Desde niño ha atendido a su necesidad de volar. Primero lo hizo a través
de su imaginación, luego con la ayuda de sus lecturas, más tarde con la
escritura. Quiso ser piloto de avión, pero le ganó el periodismo. Sin embargo
fueron los viajes físicos como reportero los que le devolvieron a su esencia
fundamental: la de expresarse mediante la poesía.
Elid Rafael Brindis es un periodista y poeta mexicano que reside en
Perú no solo enamorado de Carmen, una destacada editora hija de esa tierra,
sino del melancólico cielo limeño, del cual distingue cuarenta y ocho
tonalidades de gris. Y pensar que cada vez que retorno a la capital peruana en
invierno y miro hacia arriba, solo veo ese tristísimo color panza de burro
de siempre
Leer es un acto que se gestó en tu más
tierna infancia y sé que en la escuela te fascinaba sumergirte en la lectura de
los clásicos griegos adaptados para niños, ¿qué recuerdas de esos primeros años de
descubrimiento? ¿Quién te introdujo en el mundo de la lectura y los libros?
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| Hizo realidad su sueño de ser poeta fuera de México |
En
realidad fueron tres las fuentes de inducción: la primera fue mi madre.
Recuerdo que mientras hacía sus quehaceres me contaba pequeñas historias, algunos
mitos que, en su infancia, también solían contarle los abuelos; estos mitos
empezaron a despertar mi mundo lúdico, sobre todo por la forma en que me los
narraba y yo, prácticamente, los vivía. La segunda fuente fue mi padre, quien
casi todas las noches, después de las duras jornadas laborales se daba tiempo
para leernos, a mis hermanos y a mí, algunas páginas de los pocos libros que
tenía en casa, antes de dormir; y la tercera fuente fue mi maestra, que nos leía
cuentos infantiles y mientras los contaba afloraba mi curiosidad, porque no se
parecían a las historias de mi madre ni a los textos que leía mi padre; pero todo
hacía volar mi imaginación. Todas esas experiencias escuchadas se combinaban en
mi mente y me hacían viajar a mundos fantásticos, que me dejaban absorto,
embelesado. Por cierto, aparte de todo eso, otro de los gratos recuerdos que
conservo e intento que no lo borre el tiempo es que, cuando ingresé a la
escuela, al final del primer día ya le estaba ayudando a la profesora a enseñar
a algunos de mis compañeros a escribir las vocales, que yo había aprendido con avidez desde el inicio
de la clase.
Por
esa época también fue que comenzaste a escribir tus primeros poemas, los cuales
eran alusivos a la patria, a la bandera, a los héroes, entre otros, para
las actuaciones de los lunes. Sin embargo no los leías tú, sino tus compañeros.
Es curioso que el amor que te motivara a escribir en verso no fuera el inspirado
por una chica, como casi siempre ocurre.
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| Elid junto a la destacada poeta Rosina Valcárcel, su gran amiga |
Sería
en el segundo o tercer año de primaria. Todos los lunes, durante los homenajes
a la bandera, casi siempre declamaban los mismos compañeros y repetían los
mismos poemas. Entonces ya había aprendido a leer más o menos bien, y en los
libros que nos daba la Secretaría de Educación venían algunas lecturas breves y
poemas sencillos; estos me sirvieron de modelo para intentar escribir mis
propios poemas, casi por imitación. No fue fácil, pero esta influencia empezó a
marcar también mis primeras rimas… obviamente, con miedo a no hacerlo bien
porque, además, empezaba a tener noción de la métrica, mas no sabía cómo se
aplicaba. Desde luego, yo escribía poemas patrios porque la educación infantil
se basaba más en el civismo y en las normas morales que excluían a la mujer.
Además, no podía inspirarme en ninguna chica debido a que era un niño muy
tímido, y a esa edad, en ese tiempo, era un tabú y por lo cual, los padres
castigaban.
