humano en toda su complejidad?

La poesía no es profunda por su objeto sino por su mirada o, si se prefiere, por su potencia para decir lo que permanece invisible en las máquinas de visión más frecuentes. Puede detenerse en diferentes regiones: ser en una nervadura o una piedra o en una realidad social sangrante. Dicho esto, siempre escribimos desde la subjetividad que nos atraviesa, incluso si pensáramos que lo humano no tiene que tener ninguna prerrogativa poética por sobre otras dimensiones de lo real. Lo central quizás sea la capacidad poética de dar cuenta de la realidad efectiva en toda su complejidad. Eso incluye, por supuesto, al ser humano en sus vínculos con los otros, pero también su relación con la alteridad que subvierte la medida de lo humano en el mundo.

¿En qué momento se dio cuenta de que la  poesía era su mejor forma de comunicarse con el mundo?

En el momento en que me permitió acercarme a lo indecible.

¿Qué temas son los más frecuentes en su quehacer poético y cómo los aborda? ¿Existen situaciones o personajes a los que deje de lado por estar en desacuerdo, o simplemente, porque no le agradan?

Procuro que lo prosaico no lo invada todo. Más que poesía temática, lo más frecuente es que me deslice por esa zona que no se deja recortar fácilmente: los umbrales que vamos atravesando como sujetos humanos, la fragilidad en la que vivimos, la dificultad para respirar en un mundo social fracturado por la injusticia y la desigualdad, las esperanzas agonísticas que trazamos a pesar de un paisaje en ruinas… todo aquello que nos aproxima a nuestro abismo y a lo que nos permite afrontarlo.

¿Qué lugar ocupa la poesía en su vida y cuánto tiempo le dedica?

La poesía para mí es el lugar de lo irrenunciable. Está entretejida con mi vida cotidiana –como una ventana que me ayuda a mirar lo que esa cotidianeidad pierde, sin apartarme del asombro.

"Sin exigencia no hay hallazgo", dice
¿Cuándo se sintió listo para publicar? ¿Cómo fue ese momento?

En un momento tardío, seguramente. Cuando los otros me emplazaron a publicar. Eso fue hace ya más de una década, en un libro colectivo que me dio aliento para asumir que nunca estamos suficientemente preparados para afrontar la escena de la escritura. Y como nunca lo estamos, no busqué más pretextos para no sumarme. La publicación de mi primer poemario, Umbrales del naufragio, afortunadamente vino bastante más tarde, en 2011. Fue un momento de celebración íntima, con la inseguridad que precede compartir parte de nuestro universo íntimo. 

¿Es muy exigente consigo a la hora de realizar su trabajo creativo?  ¿Está siempre satisfecho con el resultado final?

Sin exigencia no hay hallazgo, por más diminuto que lo concibamos. Precisamente porque no creo que lo decisivo sea el “talento innato” -si un concepto semejante pudiera darse por válido- no tengo más camino que entregarme a esa exigencia con la promesa de que en algún momento el poema comience a latir. Como si uno acercara el oído a las palabras y pudiera sentir su pulsación rítmica, la música que las anima secretamente. No siempre uno consigue escuchar ese latido: son poemas muertos. Y, por si fuera poco, la magia de los prestidigitadores es efímera. Más pronto que tarde, uno percibe la precariedad de lo que escribe y vuelve a comenzar por otros caminos.

¿Practica algún tipo de ritual antes de ponerse a escribir?

Me ayuda tener a mano una libretita para tomar notas, un buen bolígrafo y algo de música. Aun así, lo fundamental para mí es entregarme a una especie de “atención flotante” que consigo habitualmente cuando estoy solo, sea viajando en tren o caminando por la calle.

Su segundo trabajo
¿Se ha puesto metas respecto a lo que quiere lograr con su poesía?