Tu alma de poeta no se nutrió al
íntegro leyendo, sino más bien del contacto pleno y total con la naturaleza que
te rodeaba en aquellos años, ¿no es así, Elid?
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| Tras recibir el título de hijo adoptivo en la tierra de Vallejo |
Efectivamente,
la naturaleza es la sabia conductora de mis letras. En Chiapas hay dos
estaciones muy marcadas: la seca y la de lluvias. En la estación seca tenía elementos
para inspirarme, como el polvo de los caminos, los árboles sin hojas, los
cerros amarillentos, el sol cayendo a plomo, la tranquilidad que se sentía
cuando las aves del campo dormitaban por efecto del calor, y muchos etcéteras. En
la estación de lluvias estaban a mi alcance la propia lluvia, los rayos, las
tormentas, los arroyos boyantes, la vida vegetal reverdeciendo, la siembra de
los campos; las aves, las abejas; en fin, haría falta más espacio para
describir poéticamente todo lo que se puede contemplar de la naturaleza en cada
una de estas estaciones. En verdad, todo eso es poesía y, por eso, Chiapas, mi
tierra, siempre está presente en mis poemas; incluso, describo una mínima parte
de mi niñez en el poema «El
Chiapas de mi infancia»,
en el que las estrellas de la madrugada también son parte elemental de la
inspiración, porque se siente mucha nostalgia cuando caminas a la luz de las
estrellas en un campo abierto, sin ruidos más que el de los grillos cortejando
a sus parejas.
La poesía te dio alas y te dejaste
llevar por ella de manera natural y espontánea, ¿cuándo te viste como poeta y
cómo decidiste conducir tu vocación?
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| Antes de su participación en Punta del Este (Uruguay) |
Para mí la verdadera poeta es la naturaleza. Yo, aún no me veo como
poeta, sino como un intérprete de todas esas manifestaciones, a las que ahora
incluyo el aspecto social, que es otro fenómeno, y de todo lo cual ya se ha
dicho mucho pero aún queda muchísimo más por escribir; admito que no la
conduzco, sino que ella me lleva a través de los momentos de inspiración,
porque no puedo decir: «hoy
voy a escribir sobre esto»
cuando, en realidad, la inspiración me marca otra cosa; pienso que conducirla
sería tanto como escribir por encargo. Recuerdo que fue en la secundaria cuando
realmente empecé a escribir poemas más profundos en versos libres, porque todo
lo anterior que escribí, lo hice en rima; creo que fue ahí cuando ya me vi como
poeta, y, además, empecé a escribir historias, cuentos breves, como «El árbol de cacahuates» (el cacahuate o maní es
una almendra que se produce bajo tierra, no en árboles); en fin, pero el «yo
poético» ya hablada de mí, porque la adolescencia es bastante complicada y con
eso ya podía exorcizar mis demonios. Además, fueron apareciendo los primeros
versos de amor, ahora sí, inspirados en alguna chica que llamara mi atención.
Luego fuiste detrás de otra tus
pasiones: los aviones. ¿A qué parte de tu alma querías complacer aprendiendo a
pilotar este tipo de naves?
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| Junto a Carmen, la mujer de su vida |
¡Ah, los
aviones! Si bien el escribir es una forma de volar, tenía la curiosidad de
saber cómo se veía el mundo desde arriba. Quizá quería liberarme de la prisión
de la timidez y experimentar la sensación de libertad, porque una parte del
vuelo te lo da el campo abierto a través de la imaginación y la otra te la da la
realidad física, y esa era la que quería experimentar; pero me llegó esa
oportunidad cuando estudié turismo, lo que me dio acceso a participar en
eventos y convenciones, para lo cual viajaba como representante de una agencia
de viajes; o volaba en aviones pequeños a los centros turísticos como guía de
visitantes, y veía desde arriba la selva chiapaneca como una inmensa alfombra
verde; en pocas palabras, esto cambió realmente mi visión, pues empecé a
conocer mi propio estado, es decir, Chiapas, lo que me llevó a admirar las
otras caras de un mismo pueblo, a palpar directamente el contraste entre los
que tienen poder adquisitivo y los que carecen de todo. A esta realidad social
es a la que me refería al inicio.
Dices que la aeronavegación es la
responsable de tu incursión en el periodismo. ¿Cómo así?
Conocer el
Chiapas profundo, las naciones indígenas, la pobreza, provocó que, por
circunstancias del destino, mi vida diera un giro inesperado y, como no pude
ser piloto, mi otra pasión, la de leer y escribir, me abrió las puertas del
periodismo, por lo que opté por apartarme del turismo y estudiar periodismo. De
alguna manera, el periodismo también es como volar porque, aparte de que tienes
que ir ahí donde se produce la noticia, uno viaja imaginariamente al lugar
donde se generan los hechos, los recrea, trata de vivirlos y a partir de ahí
debes escribir para los demás lo que está sucediendo en tal o cual lugar; o
también tenía la oportunidad de escribir sobre temas culturales y en eso dejas
volar tu imaginación.
Le entregaste más de 20 años de tu
vida al diario Expreso Chiapas, donde ejerciste los cargos de
editor y subdirector, ¿qué aprendiste del oficio y de tu país durante ese
tiempo?
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| Acompañado de la poeta Ana María Intili y el editor Germán Atoche |
La experiencia
como periodista es vasta, desde situaciones simples y cotidianas hasta las de
alto riesgo; todo se resume en experiencia. Además, el campo de la
investigación te conduce a otros mundos que no te imaginas que existen. Después
de todo, lo que te queda es la satisfacción de enseñar a otros lo que funcionó
para ti en su momento. Iniciarme en la mesa de redacción del periódico puso
ante mí otro panorama, pues eran los reporteros los que me traían las noticias
y era un doble ejercicio de revisión e interpretación de cada nota. Luego, como
editor asumí otra responsabilidad puesto que tenía a mi cargo revisar y
jerarquizar las notas, los artículos de opinión, análisis, críticas: un tamiz
para conservar la ética del diario, además de estar pendiente de la impresión.
Después, como subdirector debía supervisar el trabajo del editor, además de
asistir a la directora, concertar entrevistas, en fin, cada vez mayor
responsabilidad. En resumen, en estos casi veinte años caí en la cuenta de que
el trabajo que había empezado como guía de turistas se había complementado con
el de periodista, pues colocó ante mí el panorama de la riqueza y la pobreza de
las distintas regiones, lo que me ayudó conocer al Chiapas profundo, sus
avances y retrocesos, sus logros y sus conflictos sociales. ¿Dime si esta no es
otra forma de volar, como había deseado hacerlo cuando quería ser piloto?
En simultáneo por ese entonces, tenías
a tu cargo la supervisión de todos los textos académicos de la Universidad
Autónoma de Chiapas. Según entiendo se trataba de una actividad que disfrutabas
mucho, ¿lo confirmas, Elid?
Desde luego que
sí. La universidad no educa, imparte conocimiento, y ese conocimiento pasaba
por mis manos en forma de libros, como resultado de investigaciones y
experimentos que se generan en el seno de la universidad. Y esta situación te
exige estar actualizado en casi todas las ciencias para poder comprender los
contenidos. Por lo tanto, puedo decir que, más que un trabajo, para mí
significaba disfrutar de la lectura de libros temáticos que, aun cuando
aparentemente no tienen relación con la literatura, te enseñan a interpretar
las situaciones cotidianas en otro lenguaje, y que puedes traducirlas en forma
poética. Me explico: reviso un libro temático y, a la vez que trabajo, aprendo
un lenguaje nuevo que puedo aplicar en la poesía en términos medios, o sea sin
tecnicismos pero, a la vez, sin el lenguaje cotidiano. Entonces, lo que para
otros resulta tedioso, para mí significa sumergirme en las páginas que me van
descubriendo un mundo nuevo, interesante.