Prefiero no tenerlas; en caso contrario, si las consiguiera, ya no tendría nada que hacer. Como horizonte, uno desea que la poesía (no sólo la que uno firma) nos proporcione una mayor apertura vital: la libertad de interrogar sin tener como imperativo arribar a una respuesta.

¿Cómo es o se da la poesía en el exilio voluntario o cuando es impuesto? En su caso, en particular, ¿qué características exhibe y cómo se siente la poesía lejos del terruño?

En lo que atañe a mi historia vital, prefiero hablar de “diáspora” más que de “exilio voluntario” (lo cual no deja de ser un oxímoron): la elección de desplazarse hacia un horizonte que nos resulta deseable. El exilio es marcha forzosa, necesariamente marcada por una amputación vital. La diáspora, en algunos casos al menos, está más bien cargada de deseo, incluso si ese deseo implica a menudo un sufrimiento detrás. Es cierto que muchas experiencias migratorias se producen a raíz de unas carencias reales más o menos importantes, pero la posibilidad de regreso está ahí.
En mi caso, vivo el desplazamiento como una posibilidad para ensanchar mi mundo, de construir un diálogo existencial con seres humanos diferentes, atravesados por otras culturas. Eso me ha permitido cultivar cierta apertura ante lo diferente, lo que no significa obviamente que todo me resulte aceptable ni mucho menos.

Al respecto, ¿cuánto hay de Argentina en su poesía?

No sé si soy capaz de discernirlo en todas sus implicaciones. Aunque me interesa una poesía extraterritorial, partimos siempre y necesariamente de algún lugar. Ese lugar es en mi caso Argentina: no sólo sus giros idiomáticos, sus tonalidades, sus vocablos o su versión de la lengua; también el universo vivencial que está soldado a ese espacio y las tradiciones poéticas y literarias nacionales que me han marcado tempranamente, desde Pizarnik o Girondo hasta Orozco o Gelman.

¿Por qué cuando nos hablan de poesía figuran siempre los mismos? ¿Es que no hay figuras notables en nuestros tiempos? 

Para hacer poesía  se entrega a lo que
denomina 'atención flotante'
Es una cuestión de sociología del campo literario. Como cualquier otro campo social, cada poeta participa en una red de relaciones de poder. Eso no necesariamente tiene que tener resonancias negativas, pero cuando esa red se construye de forma jerárquica y desigual, basada en la pertenencia al propio grupo o escuela, entonces, ese ejercicio de poder se torna represivo de las diferencias. Quienes pretenden detentar el monopolio del “buen decir poético” de un plumazo pretenden borrar a aquellos que no aceptan ese monopolio. Las luchas simbólicas son interminables y a menudo quienes ocupan posiciones centralizadas no dudan en excluir del universo poético-editorial que manejan (y de los premios que administran) a quienes plantean estrategias heréticas. De ahí la escasa visibilidad de algunos sujetos poéticos, de ambos géneros.
Aun así, para bien de muchos, en los últimos tiempos esa rigidez monolítica del campo se está erosionando de forma lenta pero continua, aun cuando a nivel institucional todavía no sea demasiado evidente. Pero hay sin dudas un cierto anquilosamiento en estos grupos dominantes y eso muestra su decadencia. Por eso confío en la pluralidad de escrituras poéticas, como una forma de hacer estallar algunos cánones estéticos bastante perimidos. Esa pluralidad, desde ya, no puede conformarse con ampliar el listado de “notables”. Exige una diversificación de lo que concebimos como poéticamente relevante; ante todo, salirse de cierto eurocentrismo y de un sexismo todavía bastante activo…

¿La poesía tiene menos seguidores que la narrativa? ¿Quiénes son los que se  interesan más por el género poético?