Fuiste asesor congresal en la Cámara de Diputados al
Congreso del Estado de Chiapas
en la década de los noventa, ¿cómo viviste esa experiencia? ¿Pudiste ver de
cerca la podredumbre de algunos políticos? ¿La cosa ha empeorado en los últimos
tiempos?
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| Confiesa que siempre tiene tiempo para todo |
La década del
noventa fue bastante difícil en materia política como consecuencia del
surgimiento del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN), y, aunque
este movimiento se suscitó en Chiapas, tuvo repercusiones a nivel nacional, e
incluso internacional. En política, los
actores cambian pero no la consigna «si no estás conmigo estás contra mí» y,
aunque escasos, aún quedan políticos honestos, con vocación de servicio, y a mí
me tocó esa suerte. Por supuesto, en los tiempos actuales la situación ha empeorado
en forma drástica y prueba de ello es el problema económico por el que
atraviesa el país, resultado de combinar las malas políticas aplicadas, con las
buenas políticas no aplicadas. Cuando tienes este tipo de oportunidades quieres
hacer más, sobre todo en cultura, educación, contra la ignorancia pero,
lamentablemente, si no puedes o si no te dejan hacer las cosas, eso te genera
frustración e impotencia, más aún cuando sabes que tus ideas se pueden aplicar con
buenos resultados para ayudar a la gente a salir de su marasmo y no sean
víctimas de la ignorancia.
Eres un todoterreno, además de
desarrollarte como escritor, editorialista, articulista, analista político,
crítico literario y ensayista en entidades afiliadas al Consejo Estatal para
las Culturas y las Artes de Chiapas (Coneculta), también escribes reportajes e
investigaciones para revistas de corte científico y cultural, ¿de qué manera
concilias tu vida familiar con todas estas actividades? ¿Hay tiempo solo para Elid?
Definitivamente, hay tiempo para todo. Por
fortuna, uno aprende a priorizar las cosas: relaciones, situaciones… y siempre
queda tiempo. Gracias a la magia de la tecnología puedes diversificar tus
actividades, por ejemplo, encajar las actividades para las revistas de corte
científico o cultural y, aunque a veces no se consiga, siempre surge la magia,
porque la información y la experiencia están ahí y solo tienes que procesarlas
para lograr esa combinación perfecta. Al fin que la vida, por sí misma, es una
magia diaria que empieza al amanecer y continúa al empezar a soñar.
Hace casi una década dejaste una rica y exitosa vida profesional en
Chiapas para viajar a Lima en busca de la realización de un sueño. ¿Quieres
compartir esa historia?
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| Le ha costado hacerse un lugar en el medio literario peruano |
Desde niño, siempre tuve curiosidad por saber qué
había más allá de lo que conocía, además de que también me ha atraído el sur,
aunque aún desconozco la razón. Déjame comentarte que cuando llegó a mis oídos
por primera vez la música de «El cóndor pasa», se despertó en mí el deseo de
conocer el vuelo de esa ave, su territorio, el cielo, las montañas, la nieve de
la que habla, aparte de conocer las culturas, las formas de vida; en pocas
palabras, todo lo relacionado con los Andes y sus maravillas. Te cuento que cuando
recorrí Lima por primera vez, lo primero que hice fue imaginar cómo habrían
vivido los antepasados, sobre todo, durante la época colonial, ya que en mi
adolescencia tuve la oportunidad de leer relatos limeños de la Colonia. Como te
decía, también me atraían los paisajes andinos, el sol en diciembre, la música,
en fin, tantas y tantas cosas que me siguen atrayendo del Perú y que ahora
tengo la ocasión de disfrutar al máximo. Comparto contigo una anécdota: cuando
en una ocasión recorría el jirón Ucayali rumbo a la cancillería, observé casi
perplejo un lugar que me pareció familiar, me quedé paralizado durante unos
segundos porque sentía que ese lugar ya lo conocía, que ya había yo estado ahí,
fue algo realmente sorprendente. Como verás, mi querida Elga, en mi vida casi
siempre está presente esa sensación de volar.
En Lima has sabido echar raíces y
desarrollarte en el plano laboral con éxito. Eres editor del Fondo Editorial de
la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, corrector de textos del Fondo
Editorial del Congreso de la República, Ministerio de Defensa del Perú y del
Banco Interamericano de Desarrollo (BID), ¿cómo se hace para empezar de cero en un país
distinto al tuyo? ¿Los comienzos siempre son complicados como se suele escuchar
a menudo?
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| Departiendo con el prestigioso crítico literario Ricardo González Vigil |
En efecto, todo
principio es difícil. Pero a fuerza de empeño, trabajo y esfuerzo te vas
abriendo paso, tocando puertas. La parte más difícil es empezar a darte a
conocer, mostrar tu trabajo y que este sea aceptado, considerando que cada país
tiene sus particularidades y sus propias formas de decir las cosas. A pesar de
que Perú y México son los países que más se parecen en casi todo, menos en cómo
se dicen las cosas, tuve que aprender a usar el lenguaje peruano, pues a pesar
de que el español es el mismo a nivel latinoamericano y siempre me baso en la Real
Academia Española para todo, la interpretación de las palabras es diferente en
cada lugar; es cierto, me costó mucho desaprender el lenguaje mexicano para
empezar a aprender el español peruano. Sin embargo, uno de los secretos es la
constancia: estar ahí, insistir y, después, cuando eres aceptado, trabajar más
duro, dar lo mejor de ti, y cuando te empiezan a recomendar comprendes que ya
te están integrando a la sociedad peruana; por eso agradezco al Fondo Editorial
de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos la oportunidad que me dio de
mostrar mi trabajo profesional y, a la vez, conocer a tantos autores y ayudarlos
a publicar sus conocimientos, pues estos no se deben quedar en la mente, sino
compartirlos con quienes tienen el deseo de saber más.
En el aspecto literario también has
conseguido importantes reconocimientos y lauros. Uno de ellos es hacerte
acreedor del Trilce de Oro en 2013.
Luego, en mayo de 2017 fuiste nombrado
Hijo Adoptivo de Santiago de Chuco recibiendo tal distinción de parte de la
Municipalidad Provincial de Santiago de Chuco durante el XVIII Encuentro
Internacional Itinerante Capulí, Vallejo y su Tierra. Todo un privilegio
tratándose de la tierra de César Vallejo, sin duda alguna, Elid.
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| En un alto del Encuentro de Escritores en Punta del Este (Uruguay) |
Definitivamente, es un verdadero privilegio,
sobre todo el hecho de poder estar en contacto con el suelo que pisó, con los
objetos que tuvo a la mano y bajo el mismo techo que lo cobijó, en fin, todos
aquellos elementos que le habrán inspirado para descubrir su vocación de poeta;
máxime, cuando el pueblo en sí mismo es poesía viviente. Todo me conmovió y es
por eso que Santiago de Chuco tiene un lugar muy especial en mí, porque por fin
pude ver el panorama andino que siempre había deseado cuando escuché la canción
«El cóndor pasa», ¿recuerdas? Incluso, en el viaje que hicimos en bus todos los
escritores que fuimos al encuentro, antes de llegar al pueblo tuve la sensación
de que se podían tocar las nubes con las manos; literalmente, me sentí cerca
del cielo, era como estar volando. En esos momentos, como una reminiscencia,
llegaron a mi mente las letras de Carlos Fuentes, el escritor mexicano, y su
novela
La región más transparente,
porque así me sentía, como en un lugar privilegiado por la naturaleza, en la
región más transparente del aire.