A la luz del mercado editorial, el universo de lectores de poesía es más reducido. Quizás porque el género poético suele implicar una dificultad de lectura que no todos están dispuestos a atravesar y mucho más en el contexto de una cultura masiva que promueve un tipo de consumo cultural facilista y acrítico, basado en clichés y estereotipos.
Supongo que los que se interesan por este género, además de los mismos poetas, conforman públicos heterogéneos. Es tarea de los estudios culturales y de la sociología del arte indagar en las características de esos públicos y, sobre todo, lo que estos públicos hacen con los textos poéticos que leen.
Para quien escribe poesía, el lector efectivo es un enigma –a menos, claro, que busquemos conjurar ese desconocimiento mediante estrategias comerciales que definan un “target”, lo que es bastante usual entre poetas ávidos de capitalizar su escritura y desarrollar una carrera literaria.

"Para quien escribe poesía el lector
efectivo es un enigma", sostiene
¿Cuál es lugar que debería ocupar el poeta en la sociedad, y cuál su aporte a la humanidad?

Ningún lugar privilegiado. Desde una perspectiva social, los poetas no tienen más valor que cualquier otro ser humano. Su aporte no puede ser otro que su poesía. Un aporte heterogéneo, a menudo dispar. Potencialmente, cierta poesía puede contribuir a cambiar nuestras vidas y a transformar nuestra sociedad. Pero no es algo que pueda hacer por sí sola ni es su responsabilidad exclusiva. Difícilmente esa poesía pueda hacer esas contribuciones si es culturalmente confinada, si el sistema educativo la aparta de sus programas, si el mundo editorial la margina dentro de sus catálogos o los medios masivos la miran como un animal extraño. Lo que en última instancia puede cambiar la humanidad –como diría Castoriadis- es la misma humanidad.

 ¿Cómo se ha dado la evolución  del poeta de Arturo Borra?  ¿Son muchos los cambios?

Los cambios en mi escritura han sido y siguen siendo numerosos. Del flujo torrencial al despojamiento, de la sobreabundancia retórica a la sobriedad estilística, del recorte temático a la deriva del sentido, de la sobreproducción de textos a una deliberada escasez. Como todo devenir, uno camina a tientas, con algunos borradores en la cabeza.

¿Cuál es el futuro de la poesía? ¿Hacia dónde cree que debería orientarse?

¿Quién podría saberlo? No tengo una preceptiva sobre el derrotero de la poesía venidera. Solamente apuntaría la necesidad de defender la pluralidad estética y de favorecer aquellas instituciones culturales capaces de sostenerla como realidad efectiva. No soy pesimista con respecto al “futuro de la poesía”; lo que me preocupa mucho más es el futuro nuestro como humanidad y como formación social. Su orientación parece suicida, encaminada al desastre y es responsabilidad compartida movilizarse para que algo semejante no ocurra.


 Se desean saber más del autor 
o de su obra 
pueden pinchar:




jueves, 15 de mayo de 2014

Víctor del Árbol: “La novela negra que me interesa es la guerra que hay dentro de nosotros”

Víctor del Árbol es todo un exponente de la novela negra en Francia tanto que allá los lectores le conocen como el escritor del dolor, sin embargo hoy camina hacia la conquista de España porque desea ser profeta en su tierra.  Paciencia es lo que le sobra, es por eso, que con toda tranquilidad y entusiasmo se lanza a la promoción de su novela Un millón de gotas, que según él, es una gran historia de odio, pero también de amor.

¿Cómo un hombre que se dedicó a actividades tan disímiles como mosso d’ escuadra y locutor de radio, luego se orienta hacia la escritura y publica con éxito su primera obra El peso de los muertos, que por cierto ganó el Premio Tiflos de Novela en 2006?

Voy a ser poco original. Te voy a decir lo mismo que digo siempre, porque es en lo único que creo. No es un salto, un paso el hecho de trabajar en varias cosas y luego pasar a la escritura. Uno tiene la vida que tiene, van pasándole cosas, y  encontrándose con circunstancias diferentes.  Hay una constante en mi vida que es la escritura. Antes la lectura. Desde crío mi madre me obligaba a pasar las tardes encerrado leyendo en la biblioteca de mi barrio, porque no quería que estuviera en la calle.  Así me convertí en escritor, no en el que publica libros, sino en el que simplemente escribe, en el que necesita hacerlo. Es un proceso natural que se da siendo muy niño. Recuerdo mis primeros relatos. Escribía mis primeras novelitas cortas con 13 o 14 años. Hasta 2006 no logro publicar mi primera obra. Es cuando recién comienzo a pensar que aquello con lo que sueñas se puede convertir en tu modus vivendi. Yo sé que es un privilegio, porque soy una persona que tuvo un sueño que se convirtió en realidad. Y que encima me da de comer, es mi forma de ganarme la vida. Pero entre tanto pasaron muchas cosas en mi vida. Yo soy una persona muy curiosa y las he ido afrontando en la medida que se fueron presentando. Entre ellas, estar en el seminario, trabajar de soldador, de camarero, viajar por el mundo, y acabar desarrollando una labor paradójica, al principio para mí, como la de policía.

Del Árbol  goza de un gran prestigio
y reconocimiento en Francia 
¿Tuvo en mente siempre ser escritor o es una vocación que poco a poco germinó en usted?

No tengo marcada la fecha en un círculo rojo. Pero cuando tenía 14 o 15 tenía un profesor de Literatura y Lengua Española que cierta vez nos llevó a mis compañeros y a mí a un  pueblo en  Tossa de Mar (Barcelona) para hacer una visita por la zona arqueológica, las ruinas romanas. Y al final nos dice: “Para mañana me tenéis que hacer una redacción sobre lo que habéis visto”. Yo escribí un cuento que no tenía nada que ver con la excursión. Solo me quedé con el castillo que vi, y a partir de él hice una historia de unos piratas bereberes que llegaban a Tossa de Mar y la saqueaban,  y en donde el protagonista  iba  corriendo y se encerraba en el castillo. Escribí un cuento de siete u ocho páginas de lo que era una redacción de trabajo. Yo era un estudiante muy malo, por eso  cuando se lo presenté al profesor quedó perplejo al leerlo. “¿Y esto?”, ¿cómo lo has hecho?, me preguntó.  “Es que yo escribo”, contesté con toda naturalidad. “¿Cómo que escribes?”, replicó asombrado. “Escribo cuentos, poemas, tengo un diario…”. A lo que el profesor agregó: “Sigue por ahí”.  Quizá en ese momento ya era escritor.  Sin buscarlo, sin saberlo, ya lo era.  Por eso, digo que es como respirar, es parte de mi vida. Entra y no se va nunca. La escritura se convierte en tu modo de expresión, de ver a los demás, de contemplar la vida.

¿Es cierto que quiso ser sacerdote y estuvo en el seminario por cinco años?  ¿Qué le aportó esa experiencia?

Sí, estuve en el seminario menor. Decidí ingresar cuando acabé la escuela básica. Fueron cuatro o cinco años. Desde los 14 hasta casi los 19 años. La etapa más importante de una persona. Esta época me marcó. Me condujo una idea romántica porque conocí en aquella época a un sacerdote que estaba a favor de la Teología de la Liberación, sobre que la iglesia se debía implicarse en la comunidad, y quería ser como aquel hombre. Soñaba con hacer algo por la humanidad, y pensé “si él es sacerdote, entonces, yo también debo serlo”.  Ingresé al seminario, pero tardé un tiempo en comprender lo que significa la estructura de la iglesia. A continuación tuve que afrontar el conflicto de fe: aceptar la ortodoxia y el dogma. No me fue posible asumirlo, y me di cuenta que estaba viviendo una mentira, que no podía ser sacerdote cuando no comulgaba con todo eso. Una vez que terminé el Convictorio —es el año que se hace antes de empezar a estudiar Teología, cuando ya decides ir hacia delante para convertirte en diácono y luego en sacerdote—, decidí dar un giro, un cambio de rumbo, y lo hice. Lo que me ha quedado de aquella época, curiosamente en contra de lo que la gente piensa, es el sentimiento crítico, la reflexión. Una cosa que aprendí  allí es a estar en silencio. Yo venía de un mundo de ruido, un chico de barrio acostumbrado a eso. Y de repente, debes  estar en silencio. Y tienes que aprender a pensar, y esos pensamientos van ganando fuerza dentro de ti, y aprendes a escucharte. Eso me ha acompañado el resto de mi vida. Además, me ha dado una idea trascendente de la existencia. Que somos algo más que aquello que hacemos.

También cuenta con numerosos
lectores en los Países Bajos
¿Es un pensamiento muy espiritual, casi místico?

No es místico. La espiritualidad forma parte de nuestra naturaleza. Somos muchas cosas, y entre ellas, inteligencia emocional. No solo somos racionales, sino instintivos. La consciencia de ser que nos viene de la idea de la muerte. Saber que somos mortales. Somos el único animal que vive su primera muerte. Que anticipa su muerte como horizonte, a largo plazo, de manera intelectual.

Empezó con buen pie en el mundo de la literatura en España, pero fue en el exterior en donde logra sus mayores éxitos, casi siempre se cumple aquello de que nadie es profeta en su tierra, aunque ahora es cuando se comienza a hablar más de usted aquí, ¿cuál es su opinión?

 Qué está bien así. En la vida hay que ser paciente y perseverar. Que al final las cosas que tienen que pasar, ocurren…


¿Cuál es el real peso que tiene para un escritor ser reconocido y valorado en el extranjero?  ¿A partir  de eso el camino se allana, y todo es más sencillo?

No necesariamente. Te da calma espiritual, por decirlo de alguna manera. Te ayuda a vivir de lo que generan los derechos de autor, las traducciones, tienes cierto reconocimiento, una predica ahí fuera, y es cuando dices “ten paciencia todo irá llegando”. ¿Qué trascendencia tiene? Yo creo que si no hubiera tenido el éxito que tengo en el extranjero me hubiera costado mucho más que alguien me empezara a escuchar aquí.


Dolores Redondo, una exitosa autora de novela negra ha manifestado que para escribir novelas de este género hay que ser un poco oscuros, ¿usted lo es? ¿Cómo es la mente y el alma de Víctor del Árbol?

Más que oscuro, porque todos los somos, escritores de escritura negra o no, hay que ser exploradores, eso es lo que importa de verdad. Si no hubiese sido escritor me hubiese gustado ser explorador…

Es un hombre muy espiritual 
¿Explorador de almas?

Más bien de paisajes, como diría Delibes, porque ahí está todo: el hombre, la pasión, y el entorno. Explorador entendido como curioso. Un escritor tiene que ser curioso, observador, y paciente. Vuelvo a eso, porque tienes que tener la paciencia de buscar aquello que quieres decir y encontrar la manera  más exacta de decirlo. El buen escritor es aquel que logra conectar el pensamiento con la letra, acortando al máximo la distancia. Eso se obtiene con tiempo.

¿Qué condiciones o requisitos hay que reunir para ser buen escritor de novela negra?  ¿Qué tipo de autores no son aptos para esta?

Si quieres ser escritor de novela negra, si quieres realmente tratar con el lado más conflictivo del ser humano, tienes que ser una persona valiente, porque tienes que ir hasta el fondo. No sirve que te quedes a medias. No puedes insinuar cosas y luego echarte para atrás. No puedes ser complaciente ni condescendiente con el lector. Debes ser honesto. Es un viaje interior personal duro. Tienes que tener la capacidad de separarlo de las emociones superficiales. El escritor de novela negra no busca el llanto o el asco, pretende ir al fondo de las cosas.

¿Por qué se decanta por la novela negra?  ¿Qué le seduce de este género?

Me seduce el juego de contradicciones. Esa idea de que el ser humano no es  unidimensional. No existe la bondad ni la maldad absoluta.  Y la novela negra te permite entrar a eso sin miedo. Por otro lado,  también me gusta porque es el género que está más pegado a la realidad. El que puede diseccionar la sociedad. Que se acerca a lo que antiguamente era la novela realista, de denuncia y crítica social. Eso lo hace estupendamente la novela negra. Hasta hace unos años era subgénero, estaba dentro del entretenimiento popular, y nadie las tomaba en serio. Los escritores podían decir lo que les daba la gana. Era como la verdad del borracho y por eso, nadie le hacía caso. Ahora es diferente, la literatura negra está cobrando una dimensión literaria importante, porque se cuida el lenguaje, la trama y la estructura. Se está convirtiendo, en mi opinión, en lo que era la novela crítica. Hoy en día ese lugar lo ocupa  la novela negra, y eso me interesa mucho

Su primera obra 
Sus críticos manifiestan que usted conoce el género humano mejor que nadie y aborda los conflictos existenciales de manera nunca antes vista, teniendo en cuenta esto, ¿cuál cree que es su aporte a la novela negra?

Esa dimensión humana. En la novela negra no importa si hay o no mucha violencia. Porque creo que se puede escribir sin que haya un solo crimen. La novela negra que me interesa es la guerra que hay dentro de nosotros. Lo que yo aporto de distinto es no entrar en el juicio de valor, sino buscar de verdad por qué somos como somos. En Francia dicen que soy el escritor del dolor. Me interesa el dolor como herramienta literaria, claro que sí, pero sobre todo como verdad. Puedes dar un tratamiento literario a cualquier cosa y acabar convirtiéndolo en un cliché. A mí lo que me importa de las novelas que escribo es que cuando las cierres no seas el  mismo que cuando las abriste.  Te voy a contar una historia, te va a entretener, gustar y a atrapar, pero sin darte cuenta vas a terminar haciéndote las preguntas de mis personajes. Siempre tengo muy presente al lector como protagonista.

¿Le demanda mucho esfuerzo mental y emocional crear sus personajes y  en general, el desarrollo del tema?  ¿Cómo queda después de cada cierre de capítulo, por ejemplo?

Vacío. Tengo que volver a rellenarme. Me aparto. Descanso. Hago otras cosas que me gustan como esquiar, leer, escribir otro tipo de registros, como la poesía.

¿Escribe también poesía?

No la publico. Es para mí. Me relaja. Aunque siempre hay un momento que alguna historia vuela y tengo que volver. Entonces, me pongo a escribir.

Confiesa que su mayor ilusión es ser profeta en su tierra
Entre su primera obra, su segunda novela  La tristeza del samurái y la más reciente, Un Millón de gotas ¿hay diferencias sustanciales en cuanto a la creación de personajes y el desarrollo de la obra? ¿Qué ha querido conservar o respetar de esa forma de contar de su ópera prima en las demás?

Con Un millón de gotas estoy contento porque como escritor he experimentado una evolución que necesitaba. Yo creo que un escritor siempre debe evolucionar,  nunca debe quedarse en un sitio donde se sienta confortable. Si  eso te está pasando, sal de ahí, porque te estás aburguesando. Si te acomodas vas a acabar perdiendo fuerza. Lo que me gusta de Un millón de gotas a diferencia de otras novelas que he escrito es que tiene mucha esperanza. Yo siempre había escrito sobre el dolor y sus diversas formas. Sin embargo, en esta última, una constante son las emociones positivas, y he descubierto el amor en todas sus dimensiones.  Un millón de gotas es una gran historia de odio, sí, pero también de amor.

Sobre un Millón de gotas,  ¿qué hechos tan trascendentales pueden ocurrirle a un hombre para que descubra  de pronto que en él habitan otros más, y muy distintos?

En el caso de Gonzalo Gil, que es un abogado de medio pelo, pero que vive bien, que está casado con una mujer rica, y es un tío bien puesto, lo que le sucede es una llamada a su casa que le dice que su hermana mayor se ha suicidado. Gonzalo que no ve a su hermana hace 10 años se encuentra con un recuerdo que no calza con el panorama actual de ella. Entonces, decide adentrarse en una realidad que no es la suya, que es de su hermana,  y descubrir el submundo de la delincuencia organizada.
Puede haber un hecho que cambie nuestro destino,  hacer salir lo mejor o peor de uno. Hay sucesos traumáticos como un accidente, la muerte de alguien o un mal encuentro, pero también puede ser algo tan simple como un paisaje o el descubrimiento de un libro. Por ejemplo, El Príncipe de Maquiavelo. Cuánta gente del poder ha tomado una decisión después  de leerlo. Cuando algo se encuentra con alguien en el momento adecuado, ocurren milagros.

Edición italiana
¿Por qué hombres tan buenos como Gonzalo Gil se ven envueltos en situaciones problemáticas y desgraciadas tanto en la realidad como en la ficción? ¿Es que la bondad siempre está a prueba?

Siempre. Muy bien. Esa expresión es muy bonita. La bondad siempre lo está. La maldad no la necesita. Hay muchas manifestaciones cotidianas de ella, y vive dentro de nosotros, porque forma parte de nuestra naturaleza. Es el ying y el yang, del taoísmo. Tenemos que luchar continuamente contra lo que somos y queremos ser; contra lo que nos gustaría hacer y no podemos;  nuestras frustraciones y felicidades; derrotas y victorias. En ese equilibrio vamos pasando los años y la vida, y llegamos al fin. Yo creo profundamente, y me apoyo en Albert Camus, uno de mis escritores de referencia,  en la bondad del hombre. Pero lo malo es que no sabe que es bueno, lo tiene que descubrir.

¿Gonzalo Gil no debió remover el pasado?  ¿Es partidario de destapar secretos de familia e investigar sobre sucesos no resueltos?

Si quieres amar algo de verdad, tienes que conocerlo…

¿A costa nuestra?

A costa de lo que sea. Si tú decides vivir realmente tienes que estar dispuesta a afrontar la verdad. El precio es el dolor, pero vas a obtener la libertad a cambio.

Con la autora de la nota
¿Es el riesgo?

Vas a sufrir conociendo la verdad, pero vas a tener una dimensión diferente. Podrás liberarte y dejar atrás a tus fantasmas. La decisión es tuya.

Un Millón de gotas es una  novela compleja donde se entrecruzan acontecimientos pasados y escenarios remotos, ¿fue complicado reconstruir esta trama para hacerla tan creíble? ¿Demandó mucho trabajo de documentación e investigación?

Una de las características del thriller es que tiene que estar bien documentado y una de las cosas que se le puede exigir a una novela no es la veracidad sino la verosimilitud. No es que haya sido verdad, sino que pudiese haberlo sido. Eso se puede hacer, en primer lugar, a través de una distinción realista de los personajes, luego, en segunda instancia,  mediante un acercamiento lo más exacto posible de las circunstancias históricas para tener un contexto creíble.
Puedo tardar en investigar y documentarme un año o año y medio, y luego el proceso de escribirla es de  tres o cuatro meses.

¿A qué hace alusión Un Millón de gotas?

Te lo va decir Laura, una de las protagonistas, es policía. Cuando ella está luchando contra la mafia rusa, y nadie le hace caso, su jefe le dice: “No te metas más,  que solo eres un gota en un océano”. A lo que ella contesta: “Qué es un océano, sino un millón de gotas”

¿Cuáles son sus aspiraciones con esta obra?

Que el público mayoritario me conozca, que por fin pueda ser profeta en mi tierra. Esa es mi gran ilusión. A partir de ahí, que Dios reparta suerte.
Si desean saber más de la autor o
de su obra
pueden pinchar los siguientes
enlaces:
http://www.victordelarbol.com/
https://twitter.com/Victordelarbol
https://www.facebook.com/VictorDelArbol.Escritor