En
2016 y 2017 participaste en el Encuentro Internacional de Poetas y Narradores
de las Dos Orillas y Congreso Americano de Literatura en Punta del Este (Uruguay),
en los cuales cosechaste excelentes críticas a tu trabajo literario, ¿es esta
la mejor época de Elid como poeta?
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| Con su amiga la poeta y promotora cultural Ruth Hurtado |
Gracias a la
invitación de los organizadores del encuentro y del congreso, pude viajar a
Uruguay para nutrirme de las experiencias de los otros poetas que participaron.
Definitivamente, no puedo, o, mejor dicho, no quiero hablar de épocas porque
aún no alcanzo a conocer todo mi potencial, dicho esto sin pecar de falsa
modestia, ya que por ahora el tiempo es mi mayor tirano y realmente necesito
darme un tiempo sabático para encontrarme conmigo mismo, para que puedan nacer
los poemas que están latentes, algunos están en mis cuadernos, blocks de notas,
en la PC, en hojas sueltas, en la mente, y aún no cobran vida. Tengo varias
ideas rondando la cabeza que todavía no he podido plasmar, aunque la esencia ya
está en la memoria. Lo que quiero decir es que me falta experimentar con mis
propias letras para superar los convencionalismos. Mi mejor época creo que es
la que está por venir, porque mi meta es dar ese gran salto.
En Lima publicaste Poemas del autoexilio, tu primer libro de poemas, y lo presentaste en julio de 2017, en el marco
de la feria del libro de dicho país, donde México fue el país invitado de honor.
Resultó un rotundo éxito: lleno total de la sala, gente que quedó afuera y
ejemplares agotados. ¿Qué has hecho para ganarte el aprecio de los lectores?
Quedé sorprendido con el éxito inesperado de mi
primer poemario y sí, fue sala llena y tuve la oportunidad de que me invitara
la embajada de México en Perú, a través de la Secretaría de Cultural federal, a
una segunda presentación en el pabellón, con gran éxito, donde se vendió casi
el sesenta por ciento de la producción. Creo que uno de los factores más
importantes fue la presencia de los amigos, quienes, además, me ayudaron en la
difusión de la presentación. Tengo la dicha de contar con muchas amistades, y,
por otro lado, considero que otra característica es que mis poemas encajan en
la vida cotidiana, son de fácil lectura y prácticos de entender. Creo que el
factor sentimental también es un valor importante en la amistad y, por si fuera
poco, está el hecho de que México y Perú sean países hermanos; este valor, que
considero histórico, nos ayuda como latinos a identificarnos. Por cierto, a manera
de anécdota de la presentación en el pabellón de México, al final se acercó una
española y pidió los últimos tres libros que quedaban para llevarlos a su
tierra; entonces le dije que me permitiera quitar las marcas que había puesto
en las páginas seleccionadas y me respondió: «No; los quiero tal como están,
porque eso le da más valor al libro». Eso me conmovió y le entregué, junto con
un gran abrazo, los tres últimos libros que quedaban sobre la mesa.
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| Participando en un recital poético en Lima |
Tu
libro Poemas del autoexilio fue
prologado por la prestigiosa poeta Rosina Valcárcel y la carátula pertenece al
famoso pintor Carlos Ostolaza Ramírez, ¿cómo conseguiste el apoyo de tan
ilustres personajes?
La historia de
mi amistad con la poeta y el pintor es un poco larga, pero se abrevia porque la
familia Valcárcel Carnero (su papá Gustavo, su mamá Violeta, ella y sus tres hermanos)
vivió el exilio en México en la década de los cincuenta. Cuando llegué a Lima,
mi primer contacto fue con Marcel Valcárcel, ya que, como investigador de la
Pontificia Universidad Católica del Perú, hizo algunos trabajos para la
Universidad Autónoma de Chiapas. Y fue a través de Marcel que conocí a Rosina,
y, por ella, a su esposo Carlos Ostolaza. La amistad surgió desde el primer
momento, por afinidad. Con el tiempo fuimos organizando reuniones para hablar
sobre México y Perú, y desde entonces ella me incentivaba a que publicara; sin
embargo, tuve que esperar varios años antes de tomar la decisión. Decidí
hacerlo en el 2017 porque el país invitado a la Feria Internacional del Libro
de Lima era México, y tanto Rosina como Carlos coincidieron en que era el
momento de hacerlo. Cuando le di a leer a Rosina mis poemas le pedí que escribiera
el prólogo y aceptó gustosa. Coincidentemente, Carlos Ostolaza estaba organizando
una exposición de su pintura en La Casona de San Marcos; él llevaba unas
pinturas y dije «Esta pintura está bien para la portada de mi poemario, porque
se parece mucho a los parachicos (personajes tradicionales de Chiapa de Corzo,
que danzan durante la fiesta de enero) de Chiapas» y me dijo: «Te la regalo»,
así, sin más. Entonces, fue el universo el que conspiró para que el 2017 fuera
el año de nacimiento de mi primer poemario. Como verás, todo encajó perfectamente.
Manifiestas que Poemas del autoexilio es una aproximación a la poesía que refleja
los picos extremos de dos distancias, pero además es un viaje de un confín a
otro donde aparecen soles, lunas, nubes, relámpagos, días y noches, ¿quieres
explicar qué significa todo esto?
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| La nostalgia por su tierra está presente |
Desde luego, todo
es un aparente sentido figurado, porque en verdad tiene mucho de
autobiográfica; aunque siempre me ha atraído escribir sobre dos grandes
misterios: el universo y la muerte, en ese orden. Pero en este poemario se
entrelazan dos extremos: México y Perú como vértices; la familia como idea
tangible, y los recuerdos como punto de enlace entre esos vértices. Las demás
figuras implican, en estado subconsciente, las penas y alegrías, las
situaciones por las que el «yo poético» ha pasado, y, en estado consciente,
todo lo físico, lo real, el motivo o inspiración que me han acompañado. Además,
como dije casi al inicio, la naturaleza es la cómplice perfecta que me dicta lo
que tengo que escribir.
Estás preparando la salida de Poemas del autoexilio II, ¿qué pretendes
compartir en esta segunda parte? ¿Habrá
alguna sorpresa?
La segunda parte, por llamarla de alguna manera, todavía
está en proyecto, estoy preparando las bases para su construcción. De hecho,
hay un poema muy breve que, de ser posible, le dará nombre al libro: periplo; o
sea, todo el recorrido poético que me ha tocado vivir en Perú, parte de Uruguay
y, sobre todo, México. Una de las gratas sorpresas es que quien prologará el
libro es… bueno, ya contaré en su momento el porqué, pues primero debo afianzar
la base para que pueda colocar la estructura.
Dices que tu segundo amor es el Perú,
el primero Carmen, sin embargo, te has enamorado sin remedio del cielo limeño,
¿no temes ser un limeño más sometido al influjo de su tristeza?
Hace un momento
hablé de vértices: Carmen es, precisamente, el vértice, el pilar fundamental y
fundacional de lo que soy en Perú, y, por supuesto, ella es parte del cielo
limeño que le da color a las cuarenta y ocho tonalidades de gris de este cielo:
el verde de los jardines, el ocre del desierto cercano, el mar, las alas del
cóndor, la nieve andina, el motivo principal de mis vuelos imaginarios…
Entonces, no hay temor porque, de esta manera, el influjo no es solo de
tristeza, que también tiene su lugar en la poesía, conjuntamente con la
nostalgia, que es algo que me atrajo, en contraste con el cielo de Chiapas, siempre
soleado. Déjame decirte un secreto: me gusta ese influjo, me inspira, pero
sobre todo, me seduce. Al final, esa tristeza es pasajera, se disipa con los
primeros rayos del sol de verano y se transforma en espectaculares atardeceres.
Lima, para mí, es, sobre todo, un privilegio por su inspiración profunda,
absoluta: es volar junto a Carmen